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Candidato invisible

¿Se puede hacer una campaña electoral con el principal candidato escondido? Sí, se puede. El macrismo acaba de demostrarlo. No ya en un acto masivo, ni siquiera en un modesto timbreo pueden exhibirlo a Mauricio Macri en contacto más o menos directo con «la gente». Por supuesto, le sobra poder de fuego mediático, como nunca antes tuvo una fuerza política. Y periodistas complacientes que saben entrevistarlo sin preguntas molestas para, al menos, mostrarlo en las pantallas televisivas respondiendo cuestionarios guionados. Y antes de la veda inaugurando «obras viales» tomado por las cámaras en primerísimos planos para que no se note demasiado la ausencia de público alrededor.
Sí, se puede hacer de todo con tal de mantener al candidato bien lejos de la multitud. No sea cosa que algo se salga del libreto, como el grito de esa señora en Azul porque «nos dejaste sin trabajo» acompañado del insulto más común de los argentinos, el que escuchan los árbitros en todas las canchas de fútbol, pero que dirigido contra el presidente puede ser motivo de encarcelamiento, como ahora lo sabe la indignada (y desocupada) mujer azuleña.
De todos modos es demasiado. Nunca se había presenciado semejante paradoja en la política argentina. Ni siquiera lo quieren cerca los restantes candidatos de Juntos por el Cambio. En la provincia de Buenos Aires los postulantes a intendente no quieren saber nada de su presencia en la campaña. La propia gobernadora, y también candidata, siempre se muestra sola. Y hasta inventaron una curiosa, y desopilante, forma de doblar la boleta para ocultar el rostro que nadie quiere mostrar.
En las usinas que alimentan el discurso de campaña macrista han acuñado algunas frases que parecen salidas de un guión humorístico: «puteame pero votame», o «no se necesitan argumentos, no es necesario dar explicaciones». Si no se tratara de algo tan serio como una campaña para elegir nada menos que las máximas autoridades del país, parecería un mal chiste.
Y para ponerle las cosas más feas al actual presidente y candidato, en los últimos días arreciaron informaciones que lo vinculan a casos de presunta corrupción y a negocios incompatibles con el alto cargo que desempeña. Una exabogada de Vialidad Nacional relató con lujo de detalles cómo fueron las turbias negociaciones por las cuales el gobierno nacional renovó una multimillonaria concesión de peajes a una empresa que perteneció al Grupo Macri cuyas acciones fueron vendidas a un precio muy superior al que tenían luego de los enormes aumentos tarifarios que decretó el propio jefe de gobierno.
Horas después se supo que Macri incrementó su patrimonio nada menos que el 50 por ciento en virtud de haber comprado bonos de la deuda externa argentina. Es decir, el presidente que endeudó el país como nadie, se benefició personalmente apostando a la especulación financiera con bonos que emitió su propio gobierno. Y ello en un año en que salarios y jubilaciones retrocedieron brutalmente para perjuicio de la mayoría de los argentinos.
Estos dos ejemplos recientes, sumados a tantos otros del mismo tenor (Correo, Panamá papers, blanqueo de capitales, parques eólicos, etc.) son los que «la gente» suele recordar cuando le van a pedir el voto. De ahí la aversión del macrismo por los actos públicos y los timbreos y las giras sin sobresaltos por los programas de televisión ultraoficialistas.