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Deuda externa: la pelea de Fondo

Primero llegaron las fotos con las sonrisas, los gestos de amabilidad, y ahora aparecen las rispideces verbales, los diálogos no tan amigables. La gestualidad de la alta política está muy contaminada por la diplomacia, de ahí que tenga altas dosis de hipocresía. El de la deuda externa es un asunto serio, que involucra demasiado dinero. El voluntarismo o las apelaciones a la «comprensión» están bien para las cámaras y los micrófonos, y es entendible que las máximas autoridades de un país endeudado hasta el cuello deban cumplir con las reglas palaciegas de la cortesía. Especialmente si del otro lado están dos peso pesados: el temible FMI y los fondos de inversión que manejan capitales varias veces superiores al PBI de nuestro país.
El asunto es cómo se decodifica esta escenografía. Los argentinos tenemos mucho visto -y sufrido- en la materia. Cada uno de los tres ciclos neoliberales que padecimos, sin excepción, endeudaron al Estado hasta la coronilla. La dictadura 1976/83, la década de Menem-De la Rúa y el macrismo cumplieron tan dócilmente con el dogma que nos terminaron enseñando, no sin dolor, que neoliberalismo es sinónimo de endeudamiento. Y que cada vez que se retira un gobierno neoliberal, le toca al que le sigue pagar la fiesta.
A esta altura, el que todavía no haya aprendido que la deuda externa no es solo un problema económico sino, y por encima de todas las cosas, un instrumento para vulnerar la soberanía de los países periféricos es porque ni siquiera aprobó la escuela primaria de la política. «Hay dos formas de conquistar y esclavizar una nación. Una es la espada, la otra es la deuda». Esta frase no fue pronunciada por Fidel Castro, Lenin o Mao sino por John Adams, presidente de Estados Unidos entre 1797 y 1801.
Queda claro entonces por qué los gobernantes que desendeudan a sus países son tan atacados por la cofradía de los poderosos y su prensa adicta. Evo Morales cometió ese pecado y lo pagó caro. Entre nosotros, algo parecido le sucedió al kirchnerismo que, encima, se atrevió a enfrentar a los fondos buitre, los mayores carroñeros de las finanzas globales.
Volviendo al aquí y ahora, Alberto Fernández tiene ante sí el mismo desafío que debió enfrentar Alfonsín (después de la dictadura) y Néstor y Cristina Kirchner (después del menemodelarruismo). Ambos casos deberían servir de experiencia para saber qué camino tomar. Sus respectivos finales -tan diferentes- no dejan mucho margen para la duda.
Ahora bien, hoy resulta patético escuchar a los responsables de atar el país a la cruz del FMI acusar al gobierno de «no tener un plan» cuando todavía no se sabe cómo concluirá la batalla. Esta será la pelea de fondo de este gobierno y de su resultado dependerá el futuro del país. El ministro de Economía expresó en el Congreso que el pago de la deuda no se hará a expensas del bienestar de los argentinos y la vicepresidenta se manifestó en favor de investigarla. Tales irreverencias provocaron el enojo de la prensa de derecha, siempre lista para defender al poder económico local o extranjero.
En estas cumbres borrascosas, y volviendo al comienzo, de poco valen las sonrisas de ocasión. El choque de intereses es demasiado violento.