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Demasiadas películas

DOMINICALES

Alguien dijo alguna vez -en una frase tan hermosa como incomprobable- que la vida imita al arte. Pero en el oficio periodístico se sabe bien que hay que desconfiar de esas líneas de interpretación, que nos llevarían a comparar los hechos contemporáneos con alguna película, o a titular una noticia con el nombre de una novela. Dicho esto, y como dijo Oscar Wilde, la única forma de vencer una tentación es cayendo en ella.

Alta en el cielo.
Todos asistimos azorados al levantamiento protagonizado por efectivos de la policía bonaerense, que llegaron incluso a rodear, con los patrulleros y armas propiedad del Estado, la residencia presidencial de Olivos. Si no fuera por la seriedad del episodio -que evocó a rebeliones policiales que casi tumban a Rafael Correa en Ecuador, y que tumbaron a Evo Morales en Bolivia-, la ridiculez de algunos de esos manifestantes hubiera servido para recordar aquella comedia italiana, «La Armada Brancaleone».
El punto alto -en todo sentido- del episodio, lo protagonizó un tal Aldo Pagano, quien eligió un singular método de protesta: subirse varios metros trepando a una antena de telecomunicaciones, desde donde amenazó con tirarse y quitarse la vida, mientras su hija y su madre lloraban desde el suelo. La escena, casualmente coincidente con la presencia de móviles de TV en el lugar, bien podría recordar al momento bíblico de la pasión, tan bien retratado en «Jesús de Nazareth».
Pero como el hombre finalmente desistió -respetando los tiempos televisivos, a las 11:58- la tragedia viró en comedia, y la película evocada pasó a ser «Amarcord» de Federico Fellini. Más concretamente, la escena en que un tío del protagonista, algo enajenado, se sube a un árbol, para alarma de la familia, al grito reiterado de «¡Quiero una mujer!». El orate resiste en su atalaya varias horas, agrediendo a pedradas a quienes intentan hacerlo descender, hasta que una menuda monjita, con dos gritos, consigue hacerlo bajar, mansito.
Fellini no era muy dado al psicoanálisis, pero cuánta tragedia se evitaría si a alguna gente la mimaran más seguido.

Superman.
El salto a la fama del agente Pagano -con su nombre de payador pampeano- permitió conocer detalles de su particular historia. El hombre había sido exonerado de la policía bonaerense, aparentemente por incurrir en el «cuentapropismo» non sancto al que, se dice, son tan amigos esos uniformados de magros salarios. Su militancia en el PRO le permitió luego reingresar a la fuerza, de la mano de la anterior gobernadora, quien cual «Mary Poppins», le devolvió el uniforme, mas no la cordura.
Pero mal que le pese a don Pagano, el nombre que más sonó por estos días fue el de un tal Berni, o «Super Berni», como rezan los spots publicitarios que lo promocionan como candidato a no se sabe qué. Berni (no confundir con Barney, un dinosaurio de dibujos animados, que tampoco se hizo presente en este conflicto) cultiva un aspecto duro, a la John Travolta. Pero no el Travolta glamoroso de «Fiebre del sábado a la noche» sino el más decadente y gordinflón de «Pulp Fiction».
Se ve que sus superpoderes no incluyen la clarividencia, por cuanto, pese a su cargo de ministro provincial de Seguridad, que teóricamente lo pone al frente de estos uniformados revoltosos, no previó, ni supo cómo manejar el conflicto, que finalmente debió ser resuelto con una intervención providencial del presidente de la Nación. Así que más que «Superman», su película se pareció a «¿Y dónde está el piloto?».

Todos tus muertos.
Como quiera, el espectáculo de la rebelión policial sirvió, una vez más, para promover el desfile televisivo extasiado de periodistas y políticos opositores, muy republicanos ellos, pero con los colmillos de «Drácula» babeando ante la posibilidad de esmerilar al gobierno constitucional.
En sus desfiles «anticuarentena» recuerdan un poco a la fiesta del Día de los Muertos en México, tan bien evocada en la película «Coco». Desafían al virus, se contagian, y no mueren. Será ineficiencia del bicho, o acaso sea de paladar fino. O probablemente lo que ocurra es que estos personajes de terror ya están finados de antes, como los zombies de «Walking Dead», y caminan entre nosotros al sólo efecto de asustarnos un poco.
Al cabo que este grupete, tan parecido a «La familia Adams», y que no por nada tiene una Morticia como matrona, terminó perdiendo un puntito de coparticipación en su distrito más amado, la llamada Reina del Plata. El intendente capitalino, tan curiosamente parecido a «Largo», el mayordomo de los Adams, quedó pintado con su pelada y sus ojeras, y una lágrima de frustración cayéndole por la mejilla hacia su sempiterna sonrisa. Cualquier parecido con «Guasón», es pura coincidencia.

PETRONIO