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El acoso electrónico

PUNTO DE VISTA

JOSE VERDUM
Sostienen algunos expertos en las ciencias de la comunicación que, pasado el deslumbramiento inicial por Internet, ese medio pasó a ser sospechado como instrumento facilitador del espionaje y, también, de nuevas formas de delincuencia. En lo que hace a la primera de esas condiciones, bien podía decirse que hay ejemplos casi a diario. En lo relativo a la facilitación del delito también abundan los ejemplos.
Quién esto escribe recibió en los últimos días una serie de ofertas tan increíbles como tentadoras. Casuales homónimos millonarios que murieron accidentalmente y dejaron fortunas. La pregunta de la carta es si yo, cediendo un porcentaje, quisiera hacerme cargo.
Al menos una decena de amenazas respecto al bloqueo del correo electrónico en caso de no renovar su suscripción a través de determinadas (y siempre distintas) direcciones. No se entiende el porqué de estas solicitudes, salvo que apunten a obtener direcciones -documentos en algunos casos- para fines difíciles de imaginar. Por cierto que siguen llegando. En algunos casos se urge que el envío se haga antes de 12 horas, bajo pena de interrupción del servicio.
Misivas de las señoras Joyce Philip, Barbara Al-Hatch, Laura Lemmini y Gabriela Johnston, todas ellas sin parientes cercanos y ya en trances de muerte cercana. Esa circunstancia las lleva a haberme elegido como depositarios de una suma millonaria (en libras o dólares), una parte de los cuales me correspondería si le hago llegar mis datos personales y me comprometo a emplearla en obras de bien. Todas las cartas están redactadas en un tono cordial y hacen presente de una u otra forma que «el Señor es mi pastor». Una oferta similar envió el señor Kemal Lare, aunque esta de participación en negocios de gas y petróleo.
Otros ofrecimientos apuntan directamente a la extorsión, caso de un anónimo hacker que amenaza con hacer públicas fotografías comprometedoras que no existen (lo que lleva a pensar que se trata de una especie de intento al azar) a menos que se le envíe un pago.
Pero la originalidad de estos desconocidos corresponsales -todos suministran direcciones imposibles de comprobar y remite a lejanos e inhallables bancos de Africa u Oceanía- no reconoce límite. Recientemente he recibido una misiva con similar propuesta pero… ¡de la hermana del extinto líder libio Muhammad Gadaffi!
Para finalizar, dos verdaderas joyas de la perfidia postal: un aparente pago a mi nombre -como si se hubieran equivocado los remitentes- se producirá apenas envíe mis datos. Las otras, dios nos libre y guarde, nada menos que de ¡la CIA norteamericana y el Fondo Monetario Internacional! en la que piden disculpas por haber utilizado mi correo sin avisar, por razones político-diplomáticas. Junto con la disculpa llegaría una módica suma en dólares siempre, claro, que se remitan los datos.
Como supondrá el lector, el destinatario de tantas y tan tentadoras ofertas optó por mantener su trabajo. Eso sí, todavía en cuarentena.