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Colombia resiste al neoliberalismo

La escalada de violencia en Colombia puso de manifiesto la vigencia del proyecto neoliberal en América Latina. Al igual que en Chile, toda protesta social que intenta mostrar las penurias de las mayorías populares y los privilegios irritantes de las clases más pudientes, es brutalmente sofocada. Los gobiernos de la derecha neoliberal del continente, alineados con los intereses de los Estados Unidos, tienen un discurso que exalta la democracia pero una práctica que los emparenta con las dictaduras cívico-militares de décadas atrás. No es una exageración. La violencia que emplean sus fuerzas de seguridad contra las manifestaciones públicas, y hasta la intervención de sus fuerzas armadas en tareas represivas y de inteligencia interior, corroboran aquella afirmación.
Colombia es uno de los enclaves geopolíticos de EEUU en América del Sur. La presencia de casi una decena de bases militares norteamericanas en su territorio exime de todo comentario. No pocos analistas políticos califican al país sudamericano como «el portaviones» estadounidense en la región; la misma definición que suele utilizarse para hablar de Israel en Medio Oriente. No por casualidad ambos países sobresalen por el altísimo nivel de violencia con que reprimen las movilizaciones populares; de colombianos en el primer caso, de palestinos en el segundo.
La protesta social que por estos días ha volcado a multitudes en las calles de Bogotá, Medellín y Cali entre otras ciudades está motivada en el crecimiento de la pobreza, mayores e injustos impuestos, violencia represiva inusitada por parte de las fuerzas de seguridad, conflictos en la producción de cocaína (Colombia es el principal productor del mundo y EEUU el mayor consumidor) y una escalofriante matanza dirigida a exterminar a los miembros de la antigua guerrilla que abandonaron las armas y creyeron en un acuerdo de paz destinado a mejorar las condiciones políticas del país.
A los reclamos populares que ganaron la vía pública con una enorme presencia de manifestantes de diversos sectores políticos y sociales, el gobierno respondió con niveles extremos de violencia represiva. Las denuncias presentadas ante la Corte Penal Internacional y las Naciones Unidas por infinidad de organizaciones sociales, de derechos humanos y políticas hablan de 24 casos de asesinato y 50 de víctimas de tentativa de asesinato, 16 víctimas de violencia sexual, 11 víctimas de desaparición forzada, 129 víctimas de tortura y 1365 víctimas de detención irregular. La descripción es pavorosa y torna aún más ajustada la comparación con lo que sucedió en suelo chileno durante las masivas protestas que tuvieron lugar en vísperas de la llegada de la pandemia de Covid-19.
Colombia, al igual que Chile, es de los países más desiguales del mundo. Ello es producto de la aplicación de la biblia neoliberal sin reparar en consecuencias. Esa receta, que tan bien conocemos los argentinos pues se aplicó en tres períodos políticos (una vez bajo dictadura y dos bajo gobiernos electivos), no hace otra cosa que adulterar la democracia al convertir a las mayorías populares en rehenes de las minorías opulentas.