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Con la Biblia en la mano

En lo que puede llegar a ser un momento emblemático de su presidencia, Donald Trump hizo dispersar días atrás una manifestación con gases lacrimógenos solo para caminar unos metros desde la Casa Blanca y sacarse una foto, Biblia en mano, frente a una iglesia que había sido vandalizada durante las protestas del fin de semana.
El mensaje que estaba tratando de transmitir es más o menos claro. Por un lado, mostrar dureza ante los manifestantes, proclamándose como «el presidente de la ley y el orden», con lo cual además citaba un popular programa televisivo, terreno este en el que se siente a sus anchas. Por otro lado, mandaba un mensaje a los posibles votantes de religión cristiana, ya que no debe olvidarse -él no lo hace- que este año hay elecciones presidenciales.
No ingresó a la iglesia, ni leyó un párrafo en particular de la Biblia, que sostuvo al revés para la foto. El ejemplar ni siquiera era suyo.
Se especula con que la intempestiva actuación de Trump puede haber tenido relación con la mala prensa que le provocó el hecho de que el domingo se refugiara en un búnker debajo de la Casa Blanca, cuyas luces fueron apagadas. Ese refugio subterráneo no se usaba desde los ataques terroristas de 2001; en esta ocasión, los «agresores» eran ciudadanos estadounidenses que se manifestaban en las calles en protesta contra la violencia policial y el racismo.
Ahora bien, el hecho de que para que el presidente norteamericano pudiera tomarse una foto de campaña, se dispusiera un gigantesco operativo de represión contra manifestantes pacíficos, aparece como una demasía, incluso viniendo de quien viene.
Alguien bromeó que el uso de gases lacrimógenos era totalmente innecesario, ya que la sola presencia de Trump hubiera sido suficiente para provocar los mismos efectos en los manifestantes, esto es, lágrimas y vómitos. Desde sectores religiosos, en cambio, no se tomó el asunto con humor. Es claro que el presidente estaba usando la cuestión religiosa para sus fines políticos, situación especialmente urticante si se considera que jamás ha exhibido una actitud de particular devoción cristiana, y que en su vida privada y en sus negocios ha sido siempre un notorio amoral.
Mientras el presidente hacía su breve caminata, junto a una comitiva que no incluía a una sola persona negra, la represión policial contra los manifestantes arrojaba imágenes que, en la prensa norteamericana, sólo se asocian a los regímenes autoritarios que supuestamente combate ese país (aunque no se prive de hacer pingües negocios con ellos). Entre los represores se encontraban miembros de la policía militar, la policía de parques nacionales, la policía montada, el servicio secreto, y varios otros cuerpos convocados al efecto, que no escatimaron golpes ni siquiera contra la prensa presente en el lugar.
Que semejante operativo represivo haya tenido como finalidad la mera obtención de una foto, no deja de ser todo un símbolo de la presidencia que comanda alguien a quien con frecuencia se califica como un narcisista patológico.