Cuentan en la Feria la peripecia de cada uno

Señor Director:
Me repito que “Cada uno cuenta de la Feria según le va en ella”. Claro es ya no se trata solamente de nuestro acontecimiento anual en el que se muestran y ofrecen libros y también son mostrados o se muestran quienes escriben y tienen asegurada una editorial y una cantidad significativa de lectores. Ellos llegan hasta aquí y cuentan sobre la gran feria del mundo. El escenario es todo el hábitat humano. El escritor no está encerrado y asistido por servidores. Ocupa una torre desde la cual busca una impresión global. Y ellos transitan de torre en torre como invitados dado que aportan prestigio.
Es el caso del peruano Mario Vargas Llosa, ya habitualmente lejos de su país, ciudadanizado europeo. En este caso debía dialogar con el chileno Jorge Edwards, a quien se agregó Alejandro Roemmers, presentado como poeta y farmacéutico. Como es raro que se pueda vivir de la poesía una precaución prudente obliga a desarrollar una actividad laboral o mercantil.
Por lo que he leído, en esta ocasión Vargas fue partícipe principal de esa jornada, donde el tema propuesto fue la Influencia de la Literatura en los Valores Humanos, es decir, en lo que es motivo habitual de preocupación de quienes abordan el relato literario y, hablando o no del tema de los valores, lo que exhiben como determinantes de la conducta de quienes protagonizan la trama.
Vargas empezó por preguntar, preguntándose qué va a ocurrir con la extraordinaria revolución de las comunicaciones y qué va a pasar con la lectura. Marcó su posición al decir que la literatura para pantallas es distinta de la que es escrita en papel. Los libros en papel exigen la participación intelectual del lector. Las pantallas privilegian la llegada al gran público. Cree que el espíritu crítico puede llegar a desaparecer. Los libros en pantalla comunican lo que interesa a los poderes y existe una amenaza muy profunda de manipulación de la opinión pública. Se puede llegar a un control absoluto de los gustos, los disgustos, los entusiasmos del gran público frente a las instituciones.
Dijo también Vargas que ahora se publican más libros, “sobre todo los que tratan de parecerse a las pantallas”.
“No va a terminar la literatura, pero hoy representa mucho menos en la vida de las naciones que en el pasado”.
Dado que la era de las pantallas apenas está empezando puede temerse que este nuevo actor siga erosionando el papel de la literatura en cuanto medio cultural para proponer que el lector no se limite a absorber lo que se presenta. Es decisivo que todo lector se sienta interpelado y obligado a oponer las objeciones que le vienen a la mente durante la lectura. Esto es lo que obliga, cuando se está ante un libro provocador, a que el lector relea el relato. En esto consiste lo que llamamos el pensamiento crítico.
Si el hombre hubiese aceptado el saber de su tiempo como algo que está ahí y condiciona nuestro accionar no hubiésemos superado el nivel de los irracionales. Si durante largo tiempo se dio por cierto que la Tierra es el centro del universo y tal presunción desarrolló muchas creencias y valores, siempre hubo quien se preguntase en qué medida son confiables nuestros sentidos. A partir de ahí buscó ampliar el alcance de su vista, hasta convencerse que habitamos un planeta más de los millones que ocupan un espacio que quizás nunca alcanzaremos a medir y conocer en grado suficiente. La leyenda que hace susurrar a Galileo, luego de abjurar ante el Santo Oficio de la posición relativa de la Tierra con respecto al Sol: “y sin embargo se mueve”, es el cuidado que se debe tomar ante lo que se presenta como verdad estable e irrefutable. Mi idea personal acerca de este tema me permite decir que no hay verdades finales. Todo lo que agregamos a este saber es el elemento moral que manda reconocer las constantes nuevas “revelaciones” que aporta la ciencia y comunicar lo que hemos llegado a saber como su estado actual.
Atentamente:
Jotavé