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El berrinche por Portezuelo

La destemplada respuesta del exgobernador y actual diputado nacional mendocino Alberto Cornejo por la decisión del Coirco sobre Portezuelo del Viento bordea el patetismo. Más cerca del berrinche de un niño caprichoso que de la actitud que cabría aguardar de un dirigente político experimentado, la amenaza separatista proferida en público ante varios medios de comunicación es una muestra de cómo plantea la dirigencia mendocina su relación con el resto del país.
Lo que provocó semejante reacción fue la actuación institucional del Consejo de Gobierno del comité de cuenca, que es su máximo órgano de conducción. A ese cuerpo lo integran los gobernadores de las cinco provincias condóminas del río Colorado más el ministro del Interior en representación del presidente de la Nación. Mayor representatividad política, imposible. De ahí lo inexplicable de la pataleta mendocina.
La decisión de suspender la obra y realizar una evaluación exhaustiva del impacto ambiental en toda la superficie de la cuenca, fue adoptada por una mayoría abrumadora de cuatro votos contra uno: La Pampa, Buenos Aires, Río Negro y Neuquén contra la solitaria postura de Mendoza. Esa definición fue la demostración más cabal de que el proyecto de la represa, tal como está planteado, genera enorme desconfianza en cuatro de los cinco gobernadores. Y que su avance durante el cuatrienio macrista, no obedeció al funcionamiento libre de las representaciones jurisdiccionales en el Coirco sino al sistema de presiones y extorsiones que caracterizó al gobierno de Mauricio Macri en sus vínculos con las provincias.
La sólida alianza política que tejieron Macri y Cornejo se reflejó en el seno del comité de cuenca durante la gestión anterior. Los votos aprobatorios de Buenos Aires, Río Negro y Neuquén de una obra que a todas luces perjudicará a sus territorios fueron el producto de esa política de alineamiento forzado por la obediencia política o la necesidad económica. Las reacciones airadas de las poblaciones ribereñas contra el proyecto fueron la mejor constatación de ese voto espurio.
Hoy, con un gobierno nacional que no opera como el anterior y que no interfiere en favor de ninguna de las partes, el resultado es categórico en contra de la pretensión de Mendoza de construir la represa bajo sus condiciones y de manejarla priorizando sus intereses en desmedro del conjunto de la cuenca.
Ahí radica, precisamente, el enojo mendocino. Acostumbrados a hacer y deshacer a su antojo con relación a los recursos hídricos interprovinciales, no toleran ningún freno institucional. Mendoza ya secó cuatro ríos: el Mendoza, el Tunuyán, el Diamante y el Atuel. El cauce exhausto e hipersalinizado del colector Desaguadero-Salado-Chadileuvú es la prueba irrefutable de semejante rapiña ambiental.
Para que Portezuelo del Viento no se convierta en el quinto dique en reproducir esa tradición depredatoria en un río, como el Colorado, que ya sufre una merma extraordinaria de sus caudales, es necesario extremar los recaudos. A Mendoza le cuesta aceptar que forma parte de un país y que, en tal circunstancia, el bien general está por encima del particular. La alternativa no es irse, sino integrarse.