Dos claras vertientes

La semana que pasó marcó un hecho destacado en el panorama político argentino, algunos de cuyos ecos recién comienzan a percibirse. Es que con el motivo -por cierto que legítimo- de conmemorar un siglo de acceso al poder del primer gobierno surgido de elecciones libres y no amañadas, el de Hipólito Yrigoyen, el partido radical al que perteneciera el caudillo, mostró claramente dos vertientes.
Una de ellas, conocida, es la que se identifica con el programa de gobierno de Cambiemos, marcadamente conservador, y ayudó con sus votos a que ganara las pasadas elecciones presidenciales. Aquel apoyo -se quejan los mismos radicales- no fue retribuido proporcionalmente en cuanto a consultas, mesas de trabajo y cargos, provocando escozores políticos que comienzan a hacerse evidentes.
La otra fracción, autoexcluida de la alianza y que la rechazara desde un principio, debilitó marcadamente al partido, tanto por renuncias personales (algunas de apellidos muy significativos en el campo radical) como por exclusiones de carácter orgánico que encresparon más las aguas políticas. La alianza y el apoyo a un gobierno marcadamente conservador, heredero y consecuente con aquel que acabó con el gobierno de Yrigoyen, fue un sapo muy duro de tragar para los radicales de viejo cuño, los “boinas blancas” que reivindicaban a don Hipólito y su gobierno con lo popular, más allá de los errores que tuvo.
Pero también los excluidos tenían una sorpresa política para la facción opositora: el acto conmemorativo de los cien años fue multitudinario y con una presencia tan singular e importante como inesperada: la de la ex presidenta Cristina Kirchner, militante del justicialismo. Un evidente rechazo al macrismo parece ser el común denominador de este acercamiento entre dos posturas que durante décadas aparecieron como antagónicas. La estructura partidaria los acusó de apropiarse del simbolismo de la fecha y remarcó su condición de excluidos del radicalismo.
El acto conjunto fue buen negocio para ambos porque si por un lado reivindicó con una gran concurrencia la figura de aquel caudillo, tan opuesto a los principios que rigen al gobierno actual, avalando a los rebeldes de la conducción partidaria, por otro sirvió a la ex mandataria para que, en un hábil discurso, reivindicara las coincidencias entre ambas corrientes políticas y evidenciara su intención de volver a esa arena en los meses venideros. Ciertamente el escenario le resultó inmejorable y hasta tuvo un toque de audacia al lucir una boina blanca, en un simbólico homenaje a la fecha y la persona conmemoradas.
A quien, evidentemente, cayó muy mal el acto tanto en su marco como en sus contenidos, fue al gobierno nacional, que no esperaba al parecer una jugada política de esa magnitud por parte de ninguna de las facciones intervinientes. Una prueba de ello está en lo tardío de una reunión en la Quinta Presidencial para, también, homenajear la fecha y su protagonista. La junta fue muy selectiva en cuanto a los invitados radicales y dejó fuera, obviamente, a algunos de los apellidos más representativos del partido. Uno de los excluidos -Ricardo Alfonsín- le puso la frutilla al postre político al decir que “Yrigoyen como Perón son dirigentes que trascienden sus propias pertenencias políticas, no me parece mal que se hagan homenajes, pero más que homenajes lo que tenemos que hacer los radicales es imitarlos, actuar en consecuencia”.

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