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El arte de luchar con amor

INTERVENCIONES ARTISTICAS EN LA LUCHA FEMINISTA

La representación de femicidios en las marchas apela a los cuerpos que los femicidas buscaron camuflar como desperdicio. Las calles son escenario para la simbolización del horror que supera toda ficción.
VICTORIA SANTESTEBAN*
Las intervenciones artísticas de las marchas feministas de los últimos años han recurrido a la expresión de la muerte, a la manera en que los cuerpos de mujeres y trans son desechados por quienes los creyeron suyos, por quienes ejercieron ilegalmente un pretenso derecho de propiedad sobre vidas que tenían, en los papeles, la plena capacidad de ser libres y plenas. Los cuerpos arrancados de la existencia, guardados como basura en bolsas de consorcio, confirman la cosificación macabra dictada por el patriarcado: los cuerpos de mujeres y trans son bienes de uso, abuso y descarte. El recurso artístico de representar los femicidios en las marchas ha apelado a esos cuerpos que los femicidas quisieron camuflar como desperdicio. Las calles argentinas -y del mundo- se han vuelto escenario para la representación del horror que supera toda ficción.
La imagen espeluznante de mujeres envueltas en plásticos no requiere repasar escenas de terror ficcionales, ni apelar a las mentes macabras que escriben los guiones hollywoodenses de asesinos seriales exhibidos como psicópatas y que en general escapan a la fisonomía caucásica para continuar con la estigmatización del negro, del latino y del oriental. Las intervenciones feministas del horror no necesitan mirar películas para inspirarse, porque la realidad argentina arroja material fílmico cada 29 horas. El recurso artístico sirve de alerta desesperada para mostrar el horror no ficcional de aquello que se lee en titulares y sentencias. Se recurre al arte callejera porque las palabras no terminan de sacudir a la masa ciudadana aún adormecida que tiene que cargarse al hombro la obligación de prevención, sanción y erradicación de la violencia machista. Para quienes se detienen empáticamente a observar la obra, los cuerpos que encarnan la ficción más real de la industria femicida silencian a la muchedumbre que observa atónita, que recibe el mensaje nunca tan explícito: nos están matando.

Jurado patriarcal.
Los defensores patriarcales que con cada marcha canalizan su odio de género, de clase y de raza asumen roles de guardianes de lo ético y estético para discriminar qué resulta moralmente reprochable en manifestaciones que denuncian muertes, desigualdades e injusticias. Los jurados del decoro y el buen gusto desaprueban a las que marchan por sus bailes heréticos, por sus consignas provocadoras grafiteadas en los muros, por sus cuerpos embadurnados en glitter verde y embolsados en plástico para desecho. A ese jurado horrorizado por el aquelarre desinhibido le molestan las paredes pintadas que exigen muerte al macho. A esos jueces autonombrados que disimulan con sus pretensiones estéticas su odio de género y su miedo a la igualdad y la libertad, los enoja la intervención urbana que denuncia a la violencia pero no altera sus nervios de pocas pulgas las muertes de mujeres y trans en cada región del país y a cada rato.
Les molesta la pared pintada, la calle cortada, el redoble de tambores y la desnudez no pornográfica ni cosificante, pero las muertes por machismo les pasan como dato más de la realidad, como otro número indicador de desigualdades que no les quitan el sueño. Les jode la libertad de las mujeres que pisan por fin las calles, les jode su resiliencia, su militancia convencida, les jode que rían a pesar del dolor, que marchen a pesar del miedo y que amen a pesar del odio. La violencia patriarcal también se cuela en ese discurso que se pretende inocuo, que vela por el decoro y exige sobriedad y pacatería al reclamo urgente por verdad, memoria, juicio, castigo y erradicación de la violencia machista. El verdadero mal gusto reside en la perorata de cuestionar grafittis frente a la inmutabilidad por los femicidios anunciados. El verdadero mal gusto también está en las charlas de café que responsabilizan a la víctima por su propio femicidio.

Golpistas.
El 27F reaparecieron los fantasmas del terrorismo de Estado por las calles de esta democracia joven, que aún cicatriza las heridas genocidas. La violencia explícita en su faz simbólica se manifiesta en las marchas golpistas con falcons verdes, con muñecos de Alberto Fernández y Cristina que se exhiben colgados del cuello, con manifestantes ahorcando a una Cristina de cartón. Quienes marcharon el 27F hicieron uso esta vez del recurso artístico de bolsas mortuorias pero la distancia abismal con las bolsas que representan a las víctimas de la violencia machista yace en que las golpistas llevaban el nombre de dirigentes políticos y militantes de derechos humanos. La bolsa plástica con sus nombres responsabilizándolos de las muertes por Covid-19 es amenaza de muerte y excede la libertad de expresión contemplada en nuestra Constitución. Las bolsas de la movilización de los antiderechos no representaban a los y las muertas por el terrorismo de Estado, ni a las víctimas de gatillo fácil ni de la violencia de género, sino que desean la muerte de compatriotas, como quienes festejaban «viva el cáncer» mientras Evita agonizaba. Una de las etiquetas de las bolsas que inventaban cadáveres adjudicados a personalidades de nuestra política, nombraban a Estela de Carlotto, a la mujer que reitera hasta el cansancio que jamás deseó la muerte de quienes se llevaron a su hija y que con amor exigió al Estado argentino que responda por el genocidio, que juzgue y castigue a los responsables, que recuerde a las y los detenidos desaparecidos de la dictadura más sangrienta de nuestra historia. El nombre de Estela, de nuestra referente mundial en materia de derechos humanos apareció en una bolsa movida por el odio de quienes quieren los beneficios de la democracia para ellos solos.

Amor.
A quienes las mueve el amor, la violencia no es recurso para la lucha y la denuncia. Las bolsas plásticas de las marchas feministas no son la amenaza de muerte de los golpistas. Son representación del horror, no mensaje mafioso. No se exhiben en bolsas ni se ponen en paredones de utilería a femicidas de cartón. Las feministas como las abuelas y madres exigen juicio y castigo, desean para los violadores seriales de derechos humanos todas las garantías constitucionales que no asistieron a sus hijas e hijos. La diferencia entre unas bolsas y otras está en el amor y en la falta de él. El feminismo y las marchas de abuelas y madres son movimientos que nacen del amor a la vida, a la militancia, al prójimo y del anhelo por un mundo más justo e igualitario. La revolución feminista como revolución amorosa, que rompe con los mitos románticos romantizadores del maltrato y enseña que por amor se vive, no se muere, no amenaza ni representa muertes de otros seres humanos: exige el deceso del sistema opresor que el patriarcado encarna.

*Abogada, Magíster en Derechos Humanos y Libertades Civiles.