El celibato en el ojo del huracán

La escandalosa repetición en varios lugares del mundo de casos de pederastia en la Iglesia Católica por parte de muchos de sus sacerdotes, y la deshonesta actitud encubridora de algunos de sus obispos, ha replanteado en algunos círculos teologales una cuestión polémica y de máximo importancia: ¿por qué no pueden los sacerdotes contraer matrimonio?
El impulso que los lleva a cometer actos tan reprobables obedece al llamado instinto sexual y la instancia más razonable para darle cauce es permitir la consumación del apareamiento. Negar esa realidad y reprimir tan poderoso llamado de nuestra naturaleza -señalan algunos teólogos- favorece las conductas violentas y los abusos. Por cierto que la polémica no es nueva dentro de las iglesias en general y son varias (algunas de relevancia) las que aceptan el casamiento de sus pastores.
En realidad las Escrituras, cuya interpretación es fuente de los diversos credos, parecen indicar que los apóstoles en su mayoría eran casados y que esa condición no fue obstáculo para el ejercicio sacerdotal en los primeros tiempos del cristianismo. Además, de acuerdo a lo expresado en algunos concilios, parece ser que las mujeres llegaron a tener la misma condición, un tema que ha vuelto a tener vigencia en la actualidad con el avance de los movimientos de mujeres en todo el mundo y aparece como uno de los más polémicos dentro de la iglesia.
Pero volviendo al tema principal de este comentario, es en el siglo IV, en el Concilio de Nicea, cuando se impone el celibato a quienes se consagra como sacerdotes. La norma fue violada muchísimas veces, incluso por algunos papas. La regla fue refirmada durante el concilio de Trento, un millar de años después.
Actualmente los reclamos en torno al matrimonio sacerdotal y el sexo se han hecho muy fuertes dentro del catolicismo romano. Todavía más: desobedeciendo el mandato canónico se estima en decenas de miles los sacerdotes que han transgredido la prohibición, optando por el casamiento y, desde luego, renunciando a su investidura pastoral. Ellos dicen reivindicar una nueva condición de la Iglesia sin abandonar su fe en el cristianismo, en una concepción que llegue, también, a la inclusión de mujeres en el sacerdocio. Uno de los curas católicos que optó por el casamiento llegó a otorgarle al tema un cariz sociopolítico al sostener que “la sexualidad es una de las pulsiones humanas más importantes, y si la controlas tienes mucho poder sobre esa persona; así que a la Iglesia le interesa seguir teniendo ese poder”.
Esos testimonios evidencian un fuerte y serio cuestionamiento a la obligatoria soltería sacerdotal, incluso por los potenciales riesgos que conlleva y que explicarían, al menos en parte, la proliferación de los abusos sexuales en el seno de la Iglesia. Un religioso jesuita de Chile, país sacudido por recientes y muy numerosos escándalos, ha dicho públicamente que años atrás la condición de célibe hacía más creíble la entrega sacerdotal “pero hoy no es nada de eso; al revés: es un signo de sospecha y que te hace poco creíble. La gente sospecha de los curas por esa misma razón”.
Pero más allá de las razones personales, hoy son muchos los miembros de la Iglesia que abogan por anular o flexibilizar el férreo celibato que se mantiene en la iglesia de Roma. Un sacerdote que abandonó los hábitos y optó por la vida matrimonial fue sintético y elocuente al decir: “Decidí realizarme como persona”.
Atento con los tiempos y en armonía con su pensamiento progresista que le ha hecho ganar no pocos enemigos el papa Francisco I se ha declarado, sin embargo, orgulloso de lo que el celibato representa para la Iglesia y ha enfatizado que, para quienes así no lo sientan “las puertas están abiertas”. Continúa así con la tradición represiva que tantos y tan graves problemas le está ocasionando al Vaticano.