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El blues del solsticio

DOMINICALES

Este jueves se conmemoraron 199 años del fallecimiento de Manuel Belgrano, ocurrido durante épocas anárquicas en las que tres gobernadores se disputaban el poder en Buenos Aires. La fecha, previa al solsticio de invierno, sirvió para demostrar una vez más lo mal que se llevan las actuales autoridades con la historia.

Los chicos no.
Fue muy criticado el discurso del presidente, pronunciado en un ámbito cerrado y ante un público compuesto principalmente de niños en edad escolar, que debieron escuchar, en vez del esperable panegírico al prócer, una serie de slogans electorales, y de denuncias alarmistas contra las mafias que el gobierno cree ver en todo bulto que se menea y se opone. Vaya a saber qué conclusiones habrán sacado los pobres chicos que lo filmaban con sus teléfonos celulares. Probablemente se hayan limitado a fabricar «memes» con la imagen del presidente mezclada con la de Mr. Burns, el personaje de Los Simpson.
Hay que decir, de todos modos, que la figura de Belgrano no le queda cómoda a los políticos actuales. A no dudarlo, de circular por estos días en el ámbito público argentino, el pobre Manuel sería inmediatamente tildado de «populista». Sus ideas económicas, sobre la necesidad de exportar productos con valor agregado en vez de meros granos o carne, para fomentar el trabajo local; o sobre la necesidad de incentivar el consumo -en lo que se adelantó 100 años al malhadado Keynes- no tendrían mucha cabida en el gabinete actual.
Para no hablar de esa costumbre de practicar el heroismo patriótico, de abandonar las comodidades para entregarse a la revolución, de despojarse de todos sus bienes para favorecer a la educación pública, y como si todo eso fuera poco, de esa actitud de morir en la indigencia.
Para colmo de males -y aunque el dato no sea tan conocido- Belgrano proponía ya hace dos siglos una concreta reivindicación de los pueblos originarios de América, al punto de postular a un Inca como monarca de estas tierras. La ministra de Seguridad -que en el acto del jueves hacía las veces de custodia presidencial- le hubiera mandado la Gendarmería para aleccionarlo.

Recuerdos del futuro.
Como lo dijo la filósofa vicepresidente, «no está bueno que la historia mire siempre hacia atrás, como que deberíamos conmemorar cosas del futuro, tipo hacia adelante». Es una pena que sus múltiples obligaciones no le hayan permitido profundizar en este pensamiento, que seguramente la llevaría a profundidades insondables.
Con todo, está claro que el actual sistema económico se esfuerza especialmente en instaurar a través de los medios una suerte de vacío histórico, ya que no le interesan los ciudadanos con memoria: le interesan los clientes.
Esta construcción -endeble, pero construcción al fin- se asemeja al vacío espacio-temporal que proponen los actuales centros de compras, espacios de aspecto aséptico y diseño monocorde, donde el consumidor pierde conciencia del tiempo, y se instala en un presente continuo donde sus tarjetas de crédito le hacen pensar que tiene derecho a comprarse un televisor plasma o un teléfono celular.
O como los supermercados, cuya disposición obliga al consumidor alienado a pasearse por los pasillos arrastrando su carrito, debiendo recorrer largas distancias para encontrar los productos que busca, y someterse a la tentación de los artículos supefluos que se le ofrecen por el camino. Visto desde arriba, el espectáculo no ha de ser muy distinto que el de las ratas de laboratorio, obligadas a desentrañar laberintos para llegar al queso. Una calidad de vida no muy distinta de la de los pollos de criadero, a los que la luz permanente los lleva a comer sin parar, hasta que les llega el momento de ser comidos.

Aeropuerto 2019.
Acaso el no-lugar por antonomasia sea el aeropuerto, donde efectivamente la vida se suspende, en tránsito entre un avión y otro, un país y otro, una vida y otra distinta. También allí el individuo es sometido al bombardeo consumista, y se le ofrecen productos que, aunque carísimos, vienen con el atractivo de estar supuestamente libres de impuestos.
Pocas cosas se parecen tanto a la libertad como eso de subirse a las alas de un avión, con rumbo a mundos extraños, vistiendo un anonimato que hasta nos hace descansar de nosotros mismos.
Pero ¡cuidado! que aún allí están comenzando a advertirse grietas. Las aerolíneas han comenzado a reportar en forma creciente la multiplicación de episodios de comportamiento hostil por parte de los pasajeros, al punto que muchos vuelos deben ser abortados, y regresar al aeropuerto de origen para librarse de los revoltosos.
Estas compañías, que cada vez amontonan mayor cantidad de personas en espacios cada vez más reducidos, en los cuales al hacinamiento se suma la afrenta de ver reproducidas y amplificadas a bordo las crueles diferencias sociales y económicas de tierra firme, no salen de su asombro. ¿Qué es esto, «Rebelión en la granja»?

PETRONIO