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De cómo la derecha se apropió de Foucault

EL DISCURSO ANTIESTATAL DE LOS "LIBERTARIOS"

En lo que constituye una innegable señal de decadencia el conservadurismo argentino actual necesita alquilar plumas para que le escriban el discurso.
JOSE ALBARRACIN
Se suele acusar a la derecha argentina de travestismo, pero eso es injusto para con la comunidad trans. Los representantes del conservadurismo vernáculo no adoptan diferentes ropajes por una cuestión de identidad o de autopercepción, sino por su total falta de escrúpulos a la hora de aprovechar cualquier oportunidad política que se les presente: incluso abrazando valores que les son extraños, como la libertad, la salud pública o la educación.

Caos.
Dentro de este baile de máscaras macabro, lo más extraño, acaso, sea esta nueva corriente «libertaria», que propugna desde la derecha una suerte de anarquismo, de rechazo a cualquier restricción proveniente del Estado, sin siquiera considerar si esta es justificada o legítima. Se oponen terminantemente al uso de barbijos, al confinamiento o a la campaña de vacunación, al mismo tiempo que aceptan sin chistar muchas otras limitaciones estatales a la movilidad como los semáforos, los cinturones de seguridad o las colas en los cajeros. Así como en el pasado aceptaron sin chistar, y hasta aplaudieron, la dictadura.
Se ha dicho desde la ciencia política que las clases dominantes en Argentina nunca apostaron al orden, ya que históricamente han sido en las épocas recurrentes de caos cuando más incrementaron sus ganancias siderales.
Sin embargo, es más extraño aún, que detrás de este discurso «libertario» y antiestatal, muchas veces se cuelan ideas de un filósofo francés que curiosamente se menciona muy poco últimamente en el discurso progresista. El hombre que definió a la «biopolítica», ese conjunto de fenómenos a través de los cuales el poder estatal moderno interviene en la biología de sus habitantes, de lo cual la pandemia ha dado varios ejemplos.

Foucault.
Se trata, desde luego, de Michel Foucault, cuyo pensamiento se asocia invariablemente con tendencias académicas de izquierda, no con los sectores concentrados del capital.
Foucault enseñaba que, en una sociedad como la contemporánea, donde la ciencia goza de un bien ganado respeto, la invocación de lo científico puede estar disfrazando una forma de poder ilegítimo y opresor, como ocurrió en el pasado con la definición de la criminalidad, o de las conductas sexuales consideradas «desviadas». Estas ideas formaban parte del arsenal argumental de la izquierda, por la sencilla razón de que las clases populares históricamente han sido oprimidas por el Estado, que en cambio favoreció siempre a las elites poderosas.
Sin embargo, estos argumentos aparecen ahora en el discurso de pensadores de derecha como el italiano Giorgio Agamben, quien en plena pandemia, y con sus conciudadanos muriendo de a miles, se entretenía en criticar el «despotismo tecno-médico» de la cuarentena. En sintonía, el xenófobo Matteo Salvini se quejaba de que los italianos estaban siendo «tomados como rehenes, enmascarados y separados» por los controles sanitarios, mientras los inmigrantes seguían desembarcando al país.

Poder.
Bien podría decirse que si la derecha acude al pensamiento de Foucault, con sus herramientas de crítica contra el poder estatal y el control administrativo, el fenómeno estaría reflejando un cambio de relaciones de poder, en el cual tanto desde lo cultural como en el propio juego democrático, las fuerzas progresistas se encontrarían hoy en una posición más prominente que antaño.
Puede que haya algo de la personalidad hedonista y avasallante de Foucault que les atraiga, acostumbrados como están al privilegio. Tal vez también tenga que ver la tendencia a la anomia y el poco apego por la autoridad de los argentinos («un país al margen de la ley», decía Carlos Nino) que viene desde la propia fundación de su ciudad capital.
Pero también podría argüirse que muchos de los teóricos que hoy construyen el lenguaje de la derecha argentina son personas con formación académica de izquierda, incluso marxista. Tal el caso del ubicuo Jaime Durán Barba. O del «periodista» Alfredo Leuco, ex integrante del grupo político que atacó el regimiento de La Tablada en 1989, y que, no obstante, hace poco publicó un artículo titulado «La democracia argentina extraña a Raúl Alfonsín». Para no mencionar a Carlos Pagni, cuyo aspecto físico recuerda extrañamente al de Foucault.
En lo que constituye una innegable señal de decadencia, en el país de Borges y Bioy Casares, el conservadurismo argentino actual necesita alquilar plumas para que le escriban el discurso. Y, a juzgar por la performance del último presidente de ese signo, ni siquiera está en condiciones de leerlo de corrido.