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Como hace 86 años

En medio de las convulsiones que sufre el país, atrapado nuevamente en las redes de la reacción neoliberal y sus políticas ruinosas, LA ARENA arriba a sus 86 años de vida. Un día como hoy, un grupo de jóvenes de extracción socialista, fieles a esa tradición política que buscaba el avance social y el progreso colectivo defendiendo la educación pública, el trabajo, la producción y las libertades públicas, iniciaron esta empresa. Eran años oscuros, conocidos luego como la «década infame» donde la voluntad popular era arrasada por el «fraude patriótico» y el escepticismo ganaba a amplios sectores.
En ese clima, donde la democracia era una ficción, y la represión a los opositores llenaba las cárceles, LA ARENA fue una apuesta a la lucha contra quienes se empeñaban en atrasar la historia. Apostaba a abrir canales de discusión y de formación de opinión pública que instalara el debate político y erosionara los planes fraudulentos de aquélla oligarquía coaligada. La prensa, el periodismo, pensaron y actuaron nuestros iniciadores, era una forma de resistencia a esos intentos.
Han pasado 86 años de aquellos tiempos oscuros y de la apuesta que, con fe y tenacidad inició, sin alardes, aquél puñado de jóvenes. Los años pasan pero los desafíos que enfrenta la sociedad argentina y la pampeana son hoy muy parecidos a los que enfrentaban nuestros pioneros en aquellos años fundacionales.
El fraude patriótico que entonces se perpetraba con la impunidad que da el ejercicio sin límites del poder para torcer la voluntad popular en los escrutinios y encumbrar gobiernos contrarios a los intereses públicos sólo ha cambiado de método, pero no de objetivo. El periodismo, que en nuestros inicios fue una herramienta de lucha, un contrapoder al servicio del interés público, hoy está siendo colonizado por nuevas formas de distribución de información que no buscan la concientización y el debate de los problemas comunes, sino ocluirlos.
Una atmósfera malsana de contaminación informativa rodea a la sociedad con el fin de confundirla en la legítima búsqueda de alternativas políticas a los problemas que la agobian.
No es sólo la infernal maquinaria de captación de información personal a través de las redes sociales que, ahora sabemos, fue usada en la Argentina para maniobras de manipulación de la voluntad popular como han confesado los responsables de Cambridge Analytica, sino además el manejo maquiavélico de la opinión pública a través de las redes, con perfiles falsos de supuestos ciudadanos que son en realidad «trolls» a sueldo y la descarada complicidad de medios hegemónicos cuyos periodistas han dejado de ejercer como tales para sumarse a una campaña nunca antes vista de distribución de noticias falsas.
En ese ambiente, el fraude que hace 86 años se perpetraba con impunidad robando urnas, hoy se aprovecha de las facilidades que la tecnología y la defección del periodismo aporta a quien quiera manipular la realidad con falsas noticias, ocultamiento de las causas de los problemas que nos aquejan, opiniones supuestamente generalizadas sobre temas sensibles y, con la misma impunidad de la década infame, crear blindajes mediáticos a los nefastos responsables de los desastres políticos y económicos.
En este cambalache discepoliano en el que se quiere degradar la publicación de información, el debate de ideas y la opinión pública, la apuesta a recuperar, defender, ejercer y sostener el periodismo como herramienta indispensable contra los intentos de modernos fraudes va de la mano con la defensa de la democracia. Dejar que la prensa sea reemplazada por supuestas «redes», las noticias por «fake news» y los debates de ciudadanos por «trolls», es el mejor camino para abrir la puerta a una nueva forma de «fraude patriótico».