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Cruda enseñanza de la pandemia

En declaraciones formuladas a LA ARENA, durante su reciente visita a nuestra ciudad, el ministro de Ciencia y Tecnología de la Nación se refirió a los dos proyectos de investigación que están avanzando en el país con el objetivo de obtener una vacuna contra el Covid-19. Dos universidades nacionales, la de San Martín y la del Litoral, junto con el Conicet y otros actores públicos y privados están llevando a cabo sendos proyectos que cuentan con financiamiento de aquel ministerio, en lo que constituye una clara muestra de lo que significa para un país contar con recursos humanos altamente capacitados, infraestructura adecuada y decisión política para apoyar el desarrollo científico.
La reflexión no es ociosa porque los argentinos venimos de sufrir las consecuencias de un gobierno que aplicó el recetario neoliberal hasta las últimas consecuencias. Entre ellas se debe contabilizar el castigo que padeció la educación pública y el desarrollo científico y tecnológico con caídas insólitas en los niveles de inversión por parte del Estado. Los tecnócratas de la derecha macrista, todos ellos educados en las universidades privadas más caras del país, se mostraron indiferentes a los logros que nuestro país había alcanzado en estas materias, y pretendieron hacernos creer que las inversiones en tales áreas eran en realidad un «gasto» innecesario pues resulta «más económico» importar desde los países centrales los avances tecnológicos que aquí «cuesta tanto» alcanzar. El sustrato ideológico que respalda esa mirada es el mismo que defiende la primarización de la economía y la aceptación pasiva del nicho productivo que nos asigna «el mundo» como proveedor de materias primas y poco más. La ciencia nacional, para esa concepción obtusa y retrógrada, no es más que un «lujo» que los argentinos no nos podemos dar.
Hoy «el mundo» nos muestra con toda crudeza lo que está sucediendo con el combate a la pandemia. Los países ricos son los que más han avanzado en la elaboración de vacunas contra el coronavirus. Y todavía más: muchos de ellos han obligado a sus laboratorios a suspender las exportaciones para priorizar el abastecimiento interno ante la emergencia. No solo es un contrasentido de cara a las ideas liberales que dicen profesar sus gobiernos sino también una exhibición obscena de la indiferencia que muestran hacia el resto del mundo, con países pobres que deberán esperar largamente para acceder a las vacunas mientras ven avanzar la peste entre sus poblaciones.
Además la gran demanda mundial de este producto precioso está desbordando las posibilidades productivas de los laboratorios, incluso de los que continúan exportando. En Argentina se advierte el decrecimiento del ritmo de llegada de los cargamentos de vacunas con relación a las previsiones iniciales, lo cual se traducirá, inexorablemente, en un retardo en las campañas de inmunización masiva.
En un país diezmado por cuatro años de neoliberalismo y casi uno de pandemia, hay que alegrarse por la recuperación de las políticas que apuestan al desarrollo científico. Este escenario brutal no podía ser más aleccionador: hoy quedó demostrado, ya sin sombra de dudas, que no hay país soberano sin ciencia soberana.