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Cuando los rusos vienen marchando

DOMINICALES

Cuando hace aproximadamente treinta años atrás, se produjo el pacífico colapso de la Unión Soviética, el entonces presidente de EEUU -George Bush padre- se apresuró a proclamar la existencia de un «Nuevo Orden Mundial». Otro charlatán de feria, un tal Francis Fukuyama, fue más lejos y dictaminó que se había producido «el fin de la historia». No hace falta aclarar que aquellas grandiosas proclamas duraron lo que un suspiro: los últimos treinta años de historia no pudieron ser más movidos, y el «orden» de Don Bush no le duró ni para obtener su reelección en el cargo.

Corto.
Lo que en realidad concluyó alrededor de 1990 fue el llamado «siglo XX corto», que entre el inicio de la primera guerra mundial y el fin de la guerra fría, se resolvió en menos de ochenta años. Siglo amarrete si los hubo.
Desde entonces, la historia que había clausurado Fukuyama nos deparó no pocos sobresaltos: el auge de internet, los atentados del 11/9, las guerras de Afganistán e Irak, la Primavera Arabe, la carrera espacial de China e India, la pandemia… y eso sin siquiera ingresar en detalles dramáticos como el vestuario de Juanita Viale o el desayuno de Juliana Awada.
Durante estos treinta años, Occidente se empeñó en tratar de olvidar que, durante el siglo pasado, el mundo estuvo dividido por la influencia de dos grandes poderes. A uno de ellos, Rusia, se intentaba dejarlo de lado como cosa del pasado, mencionándolo sólo al pasar como miembro de un club de segundones (¿se acuerda el lector de los Brics?) o como productor de grandiosas jugadoras de tenis.

Spasiva.
El nerviosismo que provoca entre nosotros la vacuna Sputnik-V -que mañana comienza a inocularse en la población argentina- da cuenta de que aquella dulce amnesia está llegando a su fin. Ya no es posible ignorar a Rusia como un poderoso actor mundial, y la verdad es que sus perspectivas de crecimiento son sorprendentes. De ahí la alarma de los sectores conservadores en Occidente, que ya ni siquiera tienen al comunismo como pretexto para el pánico mal disimulado.
Es lo que ocurre cuando un país tiene un territorio enorme, un pueblo talentoso, y una dirigencia con conciencia nacional. Se pueden decir muchas cosas de Vladimir Putin, pero está claro que el hombre posee una inteligencia notable, y que sus actos de gobierno están orientados por un nacionalismo férreo.
Hoy se sabe más allá de toda duda razonable, que Rusia jugó un papel central en la manipulación del electorado norteamericano que llevó a la elección de Donald Trump como presidente. En una maniobra no menos sorprendente por su ingenio, los hackers del Kremlin acaban de ingeniárselas para introducirse en los sistemas informáticos más sensibles del gobierno de EEUU, apropiándose de una enorme cantidad de documentos confidenciales. Y aunque los más altos funcionarios de su gobierno salieron a reconocer este papelón, el todavía presidente intentó ligar a China con el incidente, sin una sola prueba al respecto. Curiosamente o no, durante todo su mandato ha tenido una actitud más que deferente hacia Rusia y su líder principal.

Jarachó.
Ya es sabido que con su petróleo y su gas, Rusia ostenta un poderío económico y estratégico notable, mal que le pese a sus vecinos/clientes europeos. Ahora ha comenzado un agresivo plan de producción de helio, un gas que solemos asociar a los globos de cumpleaños, pero que en realidad juega un rol crucial en industrias tales como la tecnología médica, la exploración espacial, y la seguridad nacional.
Y no termina ahí el cuento: Mientras los imbéciles republicanos norteamericanos siguen empeñados en negar la montaña de evidencias científicas sobre el cambio climático -condenando a su propia población a sufrir las consecuencias, como hoy las sufren con la pandemia- en Rusia ya tienen todo planeado para sacar la mejor tajada de la nueva situación.
Es un hecho que, con la elevación de la temperatura global, varias zonas del planeta se tornarán inhabitables, y se producirá, en cuestión de décadas, una importante migración humana hacia zonas más templadas. Adivinó el lector: Rusia tiene un enorme territorio a poblar, sobre todo en su costado asiático, donde el cambio climático además facilita el descongelamiento del permafrost, y la habilitación de millones de hectáreas cultivables.
Vale decir, que en un futuro cercano, Rusia será un país más poblado aún, más próspero en lo económico, y tendrá la llave para producir alimentos en una escala superlativa.
Allá en la papelera de la historia quedaron Bush padre y Fukuyama, con sus metáforas mal cocinadas. Los muertos que ellos mataron, gozan de buena salud.
PETRONIO