Creación de lugares para el pensamiento

SEÑOR DIRECTOR:
Es posible que lo peor de lo que se ha visto en estas semanas de conflicto haya sido la falta de un conocimiento actualizado de lo que nos está pasando y aún de lo que somos, como individuos y como sociedad, si reducimos el concepto de ser a cada uno de los momentos de esta realidad dinámica que es la convivencia.
“Nuestro lugar es el de pensar, de analizar las ideas con complejidad, no la consigna fácil y rápida”. Esta frase fue vertida por uno de los propiciadores de un movimiento de intelectuales de la educación, la cultura, las artes, el periodismo y las ciencias que se está constituyendo a partir de una propuesta del director de la Biblioteca Nacional y que ha publicado su Carta Abierta/1. El punto inicial de coincidencia es la percepción de que, más allá de los motivos declarados del conflicto con rurales, se hayan manifestado algunos síntomas de un mal nuestro largamente padecido: la sustitución de un gobierno democrático o -no menos importante, a mi juicio- la posibilidad de que el Estado resigne funciones y facultades que son sus herramientas para que el proceso social no se torne enteramente ajeno a la equidad.
Se ha dicho que esa Carta señala el momento en que la intelectualidad retorna a la arena política. Decir esto último implica señalar que esas personas especialmente dotadas y preparadas habían abandonado el escenario público y se habían confinado en reductos de especialidades cada vez más finas y más numerosas. El fenómeno de la especialización, que un pensador denunciaba (a comienzos del pasado siglo) como un retorno a la barbarie, ha proseguido su marcha. Sin embargo, en el mundo entero se dibujan indicios de reacción contra ese enclaustramiento. Hay quien dice que cierto crecimiento del interés por la filosofía y las ciencias sociales forma parte de ese anticipo de retorno. Los científicos parecen sentir que el gabinete de su quehacer se ha tornado tan estrecho que, si bien les permite conocer más a fondo el aspecto de la realidad que investigan, genera una incomunicación que puede traer severos perjuicios. Las ciencias han avanzado hasta dejar en claro que lo que creemos ver como compacto es una impresión que no traduce la intimidad de la materia, su división, sus movimientos, sus cambios. Este avance hacia una suerte de “disolución” de lo real percibido (por los sentidos) parece haber generado un cambio cultural que incrementa la distancia entre las personas y las hace indiferentes a la projimidad natural. Se tiene la impresión de que el panorama de un mundo tan inmenso, tan insondable, tan celoso de su último secreto (el sentido de todo, si es que lo hay), provoca una especie de mareo que hace que los individuos se encierren en sí mismos y se aten al momento, rehusándose a la historia y a la vieja voluntad humana de influir en la calidad de su porvenir.
No estamos hablando (al menos, no lo hago yo) de un retorno de los sabios ni tratando de realizar la utopía de Platón del gobierno de los filósofos. Lo que se pretende es algo si se quiere más modesto, pero probablemente más eficaz y conveniente. Se busca que el pensar recobre sus fueros. Que cada persona quiera ser responsable de sus juicios y traduzca esa responsabilidad con la aceptación del diálogo, el reconocimiento de las diferencias, la clarificación de las injusticias reparables y la voluntad para ir hacia el otro, confrontar ideas y planes y fundamentar sus decisiones. El aislamiento, que no sé si es todo él un fruto de la barbarie del especialismo o si resulta de la complejidad e inestabilidad de la vida asociada, ha provocado otros fenómenos que hasta ahora sólo se analiza aisladamente, como la dependencia de las personas con respecto a la publicidad, la reducción de la persona a consumidor y también eso que denuncia Naomí Klein en No logo: las multinacionales y el objetivo excluyente: crecimiento y lucro. A cualquier costo.
Atentamente:
JOTAVE