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Desprecio y engaño

La sanción impuesta a los oficiales de la Marina de Guerra que se vieron inmiscuidos en el turbio y lamentable asunto del submarino ARA San Juan, con sus 44 muertos, fue un hecho que sacudió a una opinión pública no acostumbrada a que los militares reconozcan sus errores y/o sus culpas. La destitución del jefe de submarinos junto con el duro arresto que se impuso al jefe de la Armada (más otras sanciones a funcionarios castrenses de menor jerarquía) fueron un acontecimiento de relieve en el quehacer gubernamental, máxime que fue el resultado de un Consejo de Guerra subordinado a la autoridad civil.
Por cierto que hubo protestas de los familiares de los náufragos en cuanto a lo que estimaron levedad de las penas, pero es un hecho que a la máxima autoridad de la Armada, después de cumplir un arresto de cuarenta y cinco días en aislamiento y, a su término, responder ante la justicia civil de Comodoro Rivadavia, no le quedará otra salida que pedir la baja.
El texto de los cargos formulados a los marinos es definitivo, y hasta cierto punto incomprensible en la desaprensión de las faltas cometidas, máxime para con una nave comprobadamente con serios y riesgosos deterioros. Más allá de la circunstancia castrense, no se puede entender cómo fue posible que quienes -presuntamente- viven en un rígido cumplimiento del deber como una forma de existencia, pudieron caer en un accionar que evidencia no solamente su desinterés por la grave situación que llevó al trágico hundimiento del submarino sino también al desprecio y engaño por la situación de los familiares, que todavía piden justicia aduciendo el viejo adagio de que «no están todos los que son…»

Un desafío perdido
Un hecho notable de la semana que pasó fue la presentación del libro «Primer tiempo» escrito -es un decir- por el ex presidente Mauricio Macri, una suerte de racconto muy personal de lo que fue su gobierno, recordando tirrias y olvidando errores. Pese a la gran promoción y organización que tuvo, al acto concurrieron algo más de seiscientas personas (acólitos, obviamente), buena parte de las cuales fueron miembros de sus gabinetes, y funcionarios de menor rango que lo acompañaron en su gobierno. Resultó un secreto a voces que, en realidad, la obra había sido escrita por un par de adláteres de Macri que, para fundamentar y desarrollar el libro tuvieron largas charlas con él.
Sin embargo y más allá del hecho, digamos, literario, la presentación del libro operó a dos puntas: por un lado el tratar de recuperar protagonismo por parte del ex presidente pero por otro fue un modo nada sutil de decir «aquí estoy yo» al grupo de conmilitones que ambicionan un mejor posicionamiento político en las próximas elecciones y que también apuestan al desgaste macrista para aspirar a una candidatura presidencial en la que lo harían a un lado sin contemplaciones. Quizás tampoco sería desacertado pensar el escrito como una suerte de desafío a la detestada Cristina, desafío perdido desde el vamos en cuanto a forma y fondo.
La presentación de libro y su contenido avalaron la contumacia y el autoelogio macrista para con el descalabro económico y social que dejara un país en ruinas; prácticamente no admitió de su parte error alguno en su gobierno y lo que no fue obra de la fatalidad corrió por cuenta de colaboradores incapaces, por más que hubieran integrado «el mejor equipo de gobierno de los últimos cincuenta años».
Uno de esas faltas, indudablemente, fue equivocar el año de fallecimiento de su padre, error inadvertido en la redacción y la composición gráfica del libro.