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Del crimen pasional al femicidio

MATAR Y MORIR DE AMOR ROMANTICO

Ursula es víctima de varones (y mujeres) que responden a las órdenes del patriarcado y esa obediencia debida al orden patriarcal cuesta la vida de mujeres cada 29 horas en el país.
Victoria Santesteban *
Las Ursulas son víctimas de los novios fieles al machismo letal y de los jueces que dictan condenas de femicidios, que firman hogueras para que ardan quienes atinen a ejercer su derecho a una vida libre de violencias, quienes osen buscar un poco de paz, igualdad y justicia.
Muertes anunciadas. Una crónica más de la muerte anunciada. Úrsula (18) debía estar viva y no ser tapa de los diarios ni zócalo de los noticieros. Úrsula tenía que estar viviendo sus dieciocho años, pensar en la vida y no temer por su muerte que sabía, era inminente.
Su foto se suma al álbum desgarrador que se muestra en cada marcha. Es su cara un cachetazo más en las mejillas coloradas de las que luchan. Su femicidio es la confirmación siniestra de que el machismo sigue intacto en las mentes ciudadanas, en las policiales y judiciales, en escritorios cómodos que no toman denuncias, en los novios que compran los versos del amor romántico.

Perspectiva de Género.
No bastaron las denuncias, ni los antecedentes por violencia de género que registraba Matías Ezequiel Martínez. No bastaron las leyes, las palabras bonitas de los pactos de derechos humanos, la poesía de las declaraciones para la protección integral de las mujeres. No bastaron las comisarías de la mujer ni las capacitaciones en Ley Micaela porque el chip patriarcal continúa activado en mentes y cuerpos de funcionarios funcionales al engranaje reproductor de violencias, que condenó a Ursula a su femicidio. La ingeniería machista aceitadísima se asegura el éxito encajonando denuncias, mirando de rabillo a la víctima cansada que se acerca a una oficina montada para protegerla, conforme los papeles. Pero la protección es decorado y aquello que la ley dice queda lejos de lo que su ejecutor decide hacer.
Las víctimas denuncian a sus agresores sin garantía de que el servicio funcione de manera óptima. Revictimizadas, no irán una sola vez a la comisaría sino tantas más, pero el servicio deplorable tampoco les ofrece libro de quejas. Sobrevivir a la violencia incluye a la institucional, a cada descreimiento de un Estado que no actúa con la debida diligencia. No hay protección garantizada y las sobrevivientes deambulan por pasillos laberínticos buscando paz, con el cuerpo enclencle por los portazos y el alma cansada de no vivir.

Violencia institucional.
Ursula es víctima de varones (y mujeres) que responden a las órdenes del patriarcado y es esa obediencia debida al orden patriarcal la que cuesta la vida de mujeres cada 29 horas en Argentina. Las Ursulas son víctimas de los novios fieles al machismo letal y de los jueces que dictan condenas de femicidios, que firman hogueras para que ardan quienes atinen a ejercer su derecho a una vida libre de violencias.
Esos jueces y juezas que tendrían que haber tomado más lecciones en ley Micaela, esa policía que no quiso tomar la denuncia y que es la misma que tiene entre su personal a femicidas como Martínez, esos fiscales y fiscalas que investigan la violencia de género de la misma forma que un robo, convierten en quiméricas las promesas normativas de prevención, sanción y erradicación de la violencia de género. A la violencia de género en su faceta doméstica se le adosa la institucional y así el laberinto es perfecto para asegurar el entrampamiento kafkiano-patriarcal, con un varón impune y una mujer siempre culpable.

Amor romántico.
En tiempos no muy lejanos, el femicidio de Ursula se hubiera caratulado «crimen pasional» y la romantización de la muerte por ser mujer convertía en novela shakespieriana al noticiero. Las víctimas que deambulan por los pasadizos laberínticos hasta el cansancio y hasta la muerte, son víctimas en principio de los novios ensimismados en el mitológico amor romántico que dicta que por amor se sufre y se muere. Esos mitos que confunden al amor con otra cosa son los responsables de cada ida a la comisaría, de cada escape desesperado de un ciclo perverso que el marketing patriarcal vendió como amor. Que el amor duele, que celar y controlar son pruebas de amor, que la muerte nos separa, que hay medias naranjas y príncipes azules, que amar es poseer y disponer, que dos son uno y que morimos de amor habilitan la violencia de género como un condimento más del vínculo amoroso pues, «los que se pelean, se aman».
La espera del príncipe encantador que salve a la princesa en lo alto de la torre aleccionó las mentes desde las primeras infancias, grabando así los roles y estereotipos de género. Frente a la rudeza, valentía e independencia de ese varón que pelea contra dragones, la damisela en peligro necesita de la protección masculina, espera sentada la llegada de la media mitad que la complete y la bese sin su consentimiento.
El relato patriarcal heterónomo y monogámico del príncipe y la princesa contaba que vivían felices para siempre porque habían cumplido con total fidelidad los mandatos de masculinidad y femeneidad impuestos por la orden machista.

Vivir de Amor.
El feminismo también nos educa en amor. En el amor a nosotras, a las compañeras y la militancia. En un amor diversificado, que se cuela en todos lados y es más fuerte que cualquier engranaje oxidado que nos quiso asustar. El feminismo nos puso sororas, pateó el tablero a la jugada patriarcal siempre exitosa de querernos rivales. Superados los tiempos de enemistad declarada, se camina del brazo y miramos amorosas a quienes nos acompañan. La lucha nace de ese amor que interpela al romántico y desnuda su perversidad, que deschava la película hollywoodense de amor capitalista y denuncia al patriarcal violento que se jacta de ser amor. El feminismo nos arrulla con amor del verdadero, de ese que tiene alas y devuelve a la vida. Se lucha con amor, por amor y para amar. Por amor se vive, y vivas nos queremos. Todas las Ursulas viven en nosotras y no murieron de amor, las mató el patriarcado.

* Abogada, Magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles