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Demasiado importante

DOMINICALES

Allá por abril/mayo de 2020, al comienzo de la pandemia, los expertos de todo el mundo cometieron un error: enviaron a la población el mensaje de que las máscaras faciales (todavía no nos ponemos de acuerdo si llamarlas «barbijos» o «tapabocas») no eran efectivas para la prevención del contagio. Las razones eran altruistas: se temía que la gente se abalanzara a comprar (y agotar) esos insumos médicos, que resultan imprescindibles para que el personal de salud cumpla con su trabajo en condiciones de seguridad.

Dudas.

Pero vista desde hoy, aquella decisión fue equivocada. Los estudios han probado con creces que el uso de máscaras reduce sustancialmente el riesgo de contagio. Y en cuanto a la disponibilidad, resulta claro que el mundo se las ingenió para fabricar ese artículo -entonces raro y marginal- en cantidades industriales. Hasta se esmeraron en dotarlo de diseños personalizados.
Sin embargo, aquel traspié inicial sirvió para promover la desconfianza en los titubeantes expertos médicos, y de paso, para fogonear las teorías negacionistas de la pandemia, para las cuales el simple tapabocas pasó a ser un fetiche del mal, un objeto cargado de connotaciones políticas.
Es cierto, el barbijo es incómodo física y psicológicamente. Nos quita identidad, nos obliga a limitar nuestras sensaciones olfativas, y para los que usamos anteojos, el vapor que los empaña constantemente es una tortura. Pero la verdad es que ese simple método de protección salva vidas. Y eso debería ser lo más importante, y el encabezado invariable de todos los mensajes al respecto.

Otra vez.

Lamentablemente parece ser que los expertos están volviendo a cometer el mismo error ahora que -en lo que constituye una proeza científica, y aún pese al inmoral acaparamiento que ejercen los países centrales- está comenzando a haber disponibilidad de vacunas contra el Covid-19.
Cuando se habla de vacunas, los mensajes son también confusos: que ninguna vacuna es 100% efectiva, que una persona vacunada puede igualmente transmitir el virus, que aún con vacunas no deberemos modificar nuestra conducta de aislamiento social en el corto y mediano plazo… y nos olvidamos de decir lo central: que la mayoría de las vacunas han demostrado ser 100% efectivas contra la infección grave, y que por ende salvarán la vida de los inoculados, y en un plazo razonable, provocarán la cacareada «inmunidad del rebaño».
En el caso argentino, que de momento sólo cuenta con la vacuna Sputnik-V, ese debate estéril y confuso no sólo aparece animado por los conspiranóicos o los oportunistas políticos de turno -llegando incluso al delirio de pregonar que la vacuna puede modificar la ideología del vacunado- sino también por las condiciones en que la misma fue adquirida. En efecto, el laboratorio titular de esa patente impuso a las autoridades argentinas una «cláusula de confidencialidad» con relación a las pruebas que respaldan el fármaco, en aparente protección contra una eventual piratería industrial. Las autoridades de ANMAT, no obstante, tuvieron acceso pleno a esa información, y fue por ello que aprobaron la vacuna. Pero ¿para qué sembrar esa desconfianza innecesaria y perniciosa?

El doctor.

Lo que subyace en estos claros errores de comunicación es la aparente convicción, por parte de los expertos, de que el público no merece -o no está en condiciones de- acceder a toda la información sobre estos dispositivos médicos. Algo así como cuando, hasta no hace mucho tiempo, se le ocultaba al paciente el diagnóstico de una enfermedad grave como el cáncer. O, más lejos hacia atrás, aquellos piadosos telegramas que para convocar a los parientes de un finado, usaban algún eufemismo del tipo «papá grave».

Esta actitud paternalista está en el corazón del llamado «modelo médico hegemónico», que entroniza a los galenos casi como amos y señores de la vida y la muerte, y los autorizaría a administrar la información -incluso al uso de la mentira- porque el resto de los mortales no estaríamos en condiciones de digerirla.
Si algo debiera enseñar esta pandemia a algunos profesionales de la salud, es un poco de humildad. Ya que evidentemente, una amenaza sanitaria de esta magnitud no puede combatirse sin el concurso de la mayor cantidad posible de ciudadanos responsables. Y si se les miente o se les oculta información, esos mismos ciudadanos estarán en su derecho de desconfiar, y de buscar otras fuentes que no siempre serán certeras o desinteresadas.
Un viejo adagio sostenía que la guerra era algo demasiado importante como para dejarla sólo en manos de los militares. Con alguna licencia podría decirse lo mismo respecto de la pandemia y los médicos. Al menos, en cuanto a un aspecto central, que es el de la comunicación, herramienta sin la cual estaremos en notoria desventaja en la lucha contra el virus.

PETRONIO