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El blues de las cicadas

DOMINICALES

Créase o no, en América del Norte es temporada de cicadas. No es una información como para parar las rotativas, pero tampoco es moco de pavo. Las cicadas (parientes de nuestras cigarras o chicharras, y de los fornidos coyuyos del noroeste argentino) sólo salen de la tierra una vez cada 17 años. Una vez en el aire, durante un mes o un mes y medio, se dedican a volar, molestar, crear fobias y alergias, aparearse y… cantar. O quizá sería mejor decir «guitarrear» porque el sonido lo producen rascándose con las patas las rugosidades de su abdomen, creando en conjunto un sonido fuerte, constante, apabullante, casi al nivel de una banda de «heavy metal».

Curioso.

Es llamativo el ciclo vital de estas criaturitas de Dios. Durante 17 años llevan una discreta vida subterránea como larvas, cavando sus cuevitas y alimentándose de savia de las raíces. Un buen día crían alas y se van a vivir una corta y estruendosa aventura, que concluye cuando procrean, y sus crías vuelven a comenzar el ciclo bajo la tierra. Se podría intentar una metáfora al respecto, pero ya la encontró María Elena Walsh en «Como la cigarra», y es insuperable.
Cosas más raras han ocurrido. Por estos días, en el permafrost de la Siberia, lograron revivir unos microorganismos que llevaban milenios hibernando, y que supieron convivir con los mamuts. Todavía no han dado declaraciones a la prensa, para informar si nos prefieren a nosotros o a los Neardentahl que causaron la extinción de los elefantes lanudos.
Pero volvamos a las cicadas, no les quitemos protagonismo con lo poco que van a vivir, y con lo mucho que se esfuerzan por ser notadas. O debiéramos decir «notados» ya que los que se encargan de la serenata son los cicados varoncitos, obviamente para atraer a las hembras con fines non sanctos.

Programa.

Mientras algunos norteamericanos esperaban a las cicadas con pánico, y se encerraron herméticamente en sus casas para evitarlas, otros no veían la hora de que aparecieran. Entre ellos están los chefs que insisten en incluirlas en el menú. Y no las ofrecen fritas y crocantes como los chapulines mexicanos: el chiste es comerlas crudas, y deleitarse con «su sabor agridulce, como de almendras o castañas, su corteza crujiente y la cremosidad del interior». Estos gringos comen cualquier cosa.
En todo caso, no es lo peor que puede ocurrirle a las cicadas, que con su población de miles de millones, tienen asegurada la supervivencia, aunque pierdan algunos ejemplares en pos del arte culinario.
Lo peor son los humanos supuestamente conscientes de su rol en la naturaleza. Como el hippie que decidió utilizar el canto de los pobres bichos como fondo para un interminable solo de flauta, sentado sobre la tierra, que piensa usar para comulgar con la madre tierra, y después para engrosar su cuenta bancaria cuando otros hippies no menos extraviados le compren el disco (o lo escuchen vía streaming, como se usa ahora).
Pobres bichos. Diecisiete años ensayando su canción bajo la tierra, a ver si consiguen novia, para que venga un melenudo con una flautita a robarles el papel solista.

Embajada.

No es de extrañar, entonces, que las cicadas hayan mandado una embajada a parlamentar con el presidente de EEUU, en protesta por tanta ignominia. Hasta lograron atrasar en varias horas el vuelo con que la comitiva presidencial se dirigía a Europa: un escuadrón de insectos kamikazes se introdujo en una de las turbinas del Airforce One, provocando daños que llevó tiempo reparar. Hasta una cicada se aproximó a la humanidad del propio presidente Biden, quien se la sacó de encima con un vigoroso cachetazo, acaso para demostrar que no está tan viejo.
La escena no pudo menos que recordar a otro insecto, la mosca que se posó en la melena blanca del entonces vicepresidente Pence -durante las audiencias por el juicio político a Trump- y que permaneció varios minutos acicalándose allí a la vista de todo el mundo. Pence es veinte años más joven que Biden, pero no es tan rápido para lidiar con los insectos: miren si no quién lo acompañaba en la boleta electoral.
Nunca sabremos qué mensaje portaba aquella cicada, que con tan poca diplomacia fue invitada a irse con la música a otro lado. Quizá era un embajador, un intérprete, un profeta. Quizá portaba un mensaje valioso para la humanidad. Algo falló, el protocolo, el proctólogo, alguien. Ahora habrá que esperar otros 17 años para enterarnos. Si es que llegamos. Si es que a alguno de estos monos con navaja sentados sobre un arsenal nuclear no se le da por tirar unos fuegos artificiales.
Quien te dice que, cuando emerjan nuevamente de la tierra dentro de 17 años, las cicadas resulten ser la especie dominante de un planeta devastado.

PETRONIO