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Como frenada de gusano

DOMINICALES

En lo que pasará a la historia como uno de los fiascos más resonantes del fútbol organizado, un petit golpe de estado autotitulado «Superliga», integrado por los clubes ingleses Liverpool, Manchester United, Manchester City, Arsenal, Chelsea y Tottenham, más los españoles Barcelona, Real Madrid y Atlético de Madrid, y los italianos Juventus, Milan e Internacional, duró 48 antes de implosionar. La iniciativa, producto de una mezcla de avaricia, incompetencia, traiciones y egos, tuvo que hacer mutis, ante la reacción de los fanáticos, los gobiernos y la opinión pública. Como dice el dicho, «arrugaron como frenada de gusano».

Franquicia.
Para entender lo sucedido, hay que advertir que los «clubes» europeos hace años que no son tales. Siguiendo el modelo norteamericano, cada vez más se parecen a las empresas especulativas modernas. En EEUU y desde hace décadas no se habla de clubes sino de «franquicias», y detrás de la camiseta de los equipos de béisbol o de básquet hay propietarios millonarios, dispuestos a cualquier cosa con tal de ganar dinero: inclusive, a mudar el club de ciudad y de estado si les ofrecen mayores ingresos y menores impuestos.

Los grandes clubes europeos siguen esa lógica. El Juventus de Italia es poco más que una rama del imperio industrial Agnelli. El Chelsea inglés es propiedad del oligarca ruso Roman Abramovich. El dueño del Manchester City es un elusivo jeque de Abu Dhabi, de cuya existencia algunos dudan. El Milan, por su parte, ya no es más propiedad de Silvio Berlusconi: ahora su dueño es el fondo buitre Elliot Management, el mismo que tuvo a la Argentina por el cogote con su deuda externa (quién diría que algún día extrañaríamos a Berlusconi).

La idea de estos personajes variopintos era simple: armar un torneo europeo aparte, con quince grandes clubes permanentes, y cinco invitados. De este modo, se sacarían de encima a la UEFA y podrían repartir «a piacere» los jugosos ingresos por televisión y derechos de imagen, sin tener que compartirlos con los clubes más modestos.

Cálculo.
Pero algo falló en el cálculo. Esta gente, que sólo mira el dinero, había advertido que los ingresos por entradas a los estadios (aunque una popular pueda costar 200 ó 300 euros) ya no son la principal fuente de ingresos. Pero se olvidaron que los hinchas son el verdadero capital simbólico de los clubes, y que éstos están fuertemente arraigados en sus ciudades.

Los fans del Atlético de Madrid se llaman «colchoneros» porque ese era el oficio predominante entre sus primitivos hinchas. Los del Barcelona se llaman «culés» porque en tiempos remotos, su estadio tenía tablones por tribunas, y desde la calle se podía ver los traseros de los fanáticos sentados. Los hinchas de Estudiantes de La Plata se llaman «pincharratas» en alusión a las prácticas de anatomía de los alumnos de medicina. Estas son cosas que no se compran ni venden, ni pueden trasladarse impunemente de su lugar de origen.

Entre nosotros algunos empresarios han intentado transformar a grandes clubes en una suerte de franquicia. Pero los clubes siguen siendo clubes. De lo contrario, por las leyes de mercado, por ejemplo, Racing Club de Avellaneda no existiría más. Por otra parte, ¿alguien se imagina la franquicia de Boca Juniors viajando por el mundo? ¿los «bosteros» de Dubay? ¿los «bichos colorados» de Qatar? ¿los «canallas» de Singapur?

Reacción.
Fue la protesta de los fanáticos lo que puso freno a esta descarada empresa. La decencia de la gente común, ofendida por esta falta de decoro, y este olvido de los principios básicos del deporte. En seguida se prendieron, con más o menos oportunismo, líderes políticos como Boris Johnson o Emmanuel Macron. Incluso algunos referentes como Marcelo Bielsa. Su frase «la lógica que impera en el mundo, y el fútbol no está fuera de eso, es que los poderosos sean más ricos a costa de que el resto sea más pobre», está para ponerla en un cuadro.

Su alumno Pep Guardiola no estuvo menos atinado: «No es un deporte si no existe la posibilidad de perder», dijo. Y acertó el martillo en el clavo. Porque lo más insultante de toda la movida no es la avaricia, sino la descarada cartelización que proponían los «grandes» clubes, asegurándose así un lugar seguro sin riesgos. De ese modo, por ejemplo, el Manchester United no tendría que soportar la humillación de la actual temporada, en que no clasificó para la Champions.

En eso el fútbol se parece también al «capitalismo» moderno, donde todo el mundo quiere ganar dinero, pero de competir, ni hablemos. Si es posible, hay que morfarse a la competencia, y si es con el favor del gobierno, mejor aún. Y, por supuesto, evadiendo todos los impuestos que sea posible.

PETRONIO