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Contacto humano, ¿un bien suntuoso?

DOMINICALES

Ernest Quintana tiene 78 años, y se encuentra hospitalizado en Freemont, California. Hace unos días, una tablet montada sobre un soporte motorizado se acercó a su cama. Desde la pantalla y a través de un video, un doctor le anunció que estaba muriendo. Curiosamente esta noticia fue publicada en EE.UU. el mismo día en que, entre nosotros, se anunciaba el éxito inicial de un programa de “telemedicina” destinado a llevar cobertura profesional a la salud de los pampeanos, hasta en el más recóndito lugar de la provincia.

Digital.
Desde luego, el contraste entre ambas noticias no intenta quitar valor al avance tecnológico que despunta en el sistema de salud pública provincial. Los funcionarios del área se han encargado de subrayar que el sistema electrónico montado no puede ni debe suplantar al profesional de la salud.
La medicina, como todas las ciencias, se ha beneficiado y continuará beneficiándose con las posibilidades que ofrece la digitalización y transmisión electrónica de la información. Hoy, por ejemplo, el tránsito de imágenes con fines de diagnóstico se hace crecientemente a través de archivos computarizados, los que permiten un tratamiento de la información -particularmente de las imágenes- mucho más eficiente.
Aunque un ministro del PEN -demostrando su cultura antediluviana- lo mostrara como una novedad, hace mucho más de una década que es posible enviar por internet radiografías, resonancias magnéticas y demás imágenes médicas para su consulta en cualquier lugar del mundo.
De hecho, lo ideal sería la implementación de la historia clínica virtual: un sitio en internet, debidamente encriptado, donde se reúna toda la información médica relativa a cada persona, incluyendo cada consulta, diagnóstico, terapia y medicamento indicado, cada operación practicada por parte de cada uno de los distintos especialistas que la trataron. Ello evitaría, entre otras cosas, la administración de medicamentos incompatibles por parte de cada médico. El problema, desde luego, es que la información así reunida tendría carácter sensible, y existe un consenso -y una resignación- general en que las compañías privadas que lucran con la información digital, tarde o temprano accederán a esos datos para venderlos al mejor postor.

Humanos.
Pero por mucho que avance la tecnología y por bienvenida que sea para simplificar y potenciar el trabajo de los profesionales, lo cierto es que en materia de salud, donde se juega la salud -que es como decir, vida y muerte- de las personas, el contacto humano será siempre irreemplazable. Y éste, lamentablemente, a medida que la tecnología se abarata, se va encareciendo.
El caso de de Ernest Quintana es, por supuesto, un extremo. La idea de un médico que elija la mediación de una computadora para transmitir malas noticias a su paciente, no habrá sido prevista por Hipócrates, pero denota claramente una carencia ética.
Sin embargo, existen hoy ya en funcionamiento en EE.UU., y forman parte de la cobertura en varias empresas privadas de salud, sistemas de cuidado paliativo donde la tradicional enfermera o cuidadora -generalmente latina- es reemplazada por otra alternativa aún más barata: un avatar teledirigido, transmitido a través de una tablet.
El sistema se llama Care.Coach y uno de sus usuarios, Bill Langlois, vive en San Francisco, tiene 68 años y una salud algo frágil. Su avatar es una gatita llamada “Sox”, a la que trata como si fuera una mascota de verdad, y hasta llora cuando recuerda el momento en que llegó a su vida: “Es tan confiable y me cuida tanto, que me ha permitido llegar hasta lo más profundo de mi alma y descubrir lo maravilloso que es el Señor. Me ha traído de vuelta a la vida”.
Sox le pone sus canciones favoritas y le muestra los videos de su boda. Como además puede verlo en cualquier lugar del cuarto, lo controla y hasta lo reta cuando toma vodka en lugar de agua. A veces Bill le dice que la ama, y ella le contesta que también. Los operadores que manejan el sistema trabajan desde Filipinas o América Latina, y se jactan de haber evitado varios suicidios entre sus usuarios. El dueño de la empresa, Victor Wang, tiene 33 años y, desde luego, ya es millonario.
Langlois o Quintana, en cambio, son pobres. Y el hecho de que su interacción con el mundo ocurra a través de una pantalla, incluso hasta los aspectos más existenciales y profundos, denota su bajo status social.
Los ricos, desde luego, crecientemente se van alejando de las pantallas, como antes de las herramientas de trabajo rudo. Ellos prefieren el contacto humano, un bien cada vez más escaso y cotizado.

PETRONIO