China popular se fortalece y busca vínculos con muchísimos países

DONALD TRUMP SE PELEA CON CASI TODO EL MUNDO

El presidente norteamericano es noticia todas las semanas por algún escándalo. Y dice de sí mismo que es “genial”. En cambio China tiene cada vez mejores relaciones económicas y políticas con casi todo el mundo. Dos realidades bien distintas.
EMILIO MARIN
El presidente chino Xi Jinping está en el cargo desde marzo de 2013 y también reviste como secretario general del Partido Comunista de China y presidente de la Comisión Militar Central.
En noviembre pasado fue reelecto en el XIX Congreso Nacional del PCCh, de 89 millones de habitantes. Semejante cifra da la impresión de una organización de multitudes y no es así, pues el país tiene 1.370 millones de habitantes. Los militantes comunistas son el 6,5 por ciento del total de chinos, una parte de avanzada que en consulta con sus bases y el pueblo deliberó en noviembre pasado y reeligió a su dirigencia principal. No sólo eso, siguiendo el pensamiento de Xi sobre el “sueño chino”, precisó el XIII Plan Quinquenal ya vigente y que abarcará el período 2016-2020 para bregar por el socialismo con peculiaridades chinas o la “chinización del marxismo”, como planteó ese Congreso.
El objetivo es duplicar el producto bruto en los próximos quince años, para llegar a un nivel de vida modestamente acomodado. Y hacer lo propio en los siguientes 15 años, para que en el centenario de la revolución del 1 de octubre de 1949 China sea “un país socialista moderno, próspero, democrático, civilizado, armonioso y hermoso”, como lo definió Xi.
Las bases chinas y su liderazgo político están imbuidos de un gran espíritu de trabajo (su presidente no toma tres meses de vacaciones en dos años de gestión, como Mauricio Macri), así que esas metas se vienen cumpliendo.
El año recién concluido tenía una meta del 6,5 por ciento de aumento del PBI, y en los primeros tres trimestres creció 6,9, por lo que el ejercicio completo puede haber concluido en el 7, que fue la media de los últimos cinco años.
Hoy la economía socialista asiática es la segunda del mundo, detrás de Estados Unidos, pero todos los organismos especializados, incluso norteamericanos, vaticinan que llegará a lo más alto del podio a más tardar en 2030 o antes. Ya hay varios rubros en que los chinos están a la vanguardia, en cuanto al desarrollo industrial, su volumen exportador, la atracción de Inversión Extranjera Directa, varios renglones de la innovación científico-técnica y las nuevas patentes (casi un millón) presentadas cada año. El lector tiene una visión más fundada y técnica en el libro del magister y Licenciado en Economía, Gustavo A. Girado “¿Cómo lo hicieron los chinos?” (Editorial Astrea 2017).

El bienestar chino.
Como en Argentina se abrió en 2016 un ciclo recesivo y de ajuste, con pérdida de puestos de trabajo y caída de la producción y el consumo, el punto de referencia chino es muy interesante para saber que en el mundo hay otras experiencias.
Tratando de minimizar la experiencia china, suele creerse que sus salarios son misérrimos. Falso. Eran bajos, bastante bajos, cuando comenzó la reforma y apertura, en 1978. Incluso esa limitación era por otro lado una ventaja para que atraer a empresas extranjeras, por la baratura de su mano de obra, que favorecía la exportación de esa producción “made in China”.
Eso ya fue. Es pasado. El libro citado informa que el salario promedio de los trabajadores chinos es de 700 dólares mensuales, que no es ninguna cifra excepcional pero es un salto respecto a los años ’80. Entre otras cosas es superior al nivel medio de los salarios de Argentina, que andan por 10.000 pesos.
En los últimos veinte años, junto con el progreso en la economía, mejoraron el nivel salarial y de los ingresos del pueblo, saliendo de la pobreza 700 millones de personas.
El presidente Xi y el Comité Permanente del Buró Político decidieron elevar el salario, aún cuando ese mayor costo de la mano de obra dificultara la absorción de más capital extranjero. Ellos necesitaban que su gente ganara mejor. Por otro lado, sin perder de vista el negocio de la exportación de productos tradicionales como textiles, calzado, etc, el presidente vio la necesidad de atender más a su mercado interno. En consecuencia negoció con mucha firmeza con las multinacionales, exigiendo más transferencia de tecnología para seguir teniendo tratamientos preferenciales de cara a la exportación. Si querían penetrar en determinadas franjas del mercado interno, las condiciones eran más exigentes en cuanto a la transferencia de tecnología. Ellos aplicaron el universalmente conocido “comprar, copiar y crear”.
Los productos de China como la principal “fábrica global” siguieron ganando mercados en el mundo, pero ahora también en productos tecnológicos, telefonía, computación, etc, fruto de la Investigación más Desarrollo (I+D). Lenovo y Huawei, por citar sólo dos marcas, personificaron ese cambio.
La dirigencia china advirtió que su pueblo tenía dos límites para ser parte de ese proceso de modernización: le faltaban ingresos para adquirir esos productos nuevos, y también conocimientos para poder usarlos (igual que a los mayores en Argentina con la tecnología de los celulares o Internet). Y paso a paso se propuso avanzar en los dos aspectos.
La contraparte china es el gobierno de Macri. Deteriora el nivel de salarios porque aduce que no vienen inversiones debido al alto costo laboral. Y pide que vengan inversiones de cualquier tipo, sin importar si contaminan (límites que tuvo Cristina Fernández de Kirchner con Monsanto y Barrick) y sin exigir nada a cambio. Vengan por favor, dice Macri. Los chinos primero planifican lo que necesitan y después negocian duro, con sentido nacional.

Gracias Donald.
Los chinos tienen que agradecer a la política imperial de Donald Trump que aísla a EE.UU. del mundo, con el lema de “Primero EE. UU.”. Los chinos, hábiles, llaman a lo suyo “Ganar-ganar”; no practican la beneficencia sino los negocios de ganancias recíprocas.
Así fue pensado el mayor plan comercial y de construcción de infraestructura, la “Franja de la Seda y la Red marítima de la Seda en el siglo XXI”. El objetivo es conectar vía terrestre, mar y ríos, con 60 países de Asia, Europa y Africa. Está abierta a otros continentes, como América Latina. Así fue concebido por Xi en 2013 y supone el tendido de líneas férreas, mejoramiento de puertos y aeropuertos, para incrementar el comercio internacional, con más los créditos y movimientos bancarios que eso supone.
En mayo del año pasado se reunieron en Beijing 29 países interesados y un centenar de representantes de organismos internacionales, en aprobación general a la iniciativa.
Ese plan chino se vio favorecido por la decisión de Trump, de salirse del Acuerdo de Asociación Transpacífico (TPP). Beijing tuvo las manos más libres para articular la Asociación Económica Integral Regional, con la Asociación del Sudeste Asiático (ASEAN) más Australia, India, Japón, Corea y Nueva Zelanda.
Esas obras necesitan préstamos. China es el pilar del Banco Asiático de Inversión e Infraestructura, que 80 países de distintas regiones del mundo, que demandan inversiones en infraestructura y comunicaciones.
La Ruta de la Seda ha interesado a países de Asia y Africa. Alemania, Japón, Corea y otros socios se han despegado de Washington y acercado a Beijing.

Si vis pacem…
Si quieres la paz, prepárate para la guerra. Aunque redactado en romano, esa máxima también podría ser disputada en copyright por Sun Tsu, el famoso militar chino que habría vivido en el siglo V antes de Cristo.
El país socialista quiere la paz, pero por las dudas prepara a su Ejército Popular de Liberación. El 3 de enero el presidente lanzó el programa de capacitación anual del EPL y en cuatro días se habían llevado a cabo más de 4.000 ejercicios de combate real del Ejército de Tierra, Marina, Fuerzas Aéreas, Fuerzas de Misiles, Policía Armada y Fuerzas de Logística. Xinhua informó que “las Fuerzas de Misiles practicaron la formación de emergencia y la descarga de voleas utilizando portadores de misiles, con el objetivo de convertirse en una fuerza estratégica que sea precisa y devastadora cuando sea necesario”.
En China son conscientes del valor de la fuerza armada al servicio del pueblo y se la aprecia, a diferencia de Argentina, donde a sus medios de defensa se los ata con alambre y se pierden submarinos sin un esfuerzo mayor por rescatarlos.
Hacia los enemigos de afuera, máxima atención, es la máxima china. Y hacia adentro, tolerancia cero con la corrupción. El 7 de enero el órgano anticorrupción del PCCh dijo que “159.100 personas fueron sancionadas en 2017 por infringir el código de conducta del Partido y por corrupción”. Eso es muy valorado por la población: el 93,9 por ciento estaba de acuerdo con el trabajo anticorrupción del Partido; en 2012 la conformidad era del 75.
En Argentina hay una rampante corrupción, lo que incluye en forma destacada a los ministros de Macri, que tienen el 43 por ciento de sus patrimonios en plazas offshore y provienen de grandes empresas con las que ahora negocian en función de gobierno.
En eso hay una diferencia abismal. A Liu Guangyi, ex director de la sucursal Jiuzhou del Banco de Construcción, lo condenaron a cadena perpetua, por haber malversado 100 millones de yuanes (12 millones de dólares). Estas cosas no pasan en Argentina. China es de otro mundo mejor, no perfecto, que es posible.