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Campaña apasionante, pero por ahora sólo de los aparatos

LA SEMANA POLITICA

A medida que se acercan las fechas de presentación de alianzas y candidatos, de cara a las PASO, se encienden las pasiones del mundo político. Por ahora la población común y corriente no tiene pasión sino necesidades.
SERGIO ORTIZ
El 12 de junio deberán inscribirse las alianzas para competir en las elecciones del 27 de octubre y diez días más tarde, el 22 de junio, esas agrupaciones deberán nominar a sus candidatos.
Recién allí partirán oficialmente desde las gateras hacia el primer disco, de las PASO del 11 de agosto. Quienes superen esa prueba, en caso de tener oposiciones que dirimir, y quienes hayan abrochado sus candidatos únicos, tendrán listas numeradas para competir en octubre.
Es una elección nacional donde se elige presidente y vice, se renuevan parte de ambas cámaras legislativas y varias gobernaciones, entre ellas la estratégica Buenos Aires, donde habita el 40 por ciento del padrón nacional, y por ende debería concitar un interés mayúsculo.
Se juega allí el futuro por cuatro años. Como se está consumiendo igual lapso del terrible gobierno macrista, aquellos serán decisivos en el terreno político y más en general para la sociedad. Hablando en criollo, son cuatro años en que se puede terminar en el fondo del mar, trayecto que se viene recorriendo desde 2015 a la fecha, o bien remontar esa cuesta abajo, que no será fácil ni podrá presumirse de haberlo logrado con sólo votar el 27 de octubre por alguna coalición opositora. Si eso ocurre, recién se estaría en los prolegómenos de un cambio, palabra muy devaluada por la experiencia actual que fue volver a los peores años del neoliberalismo y de las políticas de la dictadura militar-cívica, ahora votos mediante y con CEOs de elegante saco y sin corbata.
Como es tanto lo que se va a dirimir, hay que pensar que en algún momento se encenderá la pasión. Por ahora lo que hay es una aguda lucha de aparatos, egos de candidatos, zancadillas, operaciones de marketing y encuestas orientadas y pagadas, hipótesis y algo más.
Incluso los opositores, o los que se posicionan actualmente como tales, caso de Sergio Massa, de palabra proponen no entrar en pugna de candidatos y precisar sus posturas para resolver los dramas de la gente. En la práctica, lo del líder del Frente Renovador es más de lo mismo. Trenzó con Alternativa Federal para estar el martes 28 en una cita de cuatro referentes en Córdoba con el anfitrión Juan Schiaretti y retomar la devaluada «avenida del medio». Y el jueves reunió a su tropa en Parque Norte y dejó abierta la puerta para un arreglo con el Partido Justicialista y el kirchnerismo, PASO mediante. Parole, parole, parole. Palabras. Son especulaciones y roscas. Y no es eso lo que necesitan los argentinos, agobiados por la crisis del capitalismo dependiente agravada al máximo por el PRO-Cambiemos.

Parte más fácil.

En la semana se confirmó la tendencia declinante del macrismo, al compás de la crisis económica y las numerosas víctimas que quedan sin empleo, con menos ingresos, sin servicios o peor aún, en la calle, literalmente hablando. Eso dio masividad al paro convocado por la CGT, el quinto de su serie, aunque castrado de movilizaciones.
La realidad es tozuda, por más que el oficialismo quiera maquillarla en los medios concentrados que le dan amplio blindaje. Los afectados tienden de a poco y en forma despareja a poner en orden sus ideas, influenciados por su víscera más sensible, el estómago o, lo que es lo mismo, el bolsillo.
Ante esos hechos que el mismo oficialismo provocó, casi con la lógica imperial del «daño colateral», en este caso disparando al corazón de la gente, vienen naufragando las estrategias diseñadas por la administración macrista-fondomonetarista.
La primera en caer fue la mentira sobre un futuro cercano y hermoso, con brotes verdes y lluvias de inversiones.
La segunda, cegar la visión de los afectados mediante la campaña mediática y judicial con causas inventadas contra la expresidenta, para presentarla a ella y un posible gobierno kirchnerista-peronista como sinónimo de corrupción. El armado de causas ha sido tan alevoso por medio de la cloaca de Comodoro Py que su efecto electoral decayó notablemente. El que hoy está rebelde y esquivó cinco citaciones judiciales en Dolores es el fiscal preferido del macrismo, Carlos Stornelli. Desde el 18 de enero es un supuesto miembro de una asociación ilícita conectada con los servicios de inteligencia locales e internacionales, delincuentes comunes, operadores mediáticos y cercanos al Ministerio de Seguridad.
El gobierno no puede acusar a nadie sin que se vuelva como pelotazo en contra. No puede presumir de transparencia ni moralidad, porque el común de los mortales le puede decir «dime de lo que presumes y te diré de lo que careces».
Y en estos días está fracasando su tercera estrategia de supervivencia: dividir a la oposición peronista. Viene capotando su apuesta a fortalecer el peronismo amigable de Massa, Schiaretti, Miguel Pichetto y Juan M. Urtubey, donde llegó a haber ocho gobernadores del justicialismo. La jugada de Cristina Fernández de Kirchner, el 18 de mayo, dando un paso atrás en su candidatura y auspiciando la de Alberto Fernández, un peronista de centro y con pasado de centro-derecha, desacomodó a Alternativa Federal. La «yegua herbívora», como irónicamente se autodefinió CFK en su libro «Sinceramente», quitó del escenario muchos prejuicios en su contra, alimentados dentro del pejotismo por aquellos cuatro jinetes ahora de menguada tropa.
Encima, quien se les había arrimado como socio potencial, Roberto Lavagna, se alejó otra vez hacia un frentecito, Consenso 2019, con mini Pymes como el GEN y la que alguna vez fue una empresa mediana, el socialismo.
El resultado es que se debilitó Alternativa Federal, aunque no debería dársela por muerta, y con ello se frustró el operativo de Macri para parcelar al peronismo.
¿Podrá Cambiemos sobrevivir a estos tres fracasos en línea, aún cuando la convención radical dijera que sigue como socio menor, pidiendo una mínima mejora de haberes?

Lo más difícil.

Los oficialistas más asustados con la posibilidad de una derrota electoral, incluso en algún momento con el riesgo de salir terceros, motorizaron la idea de correr a Macri de la candidatura y ponerla a María E. Vidal. Ese plan V ha sido descartado. El ingeniero y su mejor equipo de los últimos 50 años parece estar viviendo sus últimos meses en Balcarce 50.
Las chances de derrota son más fuertes si al final Massa decidiera ir a las PASO dentro del peronismo. Por eso no habría que descartar que el gobierno pudiera ensuciar los resultados con maniobras electrónicas que el vulgo conoce como fraude. Ha contratado a la dudosa firma venezolana Smarmatic para la transmisión electrónica de los telegramas de escrutinio desde cada escuela hacia el Correo Argentino. Eso ha sido denunciado por los apoderados del Partido Justicialista. Ojalá que sea una alarma sin fundamento, pero como ese contrato vino tras el intento fracasado de imponer el voto electrónico, habrá que estar atentos frente a un eventual último manotazo de ahogado.
El macrismo es una luz fondomonetarista que se apaga. El soplo de millones de argentinos puede apagar esa vela. El problema es que ahí no terminan los problemas del país, sino en el mejor de los casos comenzar una etapa de reconstrucción con medidas para reparar lo que se destruyó en el cuatrienio.
Pongámonos en optimistas. Suponiendo que gana la que por ahora pinta como la mejor fórmula, la de los Fernández, y en Buenos Aires Kicillof-Magario, ¿qué se puede esperar de ellos en un nuevo gobierno?
Lo bueno es que la sociedad se habría librado de lo peor del neoliberalismo y del gobierno de los monopolios. Pero eso no significará conquistar un gobierno popular convencido de adoptar medidas de fondo para solucionar la crisis y a bancarlas con la convocatoria a la movilización política, en primer término de los trabajadores.
Ni el aspirante presidencial ni su compañera de fórmula han dicho qué van a hacer respecto a la deuda externa y las relaciones con el FMI. Algunas declaraciones del primero trasuntan la intención de pagar esa deuda impagable y negociar ciertos términos con aquella entidad, lejos de la ruptura kirchnerista de 2006.
Aún los menos informados saben o intuyen que no habrá mejoría sustancial de los trabajadores y demás capas sociales afectadas por el ajuste si el futuro gobierno tiene que pagar anualmente 40 mil millones de dólares de deuda externa. La dramática disyuntiva es privilegiar los derechos de los millones de afectados por el tsunami macrista o bien mantener un sistema de pagos de aquella deuda millonaria, aún con leves disminuciones en montos o vencimientos.
La fórmula del Partido Justicialista no se compromete en ese asunto prioritario, tampoco el resto de la supuesta oposición. Eso explica en buena medida que la campaña electoral ya esté lanzada y sea tan apasionante para el mundillo político, el periodismo, los inversores y especuladores, pero por ahora resulte tan ajena al grueso de los argentinos.
Esas familias tienen otras preocupaciones y necesidades urgentes. Los discursos de los políticos no los motivan. No les llegan al alma ni les calman su dolor y angustias, ni le aseguran un plato de comida el próximo mediodía.