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Cuando sopla el viento

EL ESTADO BAJO EL PODER DE FUEGO DEL INDIVIDUALISMO

Persiste una minoría intensa que, con la pandemia y las restricciones que esta impone, ha venido a reflotar el
discurso antiestatal en nombre de la libertad individual.
JOSE ALBARRACIN
«Cuando sopla el viento» es una olvidada joya cinematográfica de los años ochenta, cuando todavía estaban vigentes la Guerra Fría y el temor a la hecatombe nuclear. Una producción en dibujos animados, retrata la vida de dos viejitos que viven en un lugar apartado de la campiña inglesa, y lo que les ocurre a partir de una explosión nuclear, cuyo origen y amplitud no es revelada. De hecho, los ancianos ignoran la magnitud de la desgracia que se ha desatado -no así el espectador- y la filmación se detiene en retratar su ingenua inutilidad para lidiar con el fenómeno que les toca vivir.

Los ochenta.
Vista desde la Argentina de aquellos años, lo más extraño y doloroso del relato era observar la ciega confianza con que los protagonistas confiaban en que alguna rama del gobierno seguramente acudiría en su auxilio, y lo que es más, que esa ayuda era inminente. Nuestro país, en cambio, emergía de un gobierno que había sometido a sus ciudadanos a la más atroz pérdida de libertades, al secuestro, la tortura, la desaparición y la muerte, al robo de sus bienes y sus hijos, y no contento con ello, había destruido el aparato productivo nacional, y multiplicado la deuda externa. Claramente la confianza en la autoridad pública no estaba en su mejor momento.
Desde luego, con el juzgamiento de los delitos de la dictadura, y la ampliación de derechos verificada desde el retorno de la democracia (ley de divorcio vincular, incorporación de tratados de derechos humanos a la Constitución, ampliación de la cobertura previsional, ley de matrimonio igualitario, de identidad de género, etc.) la percepción de la ciudadanía argentina respecto de su Estado ha mejorado.
Pero siempre persiste esa memoria del hecho traumático. Y persiste, también, una minoría intensa que, en particular con la pandemia y las restricciones que ésta impone, ha venido a reflotar el discurso antiestatal en nombre de la libertad individual.

Delta.
El recuerdo de aquella película se actualizó esta semana cuando, luego de una de las campañas de vacunación más exitosas del mundo, y luego de un confinamiento muy estricto que duró todo el invierno y hasta entrada la primavera, Gran Bretaña retomó las restricciones a la circulación, en prevención por la aparición de una nueva cepa del coronavirus, originaria de la India, conocida como «Delta».
Pudo verse, así, un desfile de disciplinados británicos interrumpiendo sus vacaciones en Portugal -y otros cálidos destinos mediterráneos- para no quedar varados fuera del país. Literalmente, abandonaban el calor y el descanso, para volver a confinarse en sus casas.
Vale decir, que la confianza en las autoridades parece intacta, como en los tiempos de los avisos oficiales «Keep calm and carry on» durante la Segunda Guerra Mundial. Y es que los ingleses siguen teniendo un excelente sistema de salud pública en el que confiar, aunque tengan un primer ministro más parecido a una cacatúa que al mítico Winston Churchill.

Canguros.
Hace poco se conoció también una encuesta que revelaba que, en contra de su autopercepción como un pueblo de rebeldes y aventureros, los australianos son en realidad muy respetuosos de la autoridad, y han respondido a las restricciones de circulación dispuestas por el gobierno de buena gana y con un alto acatamiento.
Parece haber también una relación muy estrecha entre la aceptación del principio de autoridad, y la obediencia a las normas legales. Como la madre patria Inglaterra, Australia es un país donde la observancia de las normas, hasta en los gestos más pequeños y mínimos, suele llamar la atención y la admiración de los visitantes argentinos. Tal parece que el respeto a la autoridad y a la ley son marcas que definen a los países desarrollados.
Curiosamente esos viajeros argentinos, que adoptan en seguida ese tipo de conductas durante sus viajes, no terminan de embarcar el vuelo de vuelta que ya vuelven a comportarse como unos forajidos, sin respetar ni el orden de las filas ni al prójimo. Siguiendo un patrón de conducta no menos esquizofrénico, las clases adineradas argentinas tienen colocado su patrimonio -en altísimos porcentajes que suelen superar el 80 por ciento- fuera del país. Invariablemente el pretexto es la falta de confianza en el gobierno y en la economía nacionales, como si ignoraran que la falta de inversión de capitales es una de los principales causas de nuestro subdesarrollo.
Esos argentinos, incapaces de percibir que el viento está soplando y anuncia tempestades, recuerdan vagamente al dicho de Groucho Marx: «Nunca pertenecería a un club que admitiera como socio a alguien como yo».