miércoles, 27 octubre 2021
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Delirantes procederes y un derrumbe político

La necedad es una actitud negativa y nada recomendable en lo personal, pero trasladada esa condición al proceder de un gobernante puede ser verdaderamente catastrófica para el Estado que lo sufre. Para el caso, está el Brasil de Jair Bolsonaro, cuyos incomprensibles y delirantes procederes están llevando al país a la ruina. Aunque también asola a la nación el hecho de que uno de los principales consejeros sea un astrólogo, que el presidente reivindique y haya sido miembro de la dictadura que años atrás mortificó al país, que la política económica empuje al Brasil hacia una depresión acorde con las políticas neoliberales que sigue, que padezca homofobia e intolerancia y que su tradicional y efectiva diplomacia haya saltado por los aires ante las torpezas y groserías (todo esto entre otras lindezas), son las decisiones gubernamentales en torno a la epidemia de Covid las que resultan tan necias que, al margen de los enormes daños que ocasiona a su población, parecen encaminarlo hacia un suicidio político.
Es obligado recordar que Bolsonaro comenzó su relación con la pandemia calificándola de «gripeciña» y exageración del periodismo, negándose a usar el tapabocas y oponiéndose a las políticas de los gobernadores estaduales, que advertían la gravedad del caso y trataban de tomar las medidas pertinentes, burlándose de las vacunas rusa y china «por su origen ideológico». También se amparaba en su símil estadounidense, de quien se declaraba admirador y acompañante en su política internacional. Para colmo, se reveló partidario, promotor y consumidor de un remedio que la comunidad médica internacional califica como negativo para el tratamiento del Covid, además con serios efectos perniciosos.
Pero la realidad comenzó a darle cachetazos a su postura. Ejemplos fueron la fulmínea expansión de la enfermedad en los estados amazónicos, el abandono sufrido por parte de la prensa que lo había apoyado inicialmente, la insólita falta de féretros y de lugar para los sepelios en algunas necrópolis, el derrumbe de la sedicente estructura política que lo llevó al poder y hasta la necesidad de aceptar socorros de la odiada Venezuela. Esos y muchos otros factores lo llevaron al desprestigio y la desorientación. Para más, su obcecación lo hizo insistir en dejar la salud pública en manos de militares quienes, por cierto, no saben demasiado del rubro.
En las últimas semanas la soberbia de la que siempre hizo gala Bolsonaro ha debido expresarse con tono más bajo, e incluso ceder a la creación de lo que, aunque con otro nombre, es un comité de crisis, para colmo surgido en el peor momento de la pandemia que sacude al país. Para más, ya han aparecido muy concurridos cacerolazos que piden su alejamiento del gobierno. El grito de «fora bolsonaro» resonó en las mayores ciudades del país y su posible reelección resulta algo muy semejante a una utopía.
En consecuencia, los resultados de tanta necedad son terroríficos: Brasil ha superado el medio millón de contagiados. Desde el inicio de la pandemia, contabiliza más de 12 millones de casos, con una cifra de más de 300 mil defunciones, que crecen rápidamente. Y su promedio diario de muertes es de más de tres mil. ¿Algo peor?: los infectólogos y estadísticos del país hacen una estimación seria de que hacia mediados o fines de abril ese aterrador promedio alcanzará los cinco mil decesos.