Cuando la guerra toma forma de normalidad

Señor Director:
¿Puede una guerra tomar el aspecto de lo normal hasta el punto de provocar respuestas que dan a entender que la gente se adapta a todo?
Me he llegado a formular esta pregunta más de una vez durante una existencia que me hizo espectador distante de la guerra civil española, la II Guerra Mundial (1939-1945), la guerra fría (l945-l99O) y la posguerra que va para el cuarto de siglo, pero que ha sido matizada (si puedo decirlo así) con guerras civiles y guerras en las que intervienen tantas naciones como en las grandes contiendas, más el riesgo atómico. Además, he leído relatos sobre guerras de la edad antigua, de la edad media y de la moderna. En una mirada panorámica, podemos tender a pensar que la humanidad ha estado siempre en guerra, pero es una visión errónea porque han existido largos períodos de paz. De no haber sido así no se podrían haber formado y consolidado las grandes culturas. Días atrás, al releer un libro sobre los hititas, vi que las tablillas que son la única fuente de información, dan cuenta, invariablemente, de las guerras, pero poco o nada dicen de los periodos de paz. En general, son inscripciones dispuestas por los reyes para dejar testimonio de sus hazañas, con poca referencia a sus derrotas y nula noticia sobre el pueblo llano. Solamente las construcciones humanas que han superado la prueba de los siglos, bien que ruinosas, han permitido deducir o conjeturar el tipo de cultura del que fueron fruto, tanto o más que los testimonios escritos.
La pregunta inicial, a la que vuelvo, sobre si el estado de guerra puede llegar a ser vivido como lo normal, se debe al caso actual de la guerra que se desarrolla en Siria desde hace más de seis años. Esa tierra ha sido un escenario permanente e importante de la presencia humana. Allí se asentaron muchas culturas, algunas de las cuales sobreviven y motivan un estado de inquietud permanente porque no se ha dado un proceso de integración suficientemente duradero y también porque aparecieron las religiones que pretendían ser la única verdadera y se produjo la irrupción de los europeos en la era colonial. La existencia de petróleo y otros recursos valiosos, prolonga la presencia de las potencias coloniales y atrae a las que quieren retornar o predominar.
Días atrás, al leer noticias acerca del premio Alfaguara, que este año fue ganado por el español Ray Loriga con su novela Rendición, próxima ser distribuida en todo el ámbito de la lengua hispánica, supe que se desarrolla en un territorio que se halla en estado de guerra desde hace una década. Un periodista le pregunta a Loriga cómo explica que situaciones como la guerra terminen naturalizando ese estado y volviéndose parte de cierta normalidad, como sucede en Rendición. Loriga responde que poco tiempo antes, en una conversación de la que participaban personas de edad avanzada, una de ellas contó que cuando la guerra civil él y otros muchachitos de entonces, corrieron al saber que un tren había sido bombardeado. Frente a ese espectáculo, cuando estaban sacando a las víctimas, uno del grupo propuso apostar a qué número de muertos se llegaría. Los chicos aceptaron la propuesta: 130, 135, 140… El que hacía el relato dice que cuanto la cuenta de las víctimas llegó a 140 y él había apostado a que fuesen más, se encontró deseando que apareciesen más muertos.
Ahora, entre nosotros, cuando los accidentes de tránsito dejan un saldo importante de muertes por año, se lleva, se publica y se actualiza la cuenta. ¿Podrá alguien estar queriendo que se supere el número del año anterior? Por cierto que la intención de esa cuenta es advertir que la ruta es peligrosa y que hay que extremar el cuidado.
Sin embargo, la cantidad creciente de estas tragedias, “normaliza” el hecho de estar viviendo la expectativa por la cuenta de muertes. Los que sobreviven suelen quedar minusválidos y, como en la guerra, son mayoritariamente gente joven.
Atentamente:
Jotavé