Desprestigiar lo político arriesga a la democracia

Señor Director:
Todo indica que el curso de la economía, cuando ya se cumple un tercio del año en curso, inquieta al gobierno nacional y crea un incentivo peligroso, pues no solamente ya ha perdido eficacia el argumento de “la pesada herencia” sino que trascienden expresiones críticas o de desaliento desde el sector propio, es decir, de parte de quienes se reconocen como partidarios del “cambio”.
Tomo en cuenta para decir lo anterior el hecho de que algunos economistas ortodoxos y partidarios del cambio prometido han creído necesario dar cuenta pública de sus dudas y sus críticas. Es el caso de Miguel Ángel Broda, quien no solamente acaba de decir que hay que rectificar el programa ya que pone en duda o niega rotundamente que los funcionarios elegidos sean competentes. También ha dicho que el gobierno se ha obnubilado por el temor de perder las elecciones del 22 de octubre próximo, en cuyo caso quedaría en posición muy desfavorable en el poder legislativo para la segunda mitad de su mandato.
A su vez, el Fondo Monetario Internacional (FMI), sin dejar de expresar confianza en nuestro gobierno, ha corregido por segunda vez en el año sus estimaciones sobre el crecimiento probable de la economía argentina, al tiempo que ha elevado su pronóstico sobre el nivel de inflación con que cerraría el año en curso. El informe que acaba de producir el FMI prevé una inflación del 21,6 por ciento contra el 17% del gobierno y un crecimiento económico anual del 2,2 por ciento, contra el 3,5% del gobierno. Las estimaciones no oficiales que se hacen habitualmente en el país (congreso, CABA y en universidades, entre otras) discrepan también con las oficiales.
En medio de este proceso, que se desarrolla en el ámbito informativo, lo más preocupante es la tendencia a desprestigiar al Estado como institución, a partir de la idea de que todo lo que pueda hacer la actividad privada es menos oneroso para la población. Al mismo tiempo, se repiten descalificaciones de la política y se ha podido escuchar que el presidente habla de que la administración pública debe dejar de ser un “aguantadero de la política”, lo que supone decir no solo que eso forma parte de la “pesada herencia”, sino que se ha prolongado en quienes proponían liderar un cambio.
Pienso que lo más inquietante es esto último no porque crea que el Estado en todos sus aspectos actuales sea lo ideal o lo insuperable. Decirlo así al tiempo que se repiten expresiones sobre la corrupción imperante en la administración pública es la manera de preparar el camino para interrumpir el proceso de democratización, ya de por sí sobradamente exigente y de realización más ideal que efectiva hasta nuestros días. Quienes siguen el acontecer mundial buscando en él las claves para entender qué sucede en su nación, creen ver (y esa es mi impresión) que lo que hay de verdad es un predominio de los factores económicos y de su complemento militar y armamentista sobre las instituciones democráticas, principalmente en los países líderes. Y en los actuales procesos electorales de Europa se asiste a la disolución de hecho de los grandes partidos tradicionales, corroborando que ya son más bien una ficción de una etapa democrática que estaría concluyendo.
En cuanto a la corrupción es, ciertamente, un factor deletéreo que contribuye a acentuar el desánimo, pero creer que existe principalmente en el Estado y en todos sus niveles es cerrar los ojos a una realidad inocultable: que la honestidad dista de ser el paradigma en el ámbito privado cuando las defecciones éticas de quienes tienen el poder del dinero y que evaden impuestos y ocultan sus fortunas en paraísos artificiales castigan más dolorosamente al conjunto de la población, la cual debe acudir en su ayuda cuando viven contingencias como las que se suceden desde 2008, pues acude a sostener bancos y respaldar empresas con el producto del trabajo social.
Atentamente:
Jotavé