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Descubren nuevos «daños colaterales»

Existe evidencia cada vez más abundante de que la pérdida del sentido del olfato -en términos científicos, anosmia- podría ser un síntoma de haber contraído el coronavirus. Es más, en los casos detectados suele aparecer como único síntoma -especialmente entre personas jóvenes- sin que se manifiesten los otros indicios como tos, fiebre o dificultad respiratoria.
Durante el primer mes de la pandemia, llamó la atención en distintos países asiáticos la aparición frecuente de contagios entre médicos otorrinolaringólogos, tras haber atendido a pacientes que manifestaban haber perdido el olfato, cuya condición, por no aparecer vinculada al virus, no había podido ser diagnosticada. Pero habrían estado infectados, de allí el contagio de sus médicos tratantes.
Este dato, que todavía ha tenido poca difusión entre nosotros, no debería ser dejado de lado a la hora de activar las alarmas sanitarias.
Es demasiado temprano para saber si este daño del virus al sentido del olfato es permanente o sólo temporario. Algunos pacientes manifestaron haber tenido breves recuperaciones en su capacidad de oler y también en el sentido del gusto, ya que ambas funciones están íntimamente relacionadas.
Las implicancias son varias. Por un lado, este síntoma aportaría un nuevo indicio para diagnosticar la presencia del virus, por lo que ayudaría a los profesionales de la salud en su tarea. Por otra parte, se estaría revelando así que el Covid-19 no sólo ataca al aparato respiratorio, como se creía hasta aquí, sino también al sistema nervioso.
Curiosamente, una recomendable película británica de 2011 («Perfect sense», protagonizada por Eva Green) especulaba con la posibilidad de una pandemia que produjera esos efectos.
La pérdida del olfato no es un daño para desdeñar. Perder la capacidad de olfatear o gustar compromete el apetito del individuo, y bien es sabido que el alimento no sólo es fuente de energía, sino que también deviene una metáfora de la relación entre el ser humano y el mundo que lo circunda -patologías alimentarias como la anorexia o la bulimia son testimonio de ello-. Comer sin degustar, refieren quienes lo padecen, puede transformarse en una experiencia muy poco placentera.
El olfato es, además, el más «afectivo» de los sentidos, al punto de evocar, con una eficacia única, los recuerdos más vívidos y los más asociados con el mundo de las emociones. De modo tal que este virus no sólo comprometería la capacidad humana de respirar, sino también la de alimentarse, y podría minar seriamente la afectividad del individuo afectado.
Estos nuevos hallazgos sobre los «daños colaterales» que estaría provocando la nueva variedad de coronavirus que desde China se expandió a casi todo el planeta y puso en vilo a la sociedad humana, nos coloca ante el difícil trance de admitir que estamos muy lejos todavía de comprender todos los mecanismos que gobiernan su comportamiento y sus implicancias para la salud humana. Por tales razones las expectativas están puestas en la veintena de centros biotecnológicos que en todo el planeta trabajan a paso redoblado en la búsqueda de una vacuna que nos inmunice contra esta nueva plaga que tanto nos cambió la vida en tan poco tiempo.