Construcciones sutiles pero que dan sustento

Señor Director:
No es fácil (“no es moco de pavo”, según la frase que escuché hace añares para destacar las dificultades de un quehacer) elaborar un juicio sobre lo que está sucediendo en este momento, pero tal es el desafío ineludible.
El acontecer del instante es una materia incandescente, algo así como la lava del volcán que ha fundido y confunde elementos muy diversos.
Al pensar el caso del cómico y político de Santa Fe que no ahorró groserías para denostar a la presidenta, me he preguntado si basta con pensar que se retrata a sí mismo, habla de sí mismo, descalificándose como persona digna de atención. Me he respondido que eso no basta, porque no es el único caso. Son muchos los que ahora han reemplazado el lenguaje educado por la grosería soez, incluso individuos que habían convencido como talentosos y que en otro tiempo decían su pensamiento sin acudir a las letrinas ni a los antiguos antros prostibularios. Siendo así, el cómico de Santa Fe no ha hecho más que repetir lo que luce en su ámbito. Es como si se hubiese roto un pacto y se retornase al magma inicial, que quizás describió de modo insuperable Discépolo al poner lado a lado la Biblia y el calefón en el cambalache. Como si lo que él veía manifestarse hacia la cuarta década del pasado siglo, hubiese alcanzado ahora su culminación.
Al ser enfrentado por este tema, yo procuraba ver hasta qué punto me convence lo que acaba de exponer en Cuba, en la Casa de las Américas, el escritor y psicoanalista argentino Juan Carlos Volnovich. Este hombre habló del “desmantelamiento simbólico al que asistimos”. Tal es justamente la expresión que he adoptado para entender el momento presente en la sociedad humana (en la occidental y todas las que siguen su modelo). Digo que comparto que se produce ese tipo de desmantelamiento, pero Volnovich lo atribuye a la acción intencional del capitalismo en su actual etapa y en mi caso, sin dejar de considerar esa intencionalidad, me pregunto si ésa es toda la explicación. Sea lo que fuere (la conclusión a la que yo mismo pueda arribar) no he podido dejar de sentir el efecto de algunos de sus argumentos, cuando dice que tal acción produce un levantamiento de las prohibiciones “para dar paso a la pura impetuosidad de los apetitos”, que ya no se trata solamente de someter, reprimir y amenazar a los ciudadanos, sino que ahora destruye, disuelve las instituciones de modo que las nuevas generaciones, las muchachas y los muchachos, quedan sueltos, caen blandos, precarios, móviles, livianos, bien dispuestos para ser arrastrados por la catarata del mercado, para ser consumidos a toda prisa y descartados de prisa”.
Creo que vale pensar un poco estas observaciones porque pueden señalar un camino para comenzar a entender ciertas desmesuras, que a veces consisten en romper y ensuciar una escuela para demostrar, aunque los autores no lo tengan en claro, que quieren liberarse de todos símbolos: la escuela, la educación, ciertos principios de ordenamiento social para convivir con alguna armonía. Me he preguntado, para no agotar mi intento por comprender con la presentación de un culpable (me interesa menos el culpable que la culpa; busco la razón de ser de lo que acontece), es si eso traería la propuesta de un nuevo comienzo absoluto, como si por impulsos de oscuro origen y recorrido en el alma de la gente se quisiera dar por erróneo todo lo intentado desde que aceptamos el reto de salir de la animalidad. O sí, simplemente, asistimos a un momento de una transición sociocultural trascendente, durante el cual cuesta entender la dinámica del acontecer y el sentido que pueda tener. En mi caso, tengo en cuenta que el comportamiento que nos hiere (la grosería soez, que destituye el respeto elemental entre las personas), si bien es notorio y extendido, no es universal y que en los distintos sectores etarios asistimos a comportamientos que generan otras expectativas.
Atentamente:
JOTAVE