Inicio Opinion Celebrar la sororidad

Celebrar la sororidad

DIA DE LA AMISTAD

La amistad no es ajena al proceso de deconstrucción que el feminismo propone y que con fuerza ha impactado en nuestra cotidianeidad sobre todo en los últimos años.
VICTORIA SANTESTEBAN*
En Argentina hace más de 40 años que el 20 de julio se festeja el «Día del Amigo», que en inclusivo se traduce en «Día de la Amistad». La iniciativa fue de un odontólogo y psicólogo argentino, Enrique Ernesto Febbraro, que entendió como gesto de amistad para la humanidad, que el 20 de julio de 1969 por primera vez un hombre -porque las mujeres tampoco podían ir a la Luna- pisara el satélite más citado por la poesía y el esoterismo. La propuesta de Febbraro, que por ser parte del Rotary Club tuvo llegada a varios países, fue receptada en Brasil, Uruguay, Chile y España. En 1979, por vía del decreto 235 de la provincia de Buenos Aires, en pleno gobierno militar, se estableció el 20 de julio como fecha para celebrar la amistad (el decreto por supuesto que dice «Día del Amigo» porque hasta nuestros días costaría esto de incluir en el lenguaje a todas las personas).

Amistad.
El 20 de julio se ha convertido para nuestro folclore nacional como excusa más para esto que a la latinidad le gusta tanto: juntarse -a comer- con aquellas personas que la vida fue poniendo en el camino y por supuesto quedan también invitadas aquellas que son amigas de amigxs; porque esto de que además la sangre latina es de abrazar a todxs: donde comen dos comen tres y en esas mesas de oda a la amistad son todxs bienvenidxs. En esta parte del mundo la amistad se celebra, con esa impronta argenta que exagera emociones y anécdotas, que recuerda nostálgica los años del colegio y que no escatima en comida a la hora de festejar estar juntxs. La amistad puede que por su intangibilidad y la vivencia particular que implica para cada persona, sea algo que no se puede definir del todo, o al menos acabadamente, pero que sin dudas es lazo y abrazo, abrazos de esos que se extrañan tanto en medio de la pandemia que no termina.

Amigas.
La amistad no es ajena al proceso de deconstrucción que el feminismo propone y que con fuerza inaudita ha impactado en nuestra cotidianeidad sobre todo en los últimos años. En Argentina, desde la primera marcha Ni Una Menos el 3 de junio de 2015 que visibilizó masivamente la violencia de género al pedido de «Paren de Matarnos» nada volvería a ser como antes: nunca más el silencio, ni a la tolerancia de la violencia machista, nunca más, tampoco, a la enemistad entre nosotras. Cada marcha en reclamo por la igualdad de género y la denuncia de las violencias ha sido oportunidad para hermanarnos, para (auto)conocernos y caminar de la mano, para tener la certeza de que ya no estamos solas, y que juntas somos invencibles. El feminismo, entre tantas conquistas empoderadoras, ha logrado romper el artilugio patriarcal con el que aseguraba su éxito, ese de mantenernos como rivales.

Amistad patriarcal.
Crecer en un mundo de varones importó conocer de sus pactos, esos inexistentes entre mujeres: mientras las cofradías masculinas protegían (y protegen) a cualquier miembro del grupo siempre que compartiera género, entre mujeres aparecía la desconfianza, la rivalidad, la competencia, esto de ver en la otra una enemiga en vez de una compañera. Desde competir en pasarelas de un club para la coronación de la reina de la primavera, hasta internalizar que entre mujeres las relaciones son complicadas, que hay envidias, hipocresía y competencia, el feminismo fue deconstruyendo todo esto que nos hicieron creer. La sororidad para hacerle frente a los años de enemistad aparece como antídoto contra las mentiras históricas que complejizaron nuestras relaciones para que el patriarcado nos tuviera así, distantes y alineadas a sus pactos de varones. Frente al «divide y reinarás» que implantó el machismo para contaminar los vínculos entre mujeres, nos convencimos de que la unión hace la fuerza, y la sororidad es hoy filosofía de vida feminista.

Sororidad.
La revolución feminista ha irrumpido también en el léxico, porque ir por todo supone la interpelación de cada elemento que hace ruido, para cuestionarle sus aires de pretensa naturalidad y así deschavarle lo de constructo social machista. La propuesta disruptiva del lenguaje en clave feminista es abandono de fórmulas y palabras que excluyen, es la adopción de aquellas que abrazan para incluir a todas las personas -sin necesidad de inventar nada que no esté en el diccionario, para quienes defienden los intereses de la Real Academia Española-. Y en el uso feminista y consciente del lenguaje, se resignifican palabras con fuerza sin precedentes: «sororidad» es una de ellas. Lo dice la RAE, sororidad es «1. Amistad o afecto entre mujeres; 2. Relación de solidaridad entre las mujeres, especialmente en la lucha por su empoderamiento». Sororidad es una de esas palabras favoritas, que invocan a las amigas y hermanas de toda la vida, pero que su energía poderosa no se agota ahí: se proyecta a cada mujer, en tanto amiga en potencia, por su sola condición de género.

Amigas.
Hoy se invoca a bisabuelas y abuelas, a madres y tías, a hermanas, primas, a cada bruja amiga que salta generaciones y que en tiempos de patriarcado incuestionable nos regalaron las bases de la sororidad, confiándonos sus historias, sus miedos, pronunciando palabras que enseñan y arrullan. Las palabras que, a la hora de la siesta, nos hablaban de ESI. Las que aparecían en las confesiones del patio del colegio y en WhatsApp preguntándonos si llegamos bien. Invocamos a quienes nos curan con los abrazos, nos garantizan que todo está bien, nos dan el empujón para salir al mundo y nos sostienen en caso de tropezones y caídas. Las que hacen del mundo un lugar más lindo, quienes nos reversionan para ser mejores, con quienes todo tiene sentido. Roto el hechizo que nos rivalizaba, el aquelarre nos junta e intergeneracionalmente, todas las brujas bailan hoy alrededor del caldero, celebrando la amistad feminista.

*Abogada, magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles.