De cómo concluir por fragmentar la sociedad

Señor Director:
Dejo de lado tantos temas que quiero abordar desde esta columna para volver, en cierto modo, a mi nota del pasado jueves sobre el momento económico, los precios, la cooperación y el comportamiento del ciudadano consumidor.
Consumidores somos todos, porque aquel “creced y multiplicaos” supone que para crecer o para vivir es necesario comer, consumir. Eso nos iguala en el nivel básico, a partir del cual se manifiestan las diferencias. No hay manera de ningunear el papel de consumidor y lo que hagamos a partir de entonces dependerá de cada uno y de las “circunstancias”, incluso podemos llegar a la decisión de negarnos como reproductores o multiplicadores de la especie. Lo que decía el jueves es que no pocos ciudadanos se muestran mayoritariamente renuentes a aceptar obligaciones en cuanto consumidores en lo que respecta a cierto control de la calidad, la necesidad y el precio de lo que consumimos. Lo mismo sucede en cuanto a las obligaciones para con la sociedad, es decir, el tejido de relaciones en el que estamos insertos y que, quieras o no, nos condiciona. En este caso, cuando por desentendernos de esa problemática y de la política esperamos tener más tiempo y espacio para realizarnos personalmente, procedemos como aquella paloma que imaginaba Kant: que si no fuera por el aire que la frena volaría más rápido y llegaría más lejos. La verdad es que el aire es lo que la sustenta y hace posible su vuelo.
He leído una referencia a un ensayo del psicólogo Yago Franco sobre el psiquismo y encontré que es pertinente lo que observa en cuanto al papel de los límites para la formación de la autoconciencia. No puedo entrar en el detalle de este tema, que parte desde el nacimiento y ve cómo el reconocimiento de los límites que los adultos interponen y comunican a la criatura van configurando el mundo en el que debe instalarse y desarrollar las capacidades que le permitirán sobrevivir y crecer. Me interesó que Franco diga haber observado que en la actualidad predomina “el ideal de no tener límites”, actitud que provoca la “fragmentación del mundo social y de los lazos entre los sujetos y el psiquismo de cada uno”. Lo que deriva Franco de esta observación es aún más inquietante. Dice: “El formateo de la psique, los límites y caminos impuestos a ésta en sus registros pulsionales e identificatorios han quedado cada vez más en manos de los medios”. Se debe entender que estos límites, al ser reconocidos y asumidos por nosotros, generan obligaciones en nuestra relación con la sociedad y con la cultura. La sociedad no es lo ajeno, algo de lo que deban ocuparse otros, sino la tarea compartida que nos hace humanos. Y dice Franco que esta voluntad de “no tener límites” ha surgido de la economía (del capitalismo, que es la forma económica predominante), entre cuyas consecuencias o efectos “podemos ver la depredación de la economía, la del medio ambiente, las guerras y genocidios”. Todo está relacionado con “el imaginario capitalista del desarrollo ilimitado de las fuerzas productivas”, para cuyo fin “el consumo debe incrementarse permanentemente, se deben crear nuevas mercaderías y también volverlas obsoletas para permitir una renovación permanente… la informática es paradigmática: apenas duran meses las innovaciones… (y que) si el sujeto percibe que consumir de ese modo es bueno y conduce a la felicidad… si consume ilimitadamente, podría llegar a la completud…”, aunque “si algo es ilimitado, nunca se llega a la completud, siempre falta algo… y se termina en un estado de insatisfacción y frustración”. Completud o completitud se dice cuando alguien supone que ha llegado, que triunfó.
La conclusión que vale para mi tema de los precios es que el comportamiento del consumidor que se enoja si le piden que controle y denuncie, está operado desde afuera a fin de inducirlo a desentenderse para avanzar hacia su ilusoria completud.
Atentamente:
Jotavé