Inicio Opinion Comportamientos virósicos

Comportamientos virósicos

La pandemia, como todo evento conmocionante, sigue haciendo aflorar lo mejor y lo peor de las personas. Por un lado vemos el trabajo y la dedicación admirables de quienes están al frente de la lucha contra la enfermedad en los centros de salud, exponiendo su propia integridad y trabajando en condiciones de alta exigencia psíquica y física. Y por el otro se siguen registrando conductas insolidarias, carentes de responsabilidad social que atentan contra la seguridad sanitaria de la comunidad.
Los que se empecinan en hacer las cosas mal no son mayoría, pero tampoco son insignificantes. Las crónicas periodísticas vienen registrando las quejas de las autoridades sanitarias, políticas y policiales ante un sector de la población que continúa ignorando las pautas establecidas para intentar contener la propagación de la peste.
Días atrás este diario publicó que no son pocas las personas contagiadas que mienten sobre sus contactos estrechos. Este proceder frente a un acontecimiento de tanta gravedad como esta epidemia entorpece la tarea fundamental de determinar la cadena de personas que pueden haber transmitido o contraído el virus.
También las reuniones sociales se siguen sucediendo a pesar de estar prohibidas. En algunas de ellas se registraron altos niveles de contagio lo cual contribuye a agravar el cuadro general en momentos en que la ocupación de camas empieza a mostrar cifras preocupantes.
Algunos comerciantes muestran un nivel de indiferencia inexplicable por las condiciones insalubres que brindan a sus clientes y otros continúan negándose a llevar a cabo el control de la trazabilidad.
Quizás el podio de la insolidaridad lo alcanzaron quienes fueron denunciados por el sindicato que nuclea a las trabajadoras domésticas por obligarlas a trabajar en viviendas en donde hay personas en situación de aislamiento por prescripción de las autoridades sanitarias. El gremio reveló que hasta se registraron despidos por no obedecer esa exigencia en lo que constituye, por parte de los empleadores, no solo un acto abusivo sino un extremo de crueldad.
Esta columna ha venido destacando, desde los mismos inicios de la pandemia, el rol fundamental del Estado a la hora de garantizar la atención sanitaria gratuita y universal sin distinción de ningún orden para todas las personas. Por tal motivo, el Estado está en condiciones entonces de exigir a todo el mundo su cuota de responsabilidad social en beneficio del conjunto.
Para evitar que las mayorías -que cumplen con los procedimientos indicados para cuidarnos la salud entre todos y todas- resulten rehenes de las minorías que muestran un supino desinterés por el bienestar general, el Estado tiene autoridad suficiente para desplegar todas sus atribuciones. No es el mercado -como pretende la derecha política y mediática- el que va a sacar las castañas del fuego en esta emergencia, en esta situación excepcional que atraviesa la provincia, el país y el mundo.
Quien no lo entienda así y crea que bajo la invocación a la «libertad individual» una persona puede hacer lo que se le antoja, sin reparar en las consecuencias de sus actos, consciente o no procede con la misma irracionalidad que el virus. Y con la misma capacidad de daño.