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Dos amenazas en la frontera

Las noticias que llegan todos los días de Brasil no dejan de sorprendernos, especialmente en lo que concierne a la actuación de Jair Bolsonaro, quien todos los días parece esforzarse por superar sus dislates anteriores, que no serían tan graves de no tratarse del presidente de uno de los países más grandes del mundo y el mayor de nuestro continente.
Qué se puede pensar de quien -ejerciendo la máxima responsabilidad política de un país- se burla e incumple las recomendaciones médicas elementales que exige la colosal epidemia que sacude al mundo y a su propia nación con particular saña, o que ataca con furia a otro poder del Estado -el Judicial- organizando manifestaciones masivas para pedir la renuncia del Tribunal Supremo Federal de su país, o que defiende y fomenta el acceso masivo a las armas por parte de la población en general -y en particular de las bandas de sicarios que lo glorifican-, y que tiene como principal asesor político-espiritual a un astrólogo que refuerza sus delirios y sus posturas ultraconservadoras.
Tanto la geopolítica como la diplomacia brasileñas han sido reconocidas desde hace mucho tiempo como lúcidas y efectivas, pero el detestable comportamiento público del actual presidente ha convertido a ese gran país en blanco de burlas y enojos. ¿Cómo justificar la decisión de alinearse incondicionalmente con Estados Unidos y a la vez cederle territorios para la instalación de bases militares, o de realizar declaraciones públicas con expresiones agraviantes sobre la esposa del primer ministro francés, o de insultar a China, el principal socio comercial de Brasil, acusándola sin pruebas de haber expandido el Covid-19.
Todo parece indicar que el miedo de las clases medias brasileñas a las políticas moderadamente progresistas de los expresidentes Lula Da Silva y Dilma Rousseff las encegueció a tal punto de colocar a un desequilibrado y fanático ultraderechista como Jair Bolsonaro al frente de la Nación. No está de más recordar que Hitler también asumió con el voto popular el gobierno de Alemania.
Una de las últimas imágenes de video llegadas de Brasil ilustra, ciertamente mejor que mil palabras, el clima político que vive ese país: en medio de un grupo que expresa un entusiasta apoyo al presidente se ve a un niño de pocos años, vestido de uniforme militar, que se adelante y hace la venia al jefe de gobierno, quien le devuelve el saludo; después con paso marcial regresa a las filas en medio de ruidosos aplausos.
La escena, y los otros hechos señalados, recuerdan las escenografías y los discursos que precedían el surgimiento del fascismo y el nazismo en Europa con su cuota de fanatismo inoculado en la infancia y la juventud. El notable cineasta Igmar Bergman retrató aquellos oscuros tiempos en una película de título más que sugestivo: «El huevo de la serpiente».
Los reiterados elogios a la dictadura de su país y la reivindicación de sus torturadores por parte de Bolsonaro alcanza para mostrar que la comparación no es antojadiza ni exagerada. Lo que más inquieta es que se trata de una nación vecina con la cual compartimos una larga y permeable frontera. Y que del otro lado prosperan dos virus: uno político y otro biológico.