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Chicos ricos con tristeza, alérgicos a los impuestos

ENOJADOS CON EL "IMPUESTO A LAS FORTUNAS"

El 42% de los bienes declarados por las 9298 personas alcanzadas por el «impuesto a las fortunas» están dolarizados, y el 92% del total está en el exterior.
ROBERTO CABALLERO
El capitalismo suele confundir impunemente mérito con acumulación de riqueza.
En teoría, el gobierno de Mauricio Macri era «el mejor equipo de los últimos cincuenta años» porque sus integrantes provenían de «experiencias corporativas» exitosas, otra manera de decir que eran hijos e hijas de la riqueza nativa. Ya sabemos lo que pasó.
Al presidente Alberto Fernández lo castigaron bastante cuando, desde una perspectiva humanista y solidaria, criticó esa noción dominante de meritocracia y puso en tensión la verdad más mentirosa de todas: la que dice que ser rico es sinónimo de tener, además de una gran fortuna, toda la razón en un mundo regenteado por la codicia y las finanzas.
Es que en la teología del dinero, la prosperidad sería la evidencia de una bendición celestial, que le estaría negada a millones de personas que sobreviven, literalmente, en la miseria más humillante. Porque quieren y no se proponen salir de la zona de pecado, que es la pobreza.
Curioso evangelio el de los ricos que ignora al apóstol Lucas que testimonió que «los fariseos, que amaban el dinero, se burlaban de Jesús. Y El les dijo: ‘Ustedes son los que se justifican a los ojos de los demás, pero Dios conoce sus corazones'». Y mucho menos a Timoteo, que más tajante, dejó dicho: «Porque el amor al dinero es la raíz de toda clase de males. Por codiciarlo, algunos se han desviado de la fe y se han causado muchísimos sinsabores».

Desigualdad.
El pasado miércoles 7 de octubre, según la agencia Bloomberg, Jeff Bezos, el magnate dueño de Amazon, ganó 5 mil millones de dólares. En un día.
Su patrimonio personal asciende a 188.500 millones de dólares. Sólo en 2020, creció en un 64 por ciento. Es tan rico Bezos, que no hay foro o congreso en el que no participe exigiendo que se le cobren mayores impuestos. Un poco por culpa, quizá otro tanto por marketing, integra un colectivo de multimillonarios globales que se asombran de que la concentración de capital que los beneficia sea, a la vez, cada vez más veloz, e infinita. Como nunca antes sucedió.
En el centro planetario del capitalismo, los Estados Unidos de América, cuna del experimento neoliberal, las 50 personas más ricas tienen tanto dinero como los 165 millones de estadounidenses que integran la mitad más pobre, donde predominan negros, latinos y jóvenes.
Un informe de la ONU, elaborado por Philip Alston, relator especial sobre Pobreza Extrema del organismo, documentó que en la sociedad donde Bezos no para de incrementar su riqueza existen casi una Argentina, es decir, 40 millones de pobres (18,5 con problemas serios de acceso al alimento), lo que convierte a los Estados Unidos en el país con mayor índice de pobreza del mundo desarrollado. Su tasa de mortalidad infantil entre la población negra duplica hoy la de Tailandia.
Dice Alson, el relator: «En lugar de lograr los compromisos admirables de sus padres fundadores, el Estados Unidos de hoy ha probado ser excepcional (…) en maneras contrarias a su riqueza inmensa y su compromiso con los derechos humanos. Como resultado, abundan los contrastes entre la riqueza privada y la miseria pública. La persistencia de pobreza extrema es una decisión política tomada por aquellos en el poder».
Desde los tiempos de Ronald Reagan, producto del desmantelamiento de los mecanismos activos de distribución de la renta, lo que aumentó sideralmente es la desigualdad social, que hizo a los ricos más ricos de lo que eran y a los pobres muchos más miserables.

Privilegiados.
En nuestro país, la pobreza alcanza al 40 por ciento de la población. Seis de cada 10 chicos que nacen lo hacen en hogares pobres. Once millones de personas reciben ayuda alimentaria del Estado y 9 millones el Ingreso Familiar de Emergencia.
Todo esto en contraste con una concentración de riqueza que, como sucede en los Estados Unidos, viene incrementando la fortuna de un puñado de multimillonarios encabezados, según la Revista Forbes, por el empresario petrolero Alejandro Pedro Bulgheroni y familia con 5.400 millones de dólares; seguido por Marcos Galperín, dueño de Mercado Libre, con 4.200 millones; y el dueño de Techint, Paolo Rocca y familia, con 3.400 millones, entre otros.
Grupo privilegiado que no ha padecido el neoliberalismo. Por el contrario, lo ha convertido en ese ínfimo porcentaje de la especie humana que a futuro podrá garantizarles a varias generaciones de sus acaudaladas familias que serán exorbitantemente más ricas que sus antepasados.
A ellos, que según la AFIP no son más que 9298 personas, una sociedad exánime intenta acudir, a través de un aporte solidario que es el proyecto de Máximo Kirchner y Carlos Heller que cuenta con dictamen de comisión y está pronto a tratarse en el recinto del Congreso, para financiar los gastos extraordinarios producidos por las dos pandemias, la del Covid 19 y la del modelo macrista.
Son el 0,8 por ciento del total de contribuyentes sobre los Bienes Personales, y apenas el 0,02 por ciento de la población total de la Argentina. Son los dueños del 50 por ciento de los bienes declarados por argentinos y argentinas en el país y en el exterior. Para la AFIP, 253 personas humanas van a aportar la mitad de los 307 mil millones de pesos que se piensan recaudar con el aporte, una vez votado. De acuerdo a la información fiscal disponible, el 42 por ciento del total de los bienes declarados por los 9298 contribuyentes potencialmente alcanzados por la ley son activos y bienes «dolarizados». La mayor parte de dichos patrimonio, el 92 por ciento del total, están directamente declarados en el exterior. ¿Y los no declarados?

Alergia.
La desigualdad es una máquina que reproduce riqueza a la par que profundiza la pobreza, porque en la economía nada se pierde, todo se transfiere. En Estados Unidos o en la Argentina. Remover esas estructuras injustas para avanzar hacia un país más desarrollado despierta enemigos cuyos feroces ataques, el gobierno de los Fernández intenta conjurar como puede.
A veces tarde, a veces mal, casi siempre a la defensiva.
Porque los chicos ricos con tristeza, además tienen alergia a los impuestos. Y el poder para hacerle la vida imposible a los que desafían su inhumana opulencia. (Contraeditorial).