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Cristina: esa obsesión patológica

LA GUERRA PERIODISTICA CONTRA LA VICEPRESIDENTA

El cristinismo es el hecho maldito del país neoliberal: un virus, un demonio, un monstruo al que hay que nombrar miles de veces para que, por extraño e inesperado efecto de saturación, desaparezca o se transforme.
DANIEL ROSSO*
Para los medios hegemónicos escribir es nombrar: Joaquín Morales Solá, por ejemplo, nombró este domingo a Cristina o al Cristinismo 13 veces en su habitual columna del diario La Nación. Luis Majul lo hizo también 13 veces. Eduardo Van der Kooy batió el récord: en su editorial del diario Clarín la citó 15 veces. Los tres columnistas juntos mencionaron más de 40 veces a Cristina Fernández de Kirchner o a su extensión, el Cristinismo.
Los medios hegemónicos copian estructuras narrativas. Por eso, reproducen las lógicas del relato del virus: un protagonista invisible que ocupa espacios e invade territorios. Se lo conoce por sus efectos no por su presencia. Es efectivo: no se lo puede detener, apenas se puede graduar su expansión.
De ese modo proceden a la descripción de Cristina Fernández de Kirchner. No pueden contar la política sin ella: su presencia es el nudo estratégico de la producción de sentido de estos grandes medios. Paradójicamente, su productividad se localiza en el objeto a destruir. Su posición en el teatro de operaciones está trastocada: en el objeto de guerra localizan los pertrechos de guerra. La atacan a ella con ella misma. Por eso, la combaten haciéndola presente.
Por eso, cuando Cristina se mueve toda esa maquinaria de sentido también se mueve: lo que buscan es hacer que exploten las bombas interpretativas que durante años han colocado en ella. Y, si no se mueve, hacen que se mueva: crean un movimiento imaginario.

Un virus en la política.
¿Quién es, entonces, Cristina? Un virus en la política argentina. Es decir: es quien avanza sobre otros, ocupa espacios, coloniza lugares. Una fuerza poderosa que invade territorios. ¿Cuál es la interpretación principal que buscan activar con ella? Precisamente ese: su movimiento o su expansión como único recorrido existencial. Para eso, las máquinas de vigilancia semiótica ponen en marcha procesos de geolocalización y conteo de cristinistas en la estructura del Estado.
Todos sus discursos deben ser clasificados, desestructurados y reensamblados para que sólo aparezcan como una máquina de poder: sólo existen para avanzar como el virus, no para producir políticas en beneficio de la sociedad. El avance es su única condición y su movimiento ciego. Ella y el cristinismo avanzan ocupando espacios y no produciendo y ejecutando políticas públicas. Cristina y el cristinismo expresan, como el virus, una marcha vacía hacia adelante y hacia el mal.
¿Qué sucede si no hay movimiento? Hay que crearlo o simularlo. Si no hay movimiento no hay virus y aquí de lo que se trata es de mostrar el movimiento del virus.

Ejemplo matemático.
Un ejemplo de hace unas semanas: luego del nombramiento de Fernanda Raverta en la ANSES y de Andrés Larroque en el Ministerio de Desarrollo de la Comunidad de la Provincia de Buenos Aires, los medios hegemónicos sacaron sus calculadoras para intentar probar matemáticamente la expansión del cristinismo o de La Cámpora en el organigrama estatal. En la provincia de Buenos Aires había una cristinista, Fernanda Raverta, que fue suplantada por otro cristinista, Andrés Larroque. En el ANSES había un cristinista, Alejandro Vanoli, que fue suplantado por otra cristinista, Fernanda Raverta. Por lo cual: -1 + 1= 0 y -1 + 1= 0. Resultado = 0. El tablero quedó todo tal como estaba: no hubo ninguna expansión.
Sin embargo, en los medios hegemónicos, varios de sus operadores periodísticos dijeron que el cristinismo habían avanzado dos lugares o dos casilleros. De nuevo: si no se mueve la mueven ellos. Sólo así Cristina o el cristinismo adopta la estructura invasiva del virus. La vicepresidenta está siempre sometida a un movimiento obsesivo que, por otra parte, siempre conduce hacia el mal. Necesitan mostrar esa expansión aun cuando para ello tengan que alterar las matemáticas.

CFK = autoritarismo.
En su proceso de expansión, el virus vicepresidencial va generando enfrentamientos. Lo hace en un marco interpretativo dominado por la separación estructural entre conflicto y democracia: en la pospolítica de los grandes medios todo debe ser acuerdo y consenso. Por lo cual, la cadena de sentido que se intenta instalar es la siguiente: si hay conflicto está la vicepresidenta y si está la vicepresidenta hay autoritarismo.
Paradójicamente, los medios hegemónicos ocupan buena parte de la escena informativa con los conflictos: estos terminan siendo hechos noticiosos casi excluyentes. Aquello que quieren eliminar -la confrontación- es lo que amplifican. Lo que se proponen hacer desaparecer es lo que fortalecen.
De ese modo, el relato del conflicto -y de sus impulsores- dificulta el relato de las políticas. Sabemos aún poco de la reforma tributaria, de la reforma judicial, de la investigación de la deuda, de la nueva ley de coparticipación, del Presupuesto 2021, de las futuras políticas de descentralización de actividades y de repoblamiento, entre otras políticas esbozadas. Tapan una cosa con la cosa misma: las políticas propuestas -por ejemplo, la reforma tributaria- con la figura ampliada de quien las propone: la vicepresidenta y la dirigencia cristinista.
¿Qué es lo paradójico? La capacidad de uso del otro contra sí mismo: en este caso, la ampliación de la figura de Cristina para ocultar o editar los contenidos de las políticas gubernamentales. Por ello, los medios hegemónicos no sólo deslegitiman el conflicto: también lo intensifican para ocultar o tergiversar las políticas que impulsa el gobierno.
El relato sobre los antagonismos está al servicio de la despolitización de los escenarios políticos: lo que politiza -el conflicto- es utilizado también para despolitizar. Por eso, no sólo destituyen la política cuestionando los enfrentamientos sino también amplificándolos.
El cristinismo es el hecho maldito del país neoliberal: un virus, un demonio, un agente biológico patógeno, un monstruo al que hay que nombrar miles de veces para que, por extraño e inesperado efecto de saturación, desaparezca o se transforme. (Extractado de Contraeditorial).

*Sociólogo, docente, especialista en comunicación, exsubsecretario de Medios de la Nación.