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De mal en peor

Junto con el de la pobreza, el índice de desocupación es el que más sufrimiento social provoca, y su último registro vuelve a mostrar que al gobierno de Mauricio Macri lo que menos le importa es el bienestar de los argentinos. Los nuevos datos oficiales revelan que el desempleo sigue creciendo en el país y en nuestra provincia, alcanzando niveles que no se veían desde el año 2003. La Pampa, con el 11,2 por ciento de desocupados para el segundo trimestre, se ubicó junto a Mar del Plata, Córdoba, Salta y el Gran Buenos Aires, en el lote de los cinco distritos que mayores índices presentaron superando el promedio nacional del 10,6 por ciento.
Muy lejos quedaron las promesas de «pobreza cero» y «generar empleo de calidad» con que se presentó el macrismo en las elecciones de 2015. Esas y otras que también fueron borradas con el codo apenas Cambiemos llegó a la Casa Rosada hablan de lo que hoy ya todos consideran un gigantesco fraude al electorado. El contundente revés que recibió el macrismo en las PASO no fue otra cosa que la profunda decepción que provocaron sus políticas antipopulares en muy amplios sectores que lo habían votado hace cuatro años.
La receta neoliberal llevada al extremo con un dogmatismo cerril provocó lo que era esperable: cierre masivo de fábricas y un crecimiento consecuente de trabajadores que han quedado en la calle. El industricidio que provocó el gobierno de Macri no registra antecedentes en cuanto a la velocidad del proceso destructivo. Con especial saña se dedicó a demoler las Pymes que son, aquí y en todo el mundo, las mayores generadoras de empleo privado.
Esta tercera ola neoliberal que desembarcó en el país -las dos anteriores llegaron con la dictadura cívico-militar y menemodelarruismo- ratificó su poder destructivo. Y como en los dos casos anteriores son los asalariados y los jubilados los que más intensamente sufren las consecuencias.

El odio
El odio como instrumento de la política es un fenómeno que viene siendo estudiado por calificados especialistas de las ciencias sociales aquí en todo el mundo. El poder manipulador de los grandes dispositivos comunicacionales comenzó a mostrarse en todo su esplendor en los últimos lustros cuando se puso al servicio de la ideología dominante en casi todo el planeta: el neoliberalismo. Los centros del poder económico-financiero global descubrieron que bajo las democracias liberales el odio puede ser un arma eficaz para direccionar las preferencias electorales de grandes segmentos de la población.
La Argentina no ha estado ajena a esas experiencias y viene padeciendo sus efectos. Los grandes medios de comunicación y las redes sociales se han convertido en campos de batalla en donde la siembra del odio contra determinadas figuras políticas -que han sido blanco de campañas de desprestigio por su calidad de «populistas»- se ha visto como nunca antes.
Interrogado en el Parlamento británico, un alto ejecutivo de la empresa Cambridge Analytica confesó que en 2015 operaron a través de las redes sociales contra la expresidenta Cristina Kirchner. Lo mismo ocurrió en Brasil contra Lula y Dilma Rousseff. Hasta en En EE.UU. realizaron idéntico trabajo contra Hillary Clinton y en Inglaterra contra el Brexit.
El efecto de esas gigantescas operaciones es inmediato y se materializa en expresiones que a veces llegan a la violencia. Aquí en La Pampa pudimos ver en las últimas horas a un productor rural y funcionario del Senasa que prometió «cagar a tiros» a quien colgara carteles del «populista» Axel Kicillof. Un superior criterioso resolvió echarlo de inmediato del organismo, y está bien porque una persona que no logra curarse del virus del odio que le han inoculado no está en condiciones de ejercer un cargo público. Que sus descargas de rabia las siga evacuando en su ámbito privado.