De aquel humanismo a esta crueldad

Humanismo es una de aquellas palabras imprescindible al tratamiento sociopolítico e histórico que, además, ha ido ampliando su significado desde sus orígenes semánticos. El término se originó en Europa hace alrededor de 600 años buscando enaltecer y reivindicar las condiciones de la naturaleza humana, opacadas por la filosofía escolástica. Con el tiempo amplió su concepto y se aplicó a los estudios clásicos en general y a la promoción de los valores humanos.
De lo que no caben dudas es que el humanismo nació y se desarrolló en Europa: Erasmo de Rotterdam, Antonio de Nebrija, Petrarca, Maquiavelo, Tomás Moro, Copérnico, Miguel Servet y tantos otros ampliaron los campos de la filosofía, las artes, la religión, la ciencia. Con los siglos se siguió desarrollando en múltiples personalidades, incluso hasta nuestros días. Sin embargo lo que nadie hubiera pensado es que aquella palabra, junto con el amplio significado que guarda, se volviera paradójica para con quienes la desarrollaron en principio -los occidentales en general y los europeos en particular- hasta rozar la hipocresía en su aplicación moderna.
Es que el humanismo, al margen de su proyección revolucionaria original, también sirvió para el justificativo de -valga la paradoja- acciones inhumanas; bajo su invocación se justificaron guerras, se lanzaron bombas atómicas y se arrojaron pueblos enteros a la miseria y el dolor. La actualidad ofrece casi a diario ejemplos de carácter espantoso en los habitantes de la costa africana del Mar Mediterráneo que, en su afán por escapar a la miseria de sus países de origen, se lanzan a cruzar el mar en embarcaciones inadecuadas y atiborradas de personas que tratan de alcanzar la esperanza europea. Aquella miseria, hay que decirlo, en buena medida fue provocada por los mismos europeos y occidentales, cuya ambición por saquear los recursos de esas regiones causó desastres naturales y humanos.
Pero lo peor de todo es que semejante afluencia de migrantes parece superar a una Europa estructurada para sus habitantes actuales, o poco más, por lo que optan por una solución filosóficamente opuesta en fondo y forma a la que concibieran sus lejanos antepasados: niegan la entrada a esos desesperados y a menudo provocan directa o indirectamente su muerte en las aguas. En las últimas semanas se han visto imágenes aterradoras de embarcaciones saturadas de gente, con muchas mujeres y niños, que terminaron ahogados. Las escenas son tan terribles que algunas cadenas de televisión se negaron a hacerlas públicas.
Algunos de esos países rechazan de plano recibir a esas gentes, caso de Italia, donde late un sentimiento racista y parece haber olvidado su enorme emigración de un siglo atrás; otros se muestran renuentes a la recepción o ayuda, acaso con la honrosa excepción de España. Los líderes políticos dicen buscar soluciones “humanistas” al problema sin salir de la dura posición inicial; la última considerada: crear áreas para refugiados en los países de origen que alberguen y detengan a los desesperados. Cualquier semejanza con campos de concentración no es casual.