Cada uno lo dice según leal saber

SEÑOR DIRECTOR:
La atenta lectura de diarios permite advertir la creciente disposición a dejar de lado ciertas reservas en la reproducción de palabras anteriormente desechadas por lo que se entendía de buen gusto.
No existen palabras “malas” por sí mismas. Es el uso y son las convenciones expresas o tácitas las que determinan cuáles deben quedar excluidas, así como las que, de ser pronunciadas en lugar inapropiado, conforme a ese canon, son calificadas de inoportunas, soeces, inconvenientes, reveladoras (de cómo es el hablante), etc. Así es como se ha estado delimitando el ámbito de un lenguaje culto y un lenguaje vulgar, con la consecuencia, entre otras, de que todos somos bilingües: decimos la palabra fea en ámbito privado o cuando nos martillamos el dedo o cuando la ira barre la cortina de las convenciones; pero conocemos la palabra culta, presentable, y la usamos cada vez que queremos que se tenga en cuenta que la sabemos y la manejamos con solvencia. Puede creerse que las personas tienen mayor o menor dominio de algunos de esos niveles de lengua hablada según su proceso de escolarización y educación formal y, también, según el ambiente que más frecuentan. Merced a estas distinciones se ha hecho posible que, sin ver a la persona, sepamos algo de su situación socioeconómica con sólo escucharla. A veces se trata de la diferencia que se daba entre Quijote y Sancho, cada uno con su disponibilidad de palabras, fieles a su origen y situación, pero asociados con una fuerza que pone en evidencia que esas diferencias no impiden que las personas se reconozcan en sus valores (y en sus disvalores). Desde este punto de vista puede apreciarse que Cervantes quizás buscaba un efecto de comicidad en esa asociación de extremos culturales, pero también es posible que quisiera hacer patente su proximidad y, por ende, la intrínseca igualdad de los hombres. La vida sería una forma de representación, por lo menos en la misma medida en que el teatro y la literatura tratan de representar a la vida.
El pasado sábado, nuestro diario (necesitado de presentar el acontecer tal cual se muestra) no vacilaba en reproducir una frase de un intendente del interior: “Con el hogar de las familias y con la dignidad de las personas no se jode”. La expresión comenzaba siendo “culta” y concluía siendo “vulgar”. Muchos españoles son adictos a esta palabreja, que aparece con frecuencia en la novela y en la comedia. Se sabe que joder es, en primer lugar, practicar el coito, pero esta manera de nombrar un acto del hombre, probablemente por algunas inherencias del hecho y, más aún, por efectos de la cultura llamada machista, ha sido tomada en préstamo para decir molestia o fastidio (los chicos y las moscas de verano “joden”) o daño (destrozar, arruinar, echar a perder: “se jodió”) y enfado: ¡joder! (enojo, irritación, asombro, etc.). Estas son las acepciones que registra la Academia, pero el uso popular de la palabra es mucho más abundante: “no me jodas”, por ejemplo, es la manera de exigir que no se trate de engañar a uno o que se le deje de molestar. “Andaban jodiendo” no significa que estaban cometiendo violaciones o algo por el estilo, sino que los muchachos se divertían (tirando cascotes al techo, tiros al aire, disputando carreras de motos o autos en poblado…). A medida que se empobrece el vocabulario, las pocas palabras dominadas se ven forzadas a expresarlo todo. Por eso, en el llamado lenguaje popular, es tan necesaria la proximidad, la presencialidad de los que hablan y escuchan; incluso, es preciso decodificar el tono y los gestos y ademanes con que se acompaña el decir. Por lo mismo, el zafio halla dificultad para entender lo escrito.
Las palabras recusadas seguirán existiendo con notable vigor, pero las palabras cultas no son una creación artificiosa. Son la valla para que la lengua no se minimice y acabe siendo gutural o un gruñido con inflexiones.
Atentamente:
JOTAVE