Cambios culturales y “catástrofe moral”

Los cambios culturales, las circunstancias y una nueva actitud por parte de los máximos niveles de la institución han hecho que la Iglesia Católica sacara a la luz, sin medias tintas ni disimulos, posiblemente el más cuestionado y reprobable de sus defectos: la pedofilia. Esa aberración era conocida desde mucho tiempo atrás pero siempre se ocultó con eufemismos o derivaciones dentro de los pliegues propios y políticos de la institución, por cierto que amplios.
En los últimos años el múltiple conocimiento de casos de pedofilia (en cuya trascendencia tuvieron mucho que ver las nuevas formas de difusión de la noticia) puso a la iglesia de Roma ante una disyuntiva muy dura: o abandonaba el disimulo y el ocultamiento tomando -es un decir- al toro por las astas o quedaba como protagonista de una complicidad monumental sobre un ya deteriorado prestigio en el tema.
No era para menos: las denuncias establecieron sin lugar a dudas que en las últimas décadas miles de niños habían sido abusados sexualmente por sacerdotes de ese credo, para más en algunas muy amplias comunidades católicas, caso de Irlanda, el país europeo con más devotos al respecto. Peor aún: sin entrar en detalles de crudeza estremecedora, las investigaciones demostraron que muchos de esos curas delincuentes habían sido promovidos a jerarquías o eran protegidos en una abierta complicidad.
De hecho, los últimos demoledores informes judiciales testifican que las pequeñas víctimas (caso de los Estados Unidos y Australia) se cuentan por miles; en el país del norte los abusos se vienen cometiendo desde hace más de medio siglo y los actores han sido al menos tres centenares de sacerdotes. Los traumas y secuelas que les quedaron a los protagonistas son muy profundos. También en su reciente visita a Chile el propio Papa se vio enfrentado -y la palabra es apropiada-a situaciones muy violentas ante reclamos de feligreses por casos comprobados de pedofilia.
Por cierto que no hace falta ir lejos para encontrar situaciones semejantes: en nuestro país hubo casos de sacerdotes marcadamente pedófilos que, pese a las pruebas, fueron largamente protegidos por sus superiores antes de ir a la cárcel, donde todavía mantienen ciertas prerrogativas confesionales. Un reciente escándalo ocurrido en Mendoza, para peor con niños con capacidades disminuidas, refrenda lo horroroso de la situación.
En medio de tanta vergüenza, la reacción de Francisco I (de quien se dice que conocía la gravedad de la situación antes de que tuviera estado público) ha sido atípica para con las tradicionales políticas del Vaticano. Con una ética desacostumbrada en la institución -en la que se advierten, cómo no, consideraciones que hacen a la política de aquel Estado- reconoció la verdad de las acusaciones y defenestró altas jerarquías implicadas en los escándalos, pidió perdón a las víctimas, reclamó denuncias y creó nuevas y más duras instancias judiciales eclesiásticas, cuya efectividad está todavía por verse. Por de pronto, ya se oyen dentro de la propia Iglesia voces que propugnan el traslado de esos delitos a la justicia ordinaria, sin instancia clerical alguna. La intención parece buena, pero muchas de las causas han prescripto por el tiempo transcurrido o la muerte o el silencio de los protagonistas. Ha trascendido que, cuantitativamente, la propia Iglesia Católica estima que, dentro de su aproximadamente medio millón de sacerdotes y ordenados de distintas jerarquías, hay unos nueve mil pedófilos.
El presidente de la Conferencia Episcopal de Estados Unidos calificó esta semana de “catástrofe moral” lo constatado por la justicia norteamericana. Un respetado teólogo español fue más allá al decir que la pederastia es como “un cáncer con metástasis que alcanza a todo el cuerpo eclesiástico: cardenales, obispos, sacerdotes, miembros de la curia romana, de congregaciones religiosas, educadores en seminarios, noviciados y colegios religiosos”.