Dos adioses

Justo cuando la tradición religiosa más arraigada en nuestro país celebraba el día del Nacimiento, a Osvaldo Bayer y Jaime Torres se les ocurre morirse. Esa partida en semejante fecha no puede ser tomada sino como la última ironía de estos dos colosos de la cultura nacional. Cada cual en su territorio -uno con la música y el otro con la historia- edificó una obra que los hará perdurables para los argentinos que no son indiferentes a las expresiones del espíritu.
Bayer fue uno de los historiadores, ensayistas y periodistas esenciales de la segunda mitad del siglo XX y comienzos del XXI. En sus libros y crónicas siempre estuvo claramente definida su ubicación política, siempre tomó partido y siempre lo hizo por los más vulnerables, los desposeídos. Su monumental trabajo sobre la represión sangrienta de los obreros rurales del sur argentino: “Los vengadores de la Patagonia trágica” es una de las obras capitales de la historia argentina del siglo pasado. Solo por ese trabajo tiene ganado un lugar entre los historiadores más destacados del país. Pero está lejos de ser su único logro. Ahí están sus libros sobre los anarquistas, el fútbol, el exilio, sus ficciones que nos muestran a un Bayer polifacético y atento a todo lo que sucede frente a su pupila y merece ser contado.
Como periodista brilló desde los años cincuenta del siglo pasado hasta nuestros días. Pasó por muchos medios y en todos dejó su huella. Fue testigo de hechos fundamentales de la historia reciente -la Revolución Cubana o la caída del Muro de Berlín por nombrar los más resonantes- y escribió páginas memorables sobre ellos. Pero también sobre cada hecho -clamoroso o escondido- que fuera digno de desentrañar para sus lectores, que eran legión en el país y en el extranjero.
Fue un polemista implacable y se trenzó más de una vez con adversarios exigentes. Aunque la pasión que volcaba en sus escritos nunca le impidió el respeto y hasta el cariño por sus ocasionales oponentes.
En cuanto a Jaime Torres puede decirse sin temor a exagerar que no hay músico en Argentina que no llore su partida. Fue uno de esos pocos que, con justicia, bien pueden llamarse “imprescindibles”. Hizo conocer el charango en el país y en el mundo, impuso su sello de tal modo que su música es reconocida apenas se la escucha. Y no por haber caído en las tentadoras concesiones del mercado, como muchos de sus colegas. Tocó en los escenarios más prestigiosos de todo el mundo y junto a las figuras más respetadas de la música popular. No se rindió ante la frontera entre los géneros y pudo compartir experiencias con artistas de su mismo tronco folklórico como con otros provenientes del rock, el tango, el jazz o el flamenco. Y siempre con enorme respeto por el tratamiento que cada expresión demandaba, eludiendo el camino fácil -y redituable- de los “éxitos” o los “lanzamientos”.
Su última presentación en La Pampa -en el Aula Magna- hace algunos años, nos deparó un deleite de emoción y delicadeza, que quienes tuvimos el privilegio de presenciar guardaremos por siempre.
Un hombre de la música y uno de la palabra nos dijeron adiós el mismo día. Nos dejaron una obra inmensa que los argentinos agradeceremos cada vez que escuchemos un charango inconfundible o abramos un libro con la historia de los olvidados.