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El amor en tiempos del coronavirus

DOMINICALES

La dieta mediterránea es el sistema de alimentación más estudiado, al menos en el mundo occidental. La comida de los pueblos que van desde Grecia hasta España -está comprobado por miles de estudios- reduce los riesgos de infartos y ACV, produciendo, además, bolsones de longevidad notable. Los científicos se la han pasado estudiando los beneficios de los aceites de pescado y de oliva, las propiedades del vino tinto, y los efectos combinados de los ingredientes básicos de esa dieta.

Dolce vita.
Sin embargo, no todos los individuos reaccionan igual a la misma comida. Lo que desvelaba a los investigadores era por qué motivo, en pequeñas aldeas italianas, se daba un número tan alto de personas centenarias, que llegaban hasta esa avanzada edad en condiciones de salud y felicidad envidiables. Y al mismo tiempo, una persona que adoptara exactamente la misma dieta en Nueva York no presentaba, ni de lejos, los mismos efectos.
No hace mucho han comenzado a sospechar que el secreto no está sólo en la comida: lo que esos centenarios felices tienen en común, además, es la vida tranquila en un clima amigable, rodeados de familia y afectos. Tres generaciones o más conviven en una misma casa. El intercambio social es intenso, incentivando el ejercicio de caminar, al aire libre. Las sobremesas son largas, la risa es mucha, el descanso es pleno.
Los astutos hombres de ciencia están comenzando a sospechar que es el estilo de vida, no sólo la dieta, lo que alarga y alegra los años. Y buena parte de esa idiosincracia tiene que ver con el contacto familiar y social permanente. Una persona solitaria y estresada, por muy bien que se alimente, no gozará de estos beneficios.

Furbizia.

Es imposible no recordar estos datos en momentos en que Italia, a raíz de la enorme penetración del coronavirus, está en un estado de virtual parálisis, con su población encerrada en sus casas y las instancias de socialización -bares, teatros, salas de concierto, museos- cerradas hasta nuevo aviso.
¿Cómo se explica que Italia haya sufrido un ataque tan rápido y devastador? Hay muchas teorías: hay quien dice que la clave está en una palabra italiana no muy conocida, «furbizia». Básicamente designa la actitud del italiano medio de esquivar las normas, en parte para evitar la proverbial burocracia del país, en parte por una sana desconfianza en la autoridad. Se vio en los primeros días de la pandemia: gente presumiendo en las redes sociales de su actitud desafiante ante las recomendaciones sanitarias y hasta promoviendo reuniones multitudinarias (en particular, fiestas electrónicas) cuando ya el contagio era un hecho innegable.
A los argentinos esto nos resulta familiar. Aquí hablamos de «picardía criolla» para describir la misma actitud. Y aquí también, como los italianos -y con toda la razón del mundo, ante la cantidad de veces que hemos sido estafados por nuestros gobernantes- cultivamos una férrea resistencia al principio de autoridad. Un problema que ciertamente no tienen en el Reino Unido, en Alemania, o en Escandinavia.
De hecho, circula entre nosotros -principalmente por las redes sociales- una gran cantidad de noticias falsas que buscan restarle importancia a la emergencia, discutir las medidas de control o bien que abonan teorías conspirativas sobre el origen de la pandemia, todo con el mismo efecto: disminuir la respuesta social a la amenaza. A veces el escepticismo es saludable, pero cuando eso lo coloca a uno en el bando de Donald Trump o de Jair Bolsonaro, quizá sea sano replanteárselo.

Ci vediamo.

Si algo positivo se puede sacar de todo este desastre, es cómo venimos a descubrir los humanos que somos todos parte de una misma especie amenazada. Y ante una pandemia, tal parece, somos todos socialistas. Incluso en los EEUU se replantean si es tan buena idea dejar la salud pública en manos del mercado, donde la gente no puede hacerse un test de coronavirus (que además cuesta 3.000 dólares) y si está enferma, no puede faltar a su trabajo por temor al despido o al descuento de haberes.
Es cierto, las medidas preventivas nos colocan en una paradoja, porque el «distanciamiento social» obligatorio es, en sí, una situación muy poco saludable. Pero bien vista, esta distancia puede ser también un acto de amor, como esas parejas que se toman un tiempo de separación para barajar y dar de nuevo en la relación.
Y como la poesía también cura, vale repetir aquí los versos que acaba de improvisar Jorge Drexler: «Ya volverán los abrazos, los besos dados con calma. Si te encuentras un amigo, salúdalo con el alma. Sonríe, tírale un beso, desde lejos sé cercano: no se toca el corazón solamente con la mano».

PETRONIO