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El Canal de Suez y su esquiva metáfora

DOMINICALES

Si fuera lícito describir al mundo comparándolo con la anatomía humana, habría que decir que el Canal de Suez es una parte de su intestino. Más concretamente, el colon irritable. Por alguna tectónica razón, esa sensible región del planeta donde se chocan Asia con África, no deja de provocarnos descomposturas y malestares.

Moisés.

Como se sabe, ya no vivimos en tiempos bíblicos, y los milagros escasean. Para Moisés no era ningún problema ordenarle al Mar Rojo que se abriera, y permitir así a su pueblo huir caminando de Egipto. Flor de chasco se llevaría hoy, al descubrir que al otro lado del Mar Rojo sigue siendo Egipto.
Como quiera, desde la Antigüedad los pueblos navegantes del Mediterráneo soñaban con conectar al Mare Nostrum con el Rojo, para así poder comerciar con el Asia sin tener que rodear durante meses a la molesta África. Ese sueño acuñado por siglos lo vino a capitalizar en definitiva un pueblo no mediterráneo, los ingleses, durante el apogeo de su imperio en el siglo XIX.
Los ingleses, claro está, ni pusieron su ingeniería (que estuvo a cargo del francés Ferdinand de Lesseps) sino sus habilidades financieras y diplomáticas para hacerse del control de la obra. El lomo lo pusieron los pobres egipcios, como en la época de las pirámides, y allí perecieron decenas de miles de ellos, mientras las reliquias de su glorioso pasado iban a parar al Museo Británico. Pero la historia es sabia y fue allí, en el Canal de Suez, que los británicos recibieron una de las más sonoras cachetadas a su soberbia imperial, cuando en 1956 el presidente egipcio Nasser nacionalizó el canal, ante la impotencia de Londres.

Colon.

Por estos días el famoso canal volvió a ser noticia, debido a un bolo que obstruyó su flujo. El bolo era un gigantesco barco portador de containers, más largo que el Empire States o que cuatro canchas de fútbol, que por alguna razón (tormenta de arena o conductor con alcoholemia) terminó estacionando su popa en una orilla y su proa en la otra. De un lado y del otro, cientos de otros barcos quedaron varados, atronando sus potentes bocinas. Como parados quedaron también los diez mil millones de dólares diarios de comercio que transitan por Suez.
El barco culpable es supuestamente japonés, pero navega con bandera panameña. Teóricamente se llama «Ever Given» pero en sus lados tiene pintado el nombre «Ever Green». Se trata, claramente, de un vehículo flojo de papeles, que no hubiera pasado ni el más liviano control de los astutos zorros inspectores de tránsito santarroseños.
Los noticieros del mundo se llenaron de fotos del infortunado mastodonte, que hacía parecer enanas a las enormes grúas que trabajaron en su rescate. Las redes se inundaron de memes más o menos chistosos. Mientras tanto, desde una de las orillas del canal, en la modesta villa de Manshiyet Rugola, sus casi 5.000 habitantes especulaban sobre qué podría haber en todos esos containers coloridos. ¿Televisores planos? ¿Heladeras? Ninguno de los habitantes de ese pueblo de polvoriento adobe posee electrodomésticos semejantes.

Zoom.

El comercio mundial ya estaba bastante trastocado por la pandemia, que incrementó enormemente la demanda de productos electrónicos (todas esas sesiones de Zoom desde casa demandaron más PCs, más internet, más modems, más routers) y por una insólita escasez de contenedores. Sí, esas cajas metálicas de las que el Ever Given cargaba unas 20.000, y que allí apiladas parecen ladrillos de Rasti (¿o hay que decir Lego?) pero que entre nosotros se han hecho populares como oficinas estatales improvisadas.
La verdad es que, con toda la virtualidad de nuestros días, los bienes físicos siguen en demanda, y de ahí que haga falta semejante volumen de tráfico marítimo desde el Asia hacia Europa, donde los niños ricos que tienen tristeza esperan sus conejos de pascua. Para no mencionar, por supuesto, a los miles de barcos petroleros que alimentan nuestra adicción a los combustibles fósiles y nuestro destino de spiedo global.
En este estado de cosas del capitalismo global, el bloqueo del Canal de Suez -que milagrosamente duró «apenas» una semana- ha sido visto como una metáfora, aunque todavía no se sabe bien de qué. Se dice que Occidente atiende sus mercados sin suficiente capacidad de almacenaje, y por eso depende tanto del comercio marítimo. Se dice también que el materialismo será nuestra perdición, pero eso ya lo decía Moisés hace tres milenios, y ya sabemos cuánta vigencia tienen sus diez mandamientos.
En esta columna se insistirá con la metáfora digestiva. Al fin y al cabo, apenas se enteró del bloqueo en Suez, el carnicero de la esquina aumentó el precio de la bola de lomo. Y el kiosquero -invocando desabastecimiento- multiplicó por cuatro el precio de los huevos de pascua. ¿Cómo alimentaremos nuestra espiritualidad este domingo de gloria? Evidentemente, la casa no está en orden.

PETRONIO