Cuando brota la extraña voluntad de arriesgarse

Señor Director:
El caso del chico que cayó desde una altura del edificio de lo que fuera un molino harinero, en Santa Rosa, ha estremecido a la ciudad.
Como es habitual, muchos, quizás la mayoría, han salido a buscar culpables, porque tal es una manera de aliviar la pena y de eludir la reflexión acerca de la causa de este tipo de conducta, que es más frecuente de lo que parece pensarse en el proceso de comenzar a asumirse, los menores de edad, como una individualidad autónoma. Es cierto que si hubiese en el viejo molino un número suficiente de guardianes a toda hora, podría evitarse que uno o más menores (o mayores) se introdujesen en esa enorme construcción, casi ruinosa ahora, la cual ejerce una capacidad de atracción que no debe desestimarse.
Hay una edad, que a veces coincide con la pubertad, en la que el menor siente que debe probarse y, en casos, demostrar, que él puede realizar alguna forma de comportamiento que revele su habilidad o su temple. Subirse a una altura, caminar por una cornisa, bajar a una profundidad, ingresar en el bosque o la caverna pueden ser atavismos o pueden estar dando testimonio de una singularidad de nuestra especie, la cual no tendría historia de no haber existido su capacidad de plantearse desafíos y afrontarlos. El riesgo crece en el caso de menores por la falta de lo que llamamos madurez, que es algo que se elabora a partir del conocimiento y de la experiencia. Sin embargo la tentación de probar y probarse no desaparece nunca del todo y quizás no deba desaparecer si es que queremos tener la sensación de estar avanzando hacia el misterioso porvenir, que llama sin revelarse y que convoca seductoramente desde su no ser.
No estoy especializado en el análisis de estos comportamientos y mi propia memoria de los años iniciales no da cuenta de haber abundado situaciones que implicasen riesgo de vida. Puede que mis andanzas tempranas por la zona de los vagones y los rieles de la estación ferroviaria me depararan más de una situación peligrosa, como también las había cuando hacía cuevas en un médano y me introducía en ellas, aun temblando por el riesgo de un derrumbe. Es posible que el transcurso de toda infancia incluya un repertorio de ocasiones de este tipo, de las cuales se sale con bien, aunque a veces con susto, en la mayoría de los casos. Cada vida que empieza siente la tentación (o alguna forma de necesidad) de hacer su propio camino. Ese camino que se hace al andar, según la sabia advertencia de Antonio Machado. En tales pruebas el pequeño ensaya esta disposición y su renuencia o resistencia a acatar todas las advertencias de los mayores, las cuales, por cierto bien intencionadas, pueden estar orientando hacia la repetición de las conductas probadas, como si ya todo lo posible o conveniente hubiese sido experimentado.
Es posible que al escribir esta nota esté cediendo al propósito de evitar que la tendencia a compadecer me aparte de mi modalidad de entender el porqué de los comportamientos que conducen a estos finales. Asimismo, trato de no dejarme arrastrar por la tentación de buscar explicación de estas conductas en alguna anomalía personal, falta de consejo o de controles hogareños, en las “malas compañías” o en el efecto de la exhibición de habilidades extremas que vienen desde los medios audiovisuales y formas del espectáculo. Todo puede influir en las acciones de los niños, los púberes y los adolescentes, pero también y quizás principalmente operan ciertas fuerzas que determinan (imperan) desde lo profundo de todo individuo de nuestra especie y de las que no todos, y quizás nadie, tenemos conocimiento suficiente.
Las conductas reactivas ante un hecho desgraciado, las reacciones que se agotan en la busca de culpables o que se desbordan en hechos tan graves como los linchamientos, no deberían impedirnos pensar principalmente en estas víctimas tempranas de la dura empresa del vivir.
Atentamente:
JOTAVE