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Diego Maradona y una charla de café

PUNTO DE VISTA

JOSE VERDUN
En una charla de café, años atrás, uno de los concurrentes, con lucidez y perspectiva dejó esta reflexión: «el nuestro es un país atípico, especialmente por su jerarquía humana y sin desmedro del resto de los latinoamericanos -y acaso para desconcierto del resto del mundo- cada tanto produce figuras excepcionales, a nivel mundial cada uno en lo suyo, y sin tener en cuenta detalles que hacen a su trayectoria o a su personalidad. Y para muestra allí están Fangio, Gardel, Perón, Favaloro, Borges, el Che Guevara, Maradona…». Fue una afirmación fundada y por cierto que difícil de refutar.
El martes se ha ido para siempre el último de los nombrados que quedaba vivo, tal vez el de mayor trascendencia en razón de la época y los medios de comunicación con los que convivió y las circunstancias que debió afrontar. No es novedad que a poco que se amplía la mirada sobre «El Diego» o «El 10», como si fuera el único de ese nombre e identificación en la cancha, aparecen otros Maradona sorprendentes en una conducta sociopolítica que los medios masivos de comunicación se han cuidado de no destacar, claramente identificado con las clases más humildes de las que salió y de las que no renegó nunca. Al respecto es antológica aquella frase suya: «Yo me crié en un barrio privado… Privado de agua, de luz, de cloacas».
El Diego que según Eduardo Galeano, tan agudo en sus observaciones sobre la realidad del continente, fue portador de la alegría y la felicidad de la gente simple, pobre, sin miedo de criticar a los poderosos y con una cabal conciencia del mundo del neocapitalismo. La admiración con el escritor uruguayo era mutua; cuando murió Galeano Maradona le dedicó estas muy sentidas palabras: «Gracias por luchar como un 5 en la mitad de la cancha y por meterles goles a los poderosos como un 10. Gracias por entenderme, también. Gracias, Eduardo Galeano: en el equipo hacen falta muchos como vos. Te voy a extrañar». El escritor al igual que las multitudes de todo el mundo lo veneraba por sus dos goles más famosos: el gol del artista, bordado por las diabluras de sus piernas. También, y quizá más, el gol del ladrón, que su mano robó; aquel que devolvió la alegría y ofició como revancha ante un país estragado por la Guerra de Malvinas y la dictadura.
Acaso esas genialidades irrespetuosas hubieran pasado simplemente como glorias futboleras, pero las palabras y las actitudes del autor fue algo que el establishment no pudo tragar: sus cordiales entrevistas con Fidel Castro y las estadías en Cuba; su confesa admiración por Ernesto Guevara, sus abrazos con Hugo Chávez y la crítica tribunera a la no nacida Asociación Latinoamericana de Libre Comercio (ALCA, que sintetizó en un «al carajo con ella»), su intención de clarificar y agremiar el fútbol, tocando los intereses poco honestos de los capitostes de la FIFA… Esas clases dirigentes aferradas al poder, con el apoyo de los grandes medios, en cuanto pudieron se la hicieron pagar a quien se había atrevido a una crítica raigal que implicaba desafíos.
Para el final pero no menos significativo, su abierto rechazo al macrismo que, por boca de su jefe intentó arrogarse una destitución futbolística que no fue tal; con palabras que implicaban un desprecio manifiesto le recordó a Macri su incompetencia social y política recordándole que usaba la palabra fango para designar el barro de los barrios, aquellos que Maradona transitó en su niñez. Más lapidario fueron aquellas palabras, refrendado por un voseo, que des jerarquizaba al millonario fracasado como político: «por ma´s bombas de humo que tires, vos sabe´s que tus decisiones le cagaron la vida a las próximas dos generaciones de argentinos. Hacete cargo, querido. Ya lo dijo tu padre».