miércoles, 18 septiembre 2019
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Cuando vota el «círculo rojo»

El establishment ya está votando. No necesita de elecciones formales, tiene otra forma de hacerlo y muy contundente por cierto. El gobierno de Mauricio Macri ya no despierta la «confianza» de los «mercados» -como dicen en su jerga los analistas económicos- y se lo están haciendo saber. La imagen del presidente se está deshilachando aceleradamente y su reelección está cada vez más lejana para todos menos para su propio entorno. Paralelamente la imagen de Cristina Kirchner no para de crecer. Lo dicen hasta las encuestas de los consultores más cercanos al gobierno. Como será de cierto que hasta los periodistas de La Nación dicen por estas horas que esos sondeos provocaron «pánico» en la elite económica.
Mientras tanto en las últimas presentaciones públicas de Mauricio Macri y María Eugenia Vidal todos recitaron el mismo mantra: el candidato presidencial es Macri, y el «Plan V» es solo una construcción mediática estimulada por algunos operadores. Así, la cúpula del macrismo se abroqueló bajo el mismo discurso para replicar a los que se permiten dudar sobre la carrera presidencial de octubre. Pero ayer «pasaron cosas». El establishment habló, o, mejor dicho, «votó» a su manera y le envió un mensaje muy claro a la Casa Rosada.
El dólar se disparó y llegó a superar los 47 pesos (aunque después se ubicó en 46), el riesgo país perforó la barrera de los 1.000 puntos, la tasa de interés se fue a 72%, los bonos argentinos en Wall Street se derrumbaron y la fuga de capitales se aceleró favorecida por la ausencia de regulaciones. El gobierno es la impotencia andante para frenar esta ofensiva. Solo atina a usar 60 millones de dólares al día del Banco Central -lo que le permite el FMI- para contener su cotización; un derroche de reservas perdidas en una tarea imposible.
Hasta los observadores más cercanos al gobierno admiten que el poder económico le está soltando la mano a Macri porque sus chances para octubre están muy devaluadas. Sectores del mundo empresarial no ocultan sus simpatías por la gobernadora de Buenos Aires, mientras que otros ven con buenos ojos a Roberto Lavagna. El terremoto de ayer que pegó en el gobierno debajo de la línea de flotación no es más que un reflejo de ese clima de tensión que se vive en el denominado «poder real».
Ya no es un secreto que en el seno de macrismo cunde la desorientación y el malestar. Se habla de los arranques de ira del presidente y hasta de un drástico recambio de gabinete. En su fuero íntimo Macri debe estar sintiendo que lo tratan con ingratitud, y nada menos que los de su propio club, los que pertenecen, como él, a la elite económica; los que respaldaron y hasta estimularon su candidatura. Debe sentirse mal pagado después de tres años y medio de gobernar en beneficio de esos tiburones que hoy le da la espalda y pretenden descartarlo como a un producto que llegó a la fecha de vencimiento.
También debe costarle entender que las más fuertes embestidas contra su gobierno no le están llegando desde el mundo del trabajo, al que tanto atacó y perjudicó, sino desde el mundo empresarial más concentrado, al que tanto benefició. Hoy la CGT está más quieta y callada que nunca, mientras el «círculo rojo» no para de generar dolores de cabeza al gobierno con sus intervenciones en los mercados financieros, afectando incluso la imagen del país que en los principales medios económicos del mundo acumula titulares que hablan de una catástrofe.
Debe ser una paradoja difícil de desentrañar para un presidente que se ufanó -ante los banqueros más poderosos del planeta y durante la reunión del G-20 en Buenos Aires- de haber «destruido» el salario argentino.
Tardío aprendizaje para un hombre del establishment que decidió incursionar en la política electoral. El más que nadie, debió saber que, entre sus pares, «negocios son negocios».