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El brujo de Gulubú

DOMINICALES

Todo el mundo habla de volver a la normalidad, a la nueva normalidad, a la norma nuevalidad, cualquier cosa menos tolerar esto que, con certeza, el filósofo Miguel Pichetto ha categorizado definitivamente como «el embole» de la cuarentena. Pero los que saben dicen que aquella normalidad nunca volvería, y que para llegar a algo parecido deberemos lograr inmunizarnos contra el coronavirus, ya sea que le ganemos por cansancio, o lo mantengamos a raya con una vacuna.

Moderna.
En este último frente hay noticias alentadoras. Una compañía norteamericana ha superado con éxito la primera fase de experimentación de algo que promete funcionar. Pero aún corriendo a los tiempos supersónicos que impone la pandemia, la cosa no estaría lista antes del año que viene.
Desarrollar una vacuna normalmente lleva años, a veces décadas. Pero en este caso el informe publicado esta semana por la compañía «Moderna» (así, en español), dando cuenta de un prototipo de vacuna que logró inmunizar a un grupo de ocho voluntarios humanos, arroja una clara luz de esperanza. Lamentablemente habrá que esperar al menos dos fases posteriores, con grupos más amplios y diversos. Pero estos primeros resultados del prototipo, que emplea un sistema totalmente nuevo (involucra el uso de material genético del virus, denominado mRNA) ya ha provocado gran interés en la comunidad científica… y en la bolsa, donde las acciones de este laboratorio subieron 25 por ciento.
Hay, por supuesto, otros desarrollos en otras partes del mundo. Está avanzado también el que emplea plasma de enfermos recuperados del virus. ¿Qué pasará cuando esté lista la vacuna? ¿Se hará disponible gratuita y universalmente, como propone China? ¿O se impondrá la lógica mercantilista de EEUU, como cuando en los ’50 nos retaceó la vacuna contra la polio? Habrá que ver quién es el ocupante de la Casa Blanca el año que viene.

Malaria.
Hablando de eso, y como para no perder protagonismo, el presidente norteamericano hizo su propio anuncio científico el lunes. Parece ser que, acaso asustado por los contagios que hubo entre su propio equipo de trabajo, y contra la opinión de los médicos que lo asesoran, hace cosa de dos semanas que está tomando una droga llamada hidrocloroquina, un vejestorio de la farmacología usado habitualmente contra la malaria.
Lo chistoso del caso es que no existe ninguna evidencia científica seria de que esa droga prevenga el coronavirus: de hecho jamás se empleó como vacuna, sino como tratamiento. Lo que ha habido, sí, es gente muerta en EEUU por seguir esa receta, ya que entre sus efectos secundarios, la droga afecta la función cardíaca.
¿Qué pretende demostrar Trump con esta bravuconada? ¿Ha entrado acaso en modo John Wayne, y ha retado a duelo a la Naturaleza? «Todavía estoy aquí», se ufanó, aunque los habituales tonos naranja y amarillo paja de su rostro parecen estar virando al gris.

Walsh.
Tenemos una ventaja significativa sobre esta amenaza microbiológica, y es que a lo largo de los siglos, merced a nuestra inteligencia, hemos desarrollado la ciencia y la capacidad de organización política.
Si esto es una guerra, se pelea en los términos dictados por la Naturaleza, un idioma que nosotros conocemos, parcialmente, a través de la química, la física, la biología. Esta diosa inclemente, impone una sola ley empíricamente comprobada, y ésa es la de la selección natural, formulada por Charles Darwin. Aquí no triunfa quien desarrolla el mejor argumento político («mi libertad no termina donde empieza tu miedo» dicen los anti-cuarentena en EEUU) sino quien mejor se adapta a las nuevas circunstancias que impone un ambiente en constante cambio.
Si algo nos diferencia de los virus es nuestra capacidad de adaptarnos, para lo cual hemos creado cuerpos políticos a los que encomendamos nuestra defensa. El problema es cuando esos cuerpos tienen a la cabeza gente como Trump o Bolsonaro, otro «fan» de la hidrocloroquina. Es muy tentador leer estas actitudes en clave darwiniana. O la de los movimientos «anti-vacuna» que seguramente molestarán al resto de la humanidad cuando finalmente contemos con un medio científico para inmunizarnos del coronavirus.
Es casi imposible no recordar aquí la «Canción de la vacuna» de María Elena Walsh, que en la década del ’60 alentaba a los niños ante la ordalía que representaban las campañas masivas de vacunación (jeringas eran las de antes!). «Los chicos eran muy bu, muy burritos en Gulubú» hasta que llegó el doctor, manejando un cuatrimotor, y con su potente jeringa se acabaron las brujerías del brujito Covid-19.
Con un poco de suerte, el año que viene esa canción volverá a ser un hit. Y estaremos todos felices, aunque nos haya dolido el pinchazo en la nalga.

PETRONIO