Inicio Opinion Después de tanto posibilismo, un poco de ofensiva vendría bien

Después de tanto posibilismo, un poco de ofensiva vendría bien

LA SEMANA POLÍTICA

En el año transcurrido de gobierno de la dupla Fernández, se impuso como marca el posibilismo. La llamada «correlación de fuerzas» no permitiría tomar medidas de fondo. En 2021 vendría bien un poco de ofensiva.

SERGIO ORTIZ

El posibilismo es el mal principal de la política local y durante 2020 se impuso como marca mayor. No se puede siquiera soñar con cambios importantes de la economía, la justicia, los medios, la política, la Constitución y tampoco con leyes o decretos que mejoren la vida de la población.
Pensar en soluciones de fondo, por ejemplo, aunque sean tan legales y terráqueas como auditar la ilegal deuda externa, era visto como propio de marcianos o setentistas, en referencia a la época en que una generación de militantes luchó por el poder y perdieron la vida 30.000 de ellos, ellas y diverses.
Se fue imponiendo otra concepción, muy retardada y burguesa de la política como el mero arte de lo posible. Y peor aún, el posibilismo, que sería lo posible reducido a su máxima expresión.
Es cierto que en esos años ’70 se cometieron errores de aventurerismo, putchismo y voluntarismo, que incidieron para que el terrorismo de Estado y sus socios políticos y empresarios vencieran rezumando sangre por todos nuestros poros. Se sabe que en esos errores infantiles no hay que volver a incurrir.
El problema es que pasó medio siglo y la política argentina renguea por derecha. Se recuesta en la pierna derecha, para decirlo en términos futbolísticos. Y en el fútbol bien jugado hay que usar ambas. El 10 basó su magia básicamente en la zurda, en la cancha y subir a escenarios políticos.
¿Por qué esta introducción? Porque después de lo visto en otros gobiernos peronistas y radicales, y también en lo actuado por los Fernández en 2020, parece llegado el momento de dar un volantazo hacia la izquierda, lo nacional y popular, el antiimperialismo. En síntesis, hacia un programa de gobierno que en su letra y su cometido recupere una serie de ideales patrióticos y hasta revolucionarios. Por caso, un impuesto permanente a las grandes fortunas con una alícuota de al menos el 5 por ciento anual.
Recuperar esa senda morenista y sanmartiniana no será posible sino se da antes y en simultáneo la lucha política, cultural e ideológica, para romper ese balance liquidacionista de lo que fue la década del ’70. El aniquilamiento físico que hicieron los genocidas de uniforme se completó con la visión de tantos políticos democrático-burgueses de que aquello fue una locura. Lo sensato y único posible es moverse dentro del sistema político respetando las correlaciones de fuerza y los favores de empresarios amigos. Si se hace otra cosa, sería el mensaje, nos volverán a llevar vivos a la ESMA y de allí nos tirarán al mar. Y seremos 300.000.

Pañuelos verdes.

Ese razonamiento está en la base de estos casi 40 años de democracia limitada. Se dirá que en ese lapso hubo avances, como que esta semana el movimiento de mujeres pudo festejar la promulgación de la ley de interrupción voluntaria del embarazo.
La victoria del pañuelo verde puede verse en línea con lo que se plantea en esta Semana Política. Fue una lucha heroica, comenzada en soledad hace décadas por mujeres que jugaron un rol de vanguardia (si les habrán dicho «iluminadas» o «vanguardias extraviadas» los hombres y mujeres que usaban el sensatézmetro).
Una y otra vez perdieron en el intento; dejaban jirones de vida alejándose de sus familias e hijos para estar en ese movimiento social. Quizás la peor derrota fue la de 2018, cuando se habían ilusionado con la media sanción en Diputados. Volvieron a la carga, con muchas cosas en contra, la Iglesia en la vereda del frente y un Papa argento antiaborto.
Las del pañuelo verde no rebajaron su programa. No dijeron, «bueno, en vez de las 12 semanas aceptamos un aborto en las primeras 4; está bien que nos cobren por abortar, pero queremos un descuento del 50 por ciento y si es en efectivo del 60. Y si es fruto de una violación, queremos que nos dejen abortar hasta la semana 6 y que el precio del aborto tenga un descuento mayor».
No. La victoria del movimiento de mujeres tiene un sentido «setentista», aún cuando la mayoría de sus integrantes no había nacido en ese tiempo. Otras sí, que peinan canas o en las fotos se las ve encorvadas por el paso del tiempo, que no les arrugó sus ideas de juventud.

El maíz es ajeno.

En vez de tener en cuenta esa historia, la política gubernamental sigue caracterizada por los retrocesos a la hora de tomar alguna medida contra algún monopolio. El síndrome Vicentín afecta a Alberto Fernández y sus ministros.
En la semana el recule lo pegó el ministro de Agricultura, Luis Basterra, frente a la Mesa de Enlace Rural (léase sojera aunque el grano era maíz). Hace diez días el gobierno anunció que los restos de la cosecha de maíz no podrían ser exportados hasta el 1 de marzo, para privilegiar el mercado interno y contener precios, de impacto en alimentos.
Quedaban entre 4,8 y 8 millones de toneladas de ese grano hasta que en marzo se produjera el empalme con la cosecha 2020-2021. Los grandes productores y exportadores no aceptaron esa limitación temporal. Ellos quieren exportar lo que quieran y cuando quieran, y sobre todo, que los dólares de esas ventas queden en su poder, dentro o fuera del país, el tiempo que deseen. Si esas operaciones producen falta de oferta al mercado interno y hay suba de precios en alimentos, no sería asunto suyo. Que se arreglen los políticos, dicen, cuando gobiernan los que no son de su estricto palo, como ahora (cuando gobernaba Mauricio Macri y era ministro Luis M. Etchevehere, era otra cosa).
La Mesa de Enlace organizó un lock out patronal de tres días y lo cumplió pese a que el ministro se reunió con representantes de Bolsas de Cereales y Cámaras de Aceiteros, del Complejo Agroindustrial «Argentino» (CAA), y terminó dando marcha atrás.
Ganaron por knock out las corporaciones oligárquicas y exportadoras, que podrán exportar y al precio que quieran. Los argentinos verán subir los precios de alimentos, con más inflación, y el gobierno verá pocos dólares de ahí.
El posibilismo a full, pero sigue igual la desigualdad que retrataba don Ata: «las penas son de nosotros, las vaquitas (y el maíz) son ajenas».

¿Amigos o enemigos?

La confusión del presidente AF es total en un tema básico: ¿quiénes son amigos y quiénes enemigos?
Cuando recibió al CEO de Ford dijo que la automotriz sería la «nave insignia de la industria argentina». Ahora insistió por ese camino pro-multinacionales al eliminar retenciones a automotrices que exporten más que en 2020.
Los monopolios agroindustriales, del CAA, están negociando un esquema de bajas retenciones por diez años que les permitiría quedarse con más ganancias. Encima las commodities vienen aumentando de precios y la tonelada de soja ya muerde los 500 dólares. Sólo en ese sentido fue que Fernanda Vallejos habló de la «maldición de exportar alimentos» y Clarín la quiso matar políticamente.
A la «Patria Financiera» no se le oye ni un módico reclamo contra el gobierno. La razón es evidente. De la promesa albertista de que se iba a terminar el curro de las Leliq se pasó al pago mensual de 53.000 millones de pesos a los bancos por dichas letras.
Mientras tanto la economía deja a la intemperie a millones de compatriotas. Entre febrero y octubre de 2020, en el gobierno actual, perdieron su empleo 187.000 trabajadores registrados. Los medios oficialistas, para disimular un poco esa herida, acotaron que en octubre de 2020 se crearon 2.700 empleos. O sea, una gota en el océano. Y luego debieron admitir que la mayoría de esos nuevos puestos eran de monotributistas…
Con aquellas patronales monopólicas, nacionales y extranjeras, el gobierno sigue apostando a la unidad y colaboración. Les sigue hablando al corazón y poniendo más plata en sus bolsillos. Los invitará a participar del Consejo Económico Social, que lleva un año de demora. Tendrán una presencia hegemónica allí, en tanto los empresarios Pyme, cooperativas, la Corriente Federal de Trabajadores, CTA y el moyanismo, con suerte, tendrá pocas invitaciones y una presencia menos que simbólica.
Una cosa es la unidad nacional antimonopólica. Y otra es la unidad con los monopolios, bajo su hegemonía o casi. Si hiciera falta otra prueba de que eso no funciona, está la inflación de 2020: 36,1 por ciento. Y pinta peor para este año. ¿Se exhortará otra vez a los lobos a que cuiden el rebaño? ¿O el Estado impondrá severos controles propios y sociales, con penas muy altas y expropiación de los empresarios abusivos?
Los flojos y posibilistas dirán que eso es setentista, pero la inflación es un drama y hay que darle solución: patriótica, jacobina o setentista, como se la quiera llamar. No es asunto de blandengues.
La opción Patria o sumisión se vio el sábado en Jujuy (también en CABA frente a la Corte Suprema, «basurero de la democracia»). Miles de humildes tupaqueros se movilizaron por la libertad de Milagro Sala y demás presos políticos. El posibilismo agacha la cabeza y dice en voz baja que se espere más tiempo. El sentido común, no ya el revolucionario, dice que eso sería una rendición y hay que pelear por indulto o amnistía. Preso debería estar quien en cuatro años de presidente acumuló 144 causas en su contra.