Dilema que generan los jefes de estado que son dictadores

Con los dictadores pasa algo singular: su retrato registra variaciones sustanciales según sea el lado del que se los mire.
No me refiero al adelante o atrás o a los costados del cuerpo del dictador, sino a la posición del que mira y juzga. Y cuando digo posición del que juzga no me refiero a su ubicación espacial sino, más bien, a sus expectativas y deseos, cuando no su ideología. Aunque sobre ideologías habría que conversar largo, puesto que no se trata tanto de ideas como preferencias asumidas sin crítica.
Días atrás leí que los dictadores son siempre feos, con cara de malos y que hacen cosas tremendas, según la descripción que realizan de ellos en un centro de poder económico-militar antes de bombardearlos. Antes de tales bombas puede haber habido eso que llaman maridajes, ocultos o visibles. Por ejemplo, en nuestra latitud puede recordarse el caso del chileno Pinochet, muy bien visto por la potencia norteña, para la cual, en cambio, el retrato del presidente Allende era la de un tipo más bien feo y de la peor entraña.
El caso del libio Khadafy es emblemático. Gobernó dictatorialmente su país durante muchos años, sin problemas (para occidente) durante gran parte de ese período. Muamar K. comenzó a ser visto de visita en capitales europeas, adonde llevaba su propia tienda de campaña, la desplegaba en un lugar abierto y allí residía durante su visita “de Estado”. Fue bien recibido en Roma y en París (años del Cavaliere y de Sarkozy) y se divulgó que supo dar aportes económicos significativos para campañas políticas.

Mutación
Se dice mutación para dar cuenta de cambio, ya se trate de una mudanza, ya de variaciones escenográficas, ya de un fenómeno genético que se transmite por herencia.
La imagen de los dictadores muda para la mirada de quienes dicen verlo bien cuando no afecta sus intereses y mal si hace lo contrario.
El dictador Saddam Hussein, de Irak, fue bien visto por los gobiernos occidentales (cuyo juicio es poco menos que infalible… aunque mutante). Mejoró sensiblemente cuando fue apreciado como un muro de contención contra Irán, en los años en que Irán era la bestia negra de la región. Hussein se sintió autorizado a ampliar su territorio, afectando a un amigo de Occidente (Kuwait). Entonces el dictador se transformó para la mirada de Occidente y se hizo saber que había acumulado armas de destrucción masiva, capaces de borrar del planeta a ciudades enteras. Fuimos entonces a la guerra (digo “fuimos” porque la Argentina menemista dijo que mandaba algunas naves de apoyo). Hussein fue ejecutado, el país devastado y reducido territorialmente… Lo que no apareció fueron las armas de destrucción masiva.
Khadafy mejoraba sus relaciones con Occidente. De pronto Occidente creyó no necesitarlo y pensó que con un cambio tendría mejor acceso a su petróleo. Se produjo la mutación. Se volvió tan feo y malo (“bombardeaba a su pueblo”) que hubo que bombardearlo, matarlo y alentar a facciones internas que lucían lindas y prometedoras. Bastaron unos meses para que el rostro de estas facciones cambiase. El primer ministro italiano pide en estos días que se declare la guerra a Libia porque facilita la salida de inmigrantes irregulares hacia Italia. Y el gobierno de Egipto, tan democrático, ya ha comenzado a bombardear luego de la degollación de una veintena de coptos, hecho que se produjo en el anarquizado territorio de lo que fue Libia. Parece que los feos que ganan terreno en Libia son los musulmanes del Estado Islámico, los mismos que ocupan territorios de Irak y Siria y que vienen siendo bombardeados por la OTAN. Algunos opulentos estados árabes están presionados para que dejen de subsidiar a esos feos, para ellos hasta ahora lindos como barrera contra descontentos muy feos.

Guerras
¿Algún pueblo aceptaría la guerra de no estar convencido que el otro es no solamente feo sino también malo y con ánimo de venir a matarnos y despojarnos de nuestros bienes, violar a nuestras mujeres y otras calamidades?
Piénselo el lector. Si usted sabe o cree que la gente del otro lado es igual a la nuestra no daría fácilmente su aprobación a una guerra. No se hace un plebiscito para decidir si ir o no a una guerra, conducta prudente de gobernantes muy democráticos que, sin embargo, dudan del buen juicio de Juan Pueblo.
Lo que realmente sucede es que hay una masa considerable de todo pueblo que comparte la belicosidad de sus conductores. Acerca de este rasgo existe discusión, aunque predomina la idea de que hay en el hombre una disponibilidad para matar, que sería la misma que genera los crímenes que se producen en tiempo de paz. Por eso, por tal disposición, es que aceptaríamos tan fácilmente el retrato feo del Otro.
Jotavé